Siempre me quedo sin papel higiénico, jabón o algo básico

Te duchas y no hay champú. Vas al baño y no hay papel. Siempre te falta algo básico que deberías haber comprado hace días.

Entras al baño. Te sientas. Miras a la derecha. No hay papel higiénico.

Bueno, hay un rollo. Con dos hojas. Dos hojas que no le sirven ni a un hámster. Y piensas: "Tenía que haber comprado papel." Y es verdad, tenías que haberlo comprado. Lo pensaste ayer. Y anteayer. Y hace una semana. Cada vez que ibas al baño y veías que el rollo estaba en las últimas, tu cerebro decía "hay que comprar papel" y tu cuerpo seguía con su vida como si no hubiera pasado nada.

Porque así funciona. Ves que falta algo. Lo piensas. Y el pensamiento se evapora antes de convertirse en acción. Como si hubiera un agujero negro entre "tengo que comprar esto" y "lo compro".

¿Por qué siempre te falta algo que deberías tener?

Porque reponer cosas básicas es una tarea invisible. Nadie te la asigna. No tiene fecha límite. No es urgente hasta que es demasiado tarde. Y tu cerebro ignora las cosas que no son urgentes.

Piénsalo. El champú no se acaba de golpe. Se va acabando poco a poco. Cada día hay un poco menos. Y cada día tu cerebro registra "hay poco champú" y cada día tu cerebro decide que no es lo suficientemente urgente como para actuar.

Hasta que un día te metes en la ducha, aprietas el bote y no sale nada. Y ahí, de pie, mojado, sin champú, te acuerdas de todas las veces que pensaste "tengo que comprar champú" y no lo hiciste.

Es lo mismo con el jabón, con las bolsas de basura, con el papel de cocina, con las pilas, con la sal, con el aceite. Cosas que necesitas cada día y que solo recuerdas cuando ya no están. Como fantasmas que solo aparecen cuando es demasiado tarde.

El pensamiento que nunca llega a la lista

Aquí está el truco que tu cerebro te juega. Tú sí piensas en comprar papel. Lo piensas cada vez que ves el rollo gastado. Pero lo piensas en el baño. Y la lista de la compra está en la cocina. O en el móvil. O en ningún sitio. Y entre el baño y la cocina, el pensamiento desaparece.

No es que se te olvide. Es que tu memoria de trabajo funciona como una mesa donde solo caben dos cosas. Mientras caminas del baño a la cocina, otro pensamiento ocupa el espacio y "comprar papel" se cae de la mesa. Literalmente.

Y no puedes forzarlo. No puedes decirte "esta vez sí me voy a acordar". Porque tu cerebro lleva toda la vida demostrándote que no, que no te vas a acordar. Que entre el pensamiento y la acción hay un abismo que no se cruza con fuerza de voluntad.

La solución del duplicado (o cómo dejar de vivir al límite)

Mira, después de años de quedarme sin cosas en los peores momentos posibles, descubrí algo que parece absurdo pero funciona: comprar el doble.

No me refiero a hacer acopio como si viniera el apocalipsis. Me refiero a que cuando compres papel, compra dos paquetes. Cuando compres champú, compra dos botes. Cuando compres jabón, compra dos. Siempre dos.

¿Por qué? Porque cuando se acaba el primero, tienes el segundo. Y el segundo te da tiempo de acordarte de comprar más. No te quedas a cero. Te quedas a uno. Y uno es suficiente para sobrevivir hasta que tu cerebro decida cooperar y añadirlo a la lista.

Es la misma lógica que aplica a todo cuando eres desorganizado por naturaleza. No luchas contra tu cerebro. Lo engañas. Le das margen. Le quitas la presión de tener que recordar en el momento justo.

No es solo papel higiénico

Si solo fuera papel, no sería un problema. Sería una anécdota graciosa. Pero no es solo papel.

Es quedarte sin gasolina porque "ya pondré mañana". Es que se te caduque la leche porque compraste tres litros hace un mes y te olvidaste de que existían. Es no tener pilas para el mando. Es no tener tiritas cuando te cortas. Es vivir siempre al límite del suministro básico, como si tu casa fuera un almacén permanentemente en números rojos.

Y eso genera una sensación sutil pero constante de que no controlas tu vida. De que lo básico se te escapa. De que todo te cuesta más que a los demás. Y esa sensación, acumulada durante años, pesa. Pesa mucho.

Si esto es tu día a día, si las cosas básicas siempre se te acaban por sorpresa, si la gestión de tu casa te supera de formas que a otros les parecen triviales, no eres un desastre. Tu cerebro gestiona las prioridades de una forma diferente. Y entenderlo, de verdad entenderlo, te cambia la perspectiva. Un profesional puede ayudarte a ponerle nombre y trabajarlo.

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