Siempre en modo último momento: mi vida entera funciona así
No es un problema de trabajo. Es facturas, regalos, maletas, citas. Todo a última hora. Siempre. Y hay una razón para eso que nadie te ha dado.
No es que seas un desastre en el trabajo.
Es que eres un desastre en todo.
Espera, que eso ha sonado peor de lo que quería. A ver, me explico: no es que lo hagas mal. Es que el modo "último momento" no es solo una forma de trabajar. Es tu forma de vivir. La factura de la luz la pagas cuando ya te han mandado el aviso de corte. El regalo de cumpleaños de tu madre lo compras en el aeropuerto de camino a verla. La maleta la haces a las once de la noche cuando el vuelo sale a las seis. Siempre. Sin excepción. Como un reloj. Un reloj que solo funciona cuando está a punto de explotar, pero un reloj.
Y lo más curioso es que no lo ves venir. Cada vez que pasa te sorprende. "Otra vez, no puede ser." Y la siguiente, igual.
¿Por qué el último momento y no antes?
Esa es la pregunta que lleva años dando vueltas en tu cabeza.
Porque tú sabes perfectamente que el regalo hay que comprarlo. Que la maleta hay que hacerla. Que la factura hay que pagarla. No es falta de información. Tienes toda la información. Tienes el calendario. Tienes las fechas. A veces incluso tienes alarmas. Y aun así.
Pues mira, te lo voy a decir con toda la frialdad del mundo: tu cerebro no responde a "lo que debería hacerse". Responde a "lo que hay que hacer ya o hay consecuencias reales ahora mismo".
Antes del último momento, la tarea existe. Está ahí, flotando. Pero no tiene peso. Tu cerebro la ve, asiente, y sigue a lo suyo. Es como si tuvieras un asistente dentro de la cabeza que anota todo muy bien en su libreta y luego cierra la libreta y se va a tomar un café de tres horas. El asistente está. La libreta está. Pero nadie está mirando la libreta.
Y de repente, a las once de la noche, con el vuelo a las seis, alguien le dice al asistente que su trabajo también depende de que eso esté hecho. Y ahí sí. Ahí el asistente cierra el café, abre la libreta, y en cuarenta y cinco minutos hace lo que no pudo hacer en dos semanas.
Eso no es pereza. Eso es que tu sistema de arranque necesita urgencia real para activarse.
La trampa del "ya lo haré"
Imagínate que tu cerebro tiene un motor. Pero ese motor no arranca con la llave normal. Arranca con adrenalina. Con presión. Con el "como no lo hagas ahora hay consecuencias".
Mientras no hay consecuencias reales, el motor está frío. Da igual que tú sepas que hay que arrancarlo. Da igual que te lo digas cien veces. Da igual que pongas un recordatorio. Tu cerebro lo ve todo y dice: "Sí, mañana." No porque sea vago. Sino porque sin urgencia, no hay combustible. Y sin combustible, no hay arranque.
Y claro. Como el motor al final siempre arranca, o sea, al final siempre lo haces, siempre sacas la maleta, siempre llegas al avión aunque sea corriendo, siempre pagas la factura aunque sea el último día... pues la conclusión que sacas es: "Es que soy capaz, así que si no lo hago antes es porque no quiero."
Y eso es una mentira enorme. Pero muy convincente.
Porque si fuera falta de capacidad, buscarías soluciones. Pero como puedes hacerlo cuando toca, el diagnóstico que te haces a ti mismo es: "Soy un vago con mala organización." Y con ese diagnóstico encima no buscas la causa real. Buscas apps. Buscas métodos. Buscas la agenda perfecta. Y no funciona ninguna porque el problema no es la herramienta. Es el motor.
Todo. No solo el trabajo.
Esto es lo que más me llama la atención cuando hablo con gente que se ve reflejada en esto.
Siempre piensan que es un problema laboral. Un defecto de productividad. Algo que se arregla con un buen sistema de gestión de tareas. Y cuando les preguntas por los cumpleaños, por los regalos, por las facturas, por las citas del médico que llevan seis meses posponiendo, por la inspección del coche que venció hace tres meses... la cara que ponen.
"Espera. ¿Eso también cuenta?"
Sí. Todo eso cuenta.
Porque no es que tu trabajo esté mal organizado. Es que tú funciones así. En todos los contextos. Con todas las tareas. Si no hay presión real, no hay movimiento. Y eso es un patrón que se repite tanto en el trabajo como en la vida personal.
No es que seas irresponsable. Es que te cuesta todo más que a los demás de una forma que no tiene que ver con las ganas ni con el esfuerzo.
Te lo digo por experiencia: yo soy el rey del último momento. Facturas, formularios, declaraciones, mensajes importantes que llevo semanas sin contestar. Todo me viene cuando ya no hay otra. Y durante años pensé que era un problema de carácter. Que si me esforzara más, cambiaría. Spoiler: no cambiaba. Porque el problema no era el esfuerzo.
¿Cómo es posible trabajar bien bajo presión y fatal sin ella?
Esta es la parte que menos sentido tiene desde fuera.
Porque la gente que te conoce te ha visto rendir. Te ha visto sacar proyectos adelante contra el reloj. Te ha visto hacer en dos horas lo que otros tardan dos días. Y entonces no entienden por qué, si puedes cuando hay presión, no puedes cuando no la hay.
Lo que pasa es que la presión no es solo una condición de trabajo. Es el combustible real de tu cerebro.
Sin urgencia, tu sistema ejecutivo, o sea, la parte del cerebro que decide qué hacer, cuándo y cómo, funciona al veinte por ciento. Sabe lo que hay que hacer pero no lo prioriza porque no percibe que haya riesgo real. Y cuando hay urgencia, ese mismo sistema se enciende del todo. No porque hayas cambiado. Sino porque ahora hay consecuencias reales que el cerebro sí procesa.
Es como esos coches viejos que en invierno no arrancan a la primera. No es que el coche esté roto. Es que necesita condiciones específicas para funcionar. El tuyo necesita urgencia. Y eso está bien saberlo.
Lo que no está tan bien es vivir toda la vida dependiendo del último momento como única fuente de energía, porque solo eres productivo bajo presión tiene un límite. Y ese límite es el estrés crónico, las cosas que se caen por el camino y la sensación constante de que estás un paso detrás de donde deberías estar.
Quizá tenga nombre esto que te pasa
Si lees esto y piensas "me estás describiendo exactamente" es que llevas toda la vida diciéndote que eres un desastre y a lo mejor no eres un desastre. A lo mejor tu cerebro funciona con otras reglas.
Hay un patrón muy concreto: dificultad para iniciar tareas sin urgencia, gestión del tiempo poco intuitiva, funcionamiento que depende de la activación emocional más que de la planificación racional. Y ese patrón tiene nombre. Y ese nombre aparece con mucha frecuencia en adultos que dejan todo para el último momento de una forma que va más allá de la organización.
Se llama TDAH.
No el de los niños que no paran. El de los adultos que sacan todo adelante pero siempre a última hora, siempre con el corazón a mil, siempre pensando que la próxima vez lo harán antes, y la próxima vez igual.
Puede que sea tu caso. Puede que no. Yo no soy médico y esto no sustituye el diagnóstico de un profesional. Si algo de lo que has leído te suena demasiado familiar, lo que sí te recomiendo es hablarlo con un psicólogo o psiquiatra que sepa de esto. Pero también existe una primera pregunta que puedes hacerte antes. Una que no requiere nada más que diez minutos y honestidad.
Si quieres saber si lo tuyo podría ser TDAH, y entender por qué tu cerebro necesita urgencia para funcionar, hay una explicación más profunda aquí que te va a aclarar muchas cosas.
Y si quieres empezar por algún sitio: hice un test con 43 preguntas basado en los criterios diagnósticos reales del TDAH. Diez minutos. Gratis. No es un diagnóstico, es un punto de partida para entender cómo funciona tu cabeza. Puedes hacerlo aquí.
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