Cuanto más tiempo libre tengo más procrastino
Si tienes un día libre sin compromisos deberías ser productivo. Pero no lo eres. Por qué cuanto más tiempo tienes, menos haces.
El lunes tenía una reunión a las 9, otra a las 11, una llamada a las 13:00 y el resto del día libre.
Hice las reuniones. Hice la llamada. Y entre las 13:00 y las 20:00, no hice prácticamente nada.
El martes no tenía ni una sola cosa en el calendario. Todo el día para mí. Para trabajar en lo que quisiera, sin interrupciones, sin presiones, sin compromisos.
No hice nada.
O sea, hice cosas. Estuve muy ocupado. Me busqué un reportaje sobre la historia de la NASA, reorganicé mis carpetas de Notion por tercera vez ese mes, preparé un café con una elaboración digna de un barista con estudios, y vi no sé cuántos vídeos de YouTube que no me habían pedido que viera. Pero lo que tenía que hacer, eso no lo hice.
Esto no me lo inventé. Esto me lo contó mi terapeuta cuando lo describí como "mi mayor paradoja".
Su respuesta fue: "Rubén, eso no es una paradoja. Eso es un patrón muy específico."
¿Por qué procrastinas más cuando tienes más tiempo?
Parece que no tiene sentido.
Si tienes tiempo, deberías ser productivo. Si no tienes tiempo, el tiempo se convierte en el problema. Pero la realidad, al menos la mía, funciona exactamente al revés.
Cuanto más tiempo tengo, menos hago. Y cuanto más apretado está mi día, más cosas saco adelante.
Pues mira, déjame que te explique lo que creo que está pasando. No desde un artículo de productividad genérico, sino desde mi propia experiencia y lo que he aprendido de ella.
El tiempo libre, sin estructura, sin presión, sin una hora límite que lo enmarque, es para ciertos cerebros lo más parecido a intentar correr en arenas movedizas. Cuanto más te mueves, más te hundes. Cuanto más tiempo tienes, más se expande la posibilidad. Y la posibilidad infinita paraliza.
Cuando tienes dos horas, sabes que tienes que avanzar en algo concreto o no llegará. Cuando tienes ocho horas, el cerebro hace su cosa favorita: dejarlo para luego. Porque siempre hay un "luego".
El cerebro que necesita urgencia para arrancar
Aquí está el núcleo del asunto.
Hay cerebros que funcionan con dopamina de anticipación. El sistema de recompensa se activa cuando hay consecuencias claras, plazos concretos, algo que perder. Solo soy productivo bajo presión: el día antes, la hora antes. Eso no es flojera. Es un sistema de motivación que depende de la urgencia para encenderse.
El problema es que el tiempo libre es exactamente lo contrario de la urgencia.
Tiempo libre es: no hay plazo, no hay consecuencias inmediatas, no hay nadie esperando el resultado. El cerebro mira todo ese espacio vacío y en vez de decir "¡qué oportunidad!", dice "tampoco pasa nada si esto lo hago en un rato." Y ese rato se convierte en tres horas. Y esas tres horas se convierten en todo el día.
Y al final del día, con la sensación de haber desperdiciado ocho horas perfectas, hay algo peor que la culpa. Hay incomprensión. Porque no entiendes qué ha pasado. Tenías todo el tiempo del mundo. ¿Qué has estado haciendo?
Yo estuve en ese bucle muchos años antes de entender que no era falta de voluntad.
Lo que pasa de verdad dentro de tu cabeza
Imagínate que tu motivación es un cohete.
Para que el cohete despegue, necesita propulsión. En condiciones normales, esa propulsión es el interés, la urgencia, la novedad o el miedo a las consecuencias. Cuando una de esas cosas está presente, el cohete arranca. Cuando ninguna está presente, el cohete no se mueve aunque le pongas un cartel enorme que diga "AHORA ES EL MOMENTO PERFECTO".
El tiempo libre elimina la urgencia y el miedo. Y si la tarea tampoco es nueva ni especialmente interesante, ahí te quedas. Cohete en la plataforma. Mirándote a ti mismo sin entender por qué no despega.
Siempre en modo último momento: mi vida entera funciona así
La trampa del tiempo libre es que apaga todos esos encendedores de golpe.
¿Y entonces qué haces con un día libre?
Primero, entender que el problema no eres tú. O sea, que el problema no es que seas vago o que te falte disciplina o que no quieras las cosas lo suficiente.
Si fueras vago, el tiempo libre no te generaría culpa. Te relajarías. Disfrutarías. Pero no. Lo que sientes cuando acabas un día libre sin haber hecho nada no es relajación. Es una mezcla extraña de frustración y agotamiento, aunque físicamente no hayas hecho nada exigente.
Eso no es pereza. A mucha gente le cuesta todo más que a los demás, y no tiene nada que ver con la capacidad ni con las ganas. Tiene que ver con cómo el cerebro gestiona la motivación sin señales externas que lo activen.
Lo que a mí me ha funcionado, y repito que esto es mi experiencia personal, es crear urgencia artificial cuando la urgencia real no existe.
No es tan sofisticado como suena. Es básicamente esto: si el día libre no tiene estructura, ponle estructura tú. No porque seas una máquina ni porque debas convertir el descanso en trabajo. Sino porque tu cerebro necesita un marco dentro del que operar.
Pon un bloque de trabajo de dos horas con una hora concreta de inicio y una hora concreta de fin. Dile a alguien que en esas dos horas vas a hacer X cosa y que a las Y te va a preguntar qué tal. Crea una consecuencia mínima que active el sistema.
No es trampa. Es entender cómo funciona tu cabeza y usar eso a tu favor.
Quizá tiene nombre lo que te pasa
Voy a decirte una cosa.
Ese patrón concreto, procrastinar más cuando más tiempo tienes, activarte solo con la presión, necesitar urgencia para arrancar, tener días de alta productividad y días donde no sacas ni una línea sin entender por qué...
Tiene nombre.
Se llama TDAH. Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Y una de sus características menos conocidas fuera de los libros es exactamente esta: el sistema de motivación depende de la dopamina de urgencia para funcionar. Sin ella, el cerebro no se activa aunque tenga toda la intención del mundo.
No te estoy diagnosticando. No soy médico y esto no sustituye la evaluación de un profesional. Pero si este patrón te suena demasiado a tu vida, quizá vale la pena que le pongas nombre antes de seguir pensando que el problema es tu fuerza de voluntad.
A mí me tardó bastante en llegar ese nombre. Y cuando llegó, no fue el final del problema. Fue el principio de empezar a entenderlo.
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