No termino ni los videojuegos que me encantan

Te gastas 60 euros en un juego que te flipa. Haces el 70% y lo dejas. No es el juego. Es que tu cerebro ya sacó lo que necesitaba.

Tengo una biblioteca de Steam que parece un cementerio.

No de juegos malos. De juegos que me flipaban. Que me tenían hasta las tres de la mañana diciendo "una misión más y me acuesto". Que me hicieron sentir cosas. Que me tuvieron enganchado durante días.

Y que en algún punto, sin ninguna razón lógica, dejé de abrir.

No los terminé. No me aburrieron. No dejaron de gustarme. Simplemente un día no los abrí y al siguiente tampoco y al siguiente ya ni me acordaba de que existían. Y ahí siguen. Al 60%, al 70%, al 80%. Tan cerca del final que da vergüenza. Pero no lo suficientemente cerca como para que mi cerebro considere que merece la pena el esfuerzo.

¿Cómo puedes dejar algo que te encanta?

Esa es la pregunta que me hace todo el mundo. "Si te gusta tanto, ¿por qué no lo terminas?"

Y la respuesta es incómoda: porque lo que me enganchaba no era el juego en sí. Era el descubrimiento. Los primeros mundos que no conocía. Las mecánicas nuevas que iba aprendiendo. Las historias que se iban revelando. Todo eso genera dopamina a lo bestia.

Pero llega un punto en el que ya conoces todas las mecánicas. Ya sabes cómo funciona el combate. Ya intuyes cómo va a acabar la historia. Y tu cerebro, que es un buscador de novedad profesional, dice "aquí ya no hay nada nuevo para mí" y desconecta. Aunque queden 15 horas de juego. Aunque el final sea espectacular. Aunque hayas pagado 60 euros.

Es como leer un libro de misterio en el que adivinas quién es el asesino en la página 200. Técnicamente quedan 150 páginas. Pero tu cerebro ya resolvió el puzzle. La emoción se fue.

No son solo los videojuegos

Lo sé. Ya lo sabes.

Son las series que dejas en la temporada 3. Los libros que dejas a 50 páginas del final. Los podcasts que abandonas después de tres episodios. Los proyectos que llevan un 80 por ciento completado y ahí se quedan para siempre.

El patrón es idéntico. Empiezas con una energía brutal. Devoras contenido. Te metes de lleno. Y en algún momento, sin aviso, el interés se apaga como una vela. No hay un momento concreto. No hay un detonante. Simplemente pasa.

Y luego alguien te pregunta "¿terminaste aquel juego?" y tú dices "no, se me pasó" como si fuera algo casual. Pero por dentro piensas "¿por qué no puedo terminar ni lo que me gusta?".

Lo que nadie te dice sobre la motivación

Pues que la motivación no es una línea recta. Es una montaña rusa. Y hay cerebros que van en montañas rusas más salvajes que otros.

La mayoría de la gente pierde algo de motivación conforme avanza un proyecto, un juego, una serie. Es normal. Pero pueden compensarlo con inercia. Con costumbre. Con un "bueno, ya llevo invertidas 30 horas, voy a acabarlo".

Tú no puedes. Tu cerebro no entiende de inversiones pasadas. Solo entiende de estimulación presente. Y cuando la estimulación presente baja de cierto umbral, se acabó. Da igual cuántas horas lleves. Da igual lo cerca que estés del final. Si no hay chispa, no hay motor.

Y eso no es falta de voluntad. Es un sistema de recompensa que necesita un mínimo de intensidad para funcionar. Por debajo de ese mínimo, no hay manera.

Si esto te pasa con todo, no solo con juegos, puede que merezca la pena explorarlo con un profesional. No es un diagnóstico, es curiosidad con dirección.

El truco que uso para terminar cosas (a veces)

No te voy a engañar. No funciona siempre. Pero a veces funciona.

Cuando noto que estoy perdiendo interés en algo que quiero terminar, me impongo una regla: solo 20 minutos. No una hora. No "hasta terminar el nivel". Veinte minutos y puedo dejarlo.

Y lo que pasa muchas veces es que esos 20 minutos son suficientes para reconectarme. Para recordar por qué me gustaba. Para encontrar un pequeño trozo de novedad que mi cerebro necesitaba.

No siempre funciona. A veces los 20 minutos pasan y sigo sin ganas. Y entonces lo dejo sin culpa. Porque obligarte a disfrutar de algo es la manera más rápida de odiarlo.

Pero entender por qué te pasa esto ya cambia bastante el juego. No te quita el patrón, pero te quita la culpa. Y sin la culpa, todo es un poco más fácil.

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