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Ser veterinario con TDAH: urgencias, empatía animal y papeleo imposible

Un animal herido, un dueño llorando y tu cerebro pensando si cerraste el coche. Ser veterinario con TDAH es vocación contra caos.

tdah

Un animal herido a las 3 de la madrugada. El dueño llorando en la sala de espera. Y tú intentando recordar la dosis correcta de sedante mientras tu cerebro decide que es buen momento para preguntarse si cerraste el coche.

Ser veterinario con TDAH es eso. Un equilibrio constante entre vocación y caos.

Porque la vocación tira. Tira mucho. Pero el cerebro tiene otros planes.

¿Por qué la veterinaria atrae tanto a cerebros con TDAH?

Piénsalo un segundo.

Cada día es distinto. Cada animal es distinto. Una mañana estás vacunando gatitos y por la tarde estás en quirófano sacando un calcetín del estómago de un labrador que no distingue entre juguete y ropa interior.

La novedad constante. La adrenalina. La dopamina de salvar una vida a contrarreloj.

Para un cerebro que se aburre con lo predecible, la veterinaria es como un buffet libre de estímulos. Hay emoción, hay urgencia, hay contacto físico, hay resultados inmediatos. Un perro entra medio muerto y sale moviendo el rabo. Eso engancha más que cualquier red social.

Y encima los animales no te juzgan. No te dicen "es que siempre llegas tarde" ni "¿otra vez se te ha olvidado?". Un gato te mira con la misma indiferencia lleves bata o pijama. Eso, para alguien que lleva toda la vida recibiendo comentarios sobre lo despistado que es, vale oro.

El problema no es la consulta. No es la cirugía. No es la urgencia a las tantas.

El problema es todo lo demás.

El papeleo: donde la vocación va a morir

Historiales clínicos. Informes de seguimiento. Recetas. Presupuestos. Facturas. Llamadas a laboratorios. Pedidos de material. Inventario de medicamentos.

Si hay un infierno diseñado específicamente para cerebros con TDAH, es el sistema administrativo de una clínica veterinaria.

Porque la cirugía tiene adrenalina. Tiene un principio, un desarrollo y un final. Tiene feedback inmediato: el animal se recupera o no. Tu cerebro puede engancharse a eso.

Pero rellenar el historial del paciente número 47 del día, con la letra correcta, en el campo correcto, sin que se te olvide apuntar la dosis exacta que le pusiste hace tres horas... eso es como pedirle a un pez que escale una montaña.

No es que no puedas. Es que tu cerebro necesita adaptaciones que nadie te enseñó a pedir. Sistemas. Checklists. Recordatorios. Alguien que te diga "oye, te falta firmar esto" antes de que pasen tres semanas.

El veterinario con TDAH que no monta un sistema de compensación acaba con un escritorio que parece una zona de guerra y una bandeja de entrada con 200 emails sin leer. Y no porque sea mal profesional. Sino porque su cerebro reparte la energía de forma diferente: toda para el animal, cero para el Excel.

¿Cómo funciona un veterinario con TDAH sin que la empatía le destruya?

Aquí viene lo gordo.

Porque el TDAH no solo te hace despistado. Te hace sentir más. Mucho más. La regulación emocional no funciona como debería, y en una profesión donde ves sufrimiento animal todos los días, eso es una bomba de relojería.

El perro que no sale de la operación. La familia que llora en consulta. El gato que llevas tratando semanas y no mejora. La eutanasia que sabes que es lo correcto pero te rompe igual.

Un veterinario neurotípico puede llegar a casa, separar trabajo de vida personal, y descansar. Un veterinario con TDAH llega a casa y su cerebro sigue dando vueltas. Reproduce la escena. Se pregunta si podría haber hecho algo distinto. Se culpa. Siente demasiado y no sabe ponerle freno.

Y al día siguiente tiene que volver y sonreír al siguiente dueño con el siguiente animal.

La empatía es lo que te hace buen veterinario. Pero sin regulación, es lo que te quema. Y no es el burnout general que tiene cualquier profesional agotado. Es un burnout potenciado por un cerebro que no tiene botón de apagado emocional.

La solución no es dejar de sentir. Es aprender a gestionar lo que sientes. Estructuras de descompresión. Límites reales entre el trabajo y el resto. Y sobre todo, entender que no eres débil por necesitarlo. Eres un cerebro que procesa las emociones en alta definición mientras los demás van en 480p.

Las urgencias: tu mejor momento y tu peor enemigo

A las 3 de la mañana suena el teléfono. Un atropello. Llegas a la clínica con el corazón a mil.

Y curiosamente, es cuando mejor funcionas.

Porque la urgencia le da a tu cerebro exactamente lo que necesita: presión, novedad, consecuencias inmediatas. No hay que planificar. No hay que priorizar entre quince tareas aburridas. Hay un animal que se muere y tú tienes que actuar. Ahora.

El hiperenfoque se activa. Eres rápido, preciso, creativo. Ves cosas que otros tardan más en ver. Tomas decisiones que funcionan. El animal sale adelante y tú te sientes como un superhéroe.

Hasta que llega la mañana siguiente y tienes que redactar el informe de lo que hiciste.

Y no te acuerdas de la mitad.

Ese es el patrón del TDAH en veterinaria: brillante en la acción, desastroso en la documentación. Héroe en la urgencia, caos en la rutina. Y si no aprendes a compensar lo segundo, lo primero no importa, porque los errores administrativos acaban pesando más que las vidas que salvaste.

No es que seas mal veterinario

Es que tu cerebro no vino con el manual de la profesión. Vino con otro manual. Uno que nadie te dio y que tuviste que escribir sobre la marcha.

Ser veterinario con TDAH es perfectamente posible. Hay miles haciéndolo cada día. Pero necesita consciencia. Saber dónde vas a fallar antes de que falles. Montar los sistemas que tu cerebro no monta solo. Pedir ayuda con el papeleo sin sentir que eso te hace peor profesional.

Porque no te hace peor. Te hace diferente. Y en una profesión donde la empatía, la creatividad y la capacidad de reacción importan tanto, diferente puede ser exactamente lo que se necesita.

Solo hay que aprender a gestionar el precio que pagas por esas ventajas.

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