Repito las mismas historias sin darme cuenta de que ya las conté

Cuentas una anécdota con toda la ilusión y alguien dice 'eso ya lo contaste'. Tu memoria no registra lo que sale de tu boca.

"Tío, eso ya me lo has contado."

Cinco palabras. Cinco palabras que me han dicho tantas veces que ya me dan vergüenza. Porque estoy ahí, contando una historia con toda la emoción del mundo, con los gestos y todo, y de repente alguien me frena en seco.

"Ya nos lo contaste. La semana pasada."

Y yo me quedo ahí con la boca abierta pensando: ¿de verdad? ¿Seguro? Porque en mi cabeza, esta es la primera vez que cuento esto. No tengo ni el más mínimo recuerdo de haberlo contado antes. No me suena. No me resuena. Nada.

Pero por la cara de todos, claramente sí lo conté. Probablemente con los mismos gestos y todo.

¿Por qué repito siempre las mismas historias?

Mi cerebro es un disco de vinilo rayado. Pero un vinilo que no sabe que está rayado. Que cree que cada vez que suena la canción es la primera vez.

Y es que el problema no es recordar la historia. La historia la recuerdo perfectamente. Cada detalle. Cada giro. Cada remate. Lo que no recuerdo es haberla contado. No registro el acto de contar. Registro lo contado, pero no el contexto de haberlo compartido.

Es como escribir un email y no recordar si le diste a enviar. El contenido está claro. Pero el "¿ya lo hice?" se pierde.

A mí me pasa especialmente con las anécdotas que me gustan. Las que me generan emoción al contarlas. Cuanto más me mola una historia, más veces la cuento. Porque cada vez que la cuento, mi cerebro la experimenta como nueva. El chute de dopamina de la reacción del otro, la gracia del remate, el placer de narrar. Todo eso es nuevo para mí. Cada vez.

Y para los demás, no. Para los demás es la tercera vez que escuchan lo del mapa de Ikea.

¿Te has dado cuenta de que la gente ya no reacciona igual?

Esto es lo sutil. Lo que duele de verdad. Porque a veces la gente no te dice "ya lo contaste". A veces solo asienten con menos ganas. Se ríen menos. Miran al lado. Y tú notas que algo ha cambiado pero no sabes qué.

Y lo peor es cuando te enteras por terceros. "Es que Rubén siempre cuenta lo mismo." Me lo dijeron una vez y fue como un puñetazo. No porque sea mentira. Sino porque yo no tenía ni idea.

Mi cerebro es experto en olvidar lo que acaba de hacer. Entro a una habitación y no sé a qué venía. Empiezo a decir algo y se me olvida a mitad de frase. Y cuento historias que ya conté porque para mí, cada vez es nueva.

Es el patrón de alguien cuya memoria funciona bien para el contenido pero mal para el registro. Guarda el qué pero pierde el cuándo, el dónde y el a quién.

No es que quieras ser repetitivo

A ver, que esto no es ser el típico abuelo que cuenta la guerra. Esto es ser una persona de 30 o 40 años que no puede llevar un registro de sus propias conversaciones. Y eso genera inseguridad.

Llegas a un punto en el que antes de contar algo preguntas: "¿Esto ya te lo he contado?" Y lo dices con miedo. Porque sabes que la respuesta puede ser sí. Y si es sí, te sientes como un idiota. Otra vez.

Y empiezas a contenerte. A no contar cosas. A quedarte callado en reuniones sociales porque piensas "seguro que ya lo conté y no me acuerdo". Y te pierdes la conversación. Te pierdes la conexión. Te vuelves más callado de lo que eres naturalmente.

El día que dejó de ser una anécdota graciosa

Mira, durante años lo usé como chiste. "Es que soy así, cuento las cosas mil veces." Y la gente se reía y yo me reía y todos contentos.

Pero en algún momento dejó de ser gracioso. Porque no es solo repetir historias. Es un síntoma de algo más grande. Es la misma razón por la que me olvido de lo que iba a decir a mitad de frase. Es la misma razón por la que pierdo objetos y olvido citas y necesito apuntarlo todo.

Es el TDAH. La memoria de trabajo, que ya sabemos que en un cerebro con TDAH es más limitada, no solo afecta a lo que entra. También afecta a lo que sale. No registras lo que hiciste porque tu cerebro estaba demasiado ocupado haciéndolo. No le quedaba capacidad para, además, tomar nota de que lo estaba haciendo.

Es como un camarero que sirve las mesas pero no apunta los pedidos. Sirve bien. Pero si le preguntas qué ha servido, no tiene ni idea.

Esto no sustituye un diagnóstico. Si sospechas que hay algo más detrás de estas cosas, consulta con un profesional. Pero si llevas años siendo "el que siempre cuenta lo mismo" y empiezas a ver que no es solo eso, quizá vale la pena entender por qué te cuesta todo más que a los demás.

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