Se me queda la mente en blanco justo cuando más la necesito

Examen, presentación, momento importante: tu cerebro elige justo ese instante para apagarse y no es porque no te lo sepas.

Examen. Te has preparado. Te sabes el temario. Llevas días repasando. Te sientas, lees la primera pregunta, y tu cabeza se vacía.

No poco a poco. De golpe.

Como si alguien hubiera cogido tu cerebro, lo hubiera dado la vuelta como un calcetín, y hubiera dejado caer todo lo que había dentro al suelo. Todo lo que sabías hace cinco minutos ha desaparecido. Y en su lugar solo hay una pantalla en blanco y el sonido de tu propio corazón latiendo en las orejas.

Y piensas: "pero si me lo sabía".

Claro que te lo sabías. Ayer por la noche podías recitar los temas como un predicador evangélico. Esta mañana, mientras desayunabas, repasabas mentalmente y todo encajaba. Pero ahora, con el folio delante, tu cerebro ha decidido que este es el momento perfecto para irse de vacaciones.

Sin previo aviso. Sin dejar una nota. Sin activar el mensaje de "fuera de la oficina".

¿Por qué me lo sé hasta que necesito saberlo?

Mira, esto es lo más frustrante del mundo. Porque no es que no hayas estudiado. No es que no hayas practicado. No es que no te importe. De hecho, suele pasar exactamente cuando MAS te importa.

Imagínate que tu cerebro es una biblioteca. Una biblioteca enorme, con miles de libros, perfectamente organizados. Estantes por temas, colores, alfabéticamente. Todo ahí. Todo accesible.

Ahora imagínate que cuando necesitas un libro concreto, aparece un bibliotecario que te dice: "Sí, sí, lo tenemos, espera que lo busco." Y se va. Y no vuelve. Y tú ahí plantado, esperando, mientras por la megafonía anuncian que la biblioteca cierra en cinco minutos.

Eso es la mente en blanco. No es que la información no esté. Está. El problema es que tu cerebro no la encuentra justo cuando la necesitas. El puñetero sistema de búsqueda se cuelga en el peor momento posible.

Y te lo digo por experiencia: no es solo en exámenes. Es en presentaciones. En entrevistas de trabajo. En conversaciones importantes. En cualquier momento donde la presión sube y tu cerebro decide que es momento de hacer huelga.

¿No se supone que la presión debería ayudar?

Pues a ver. Esta es la broma cósmica.

A todo el mundo le dicen que un poco de presión es buena. Que te activa. Que te enfoca. Y es verdad. Para la mayoría de cerebros, un poco de estrés funciona como un café: te espabila, te pone en marcha, te centra.

Pero hay cerebros donde la presión no funciona como un café. Funciona como un cortocircuito. En vez de encenderte, te apaga. La alarma suena tan fuerte que no puedes pensar.

Es como si tu cerebro tuviera un detector de humo ultrasensible. La mayoría de la gente tiene un detector normal: se activa cuando hay fuego real y te dice "oye, mueve el culo". El tuyo se activa cuando alguien pone una tostada. Y cuando suena, no hay quien piense. No hay quien hable. No hay quien recuerde nada. Solo hay alarma.

Y lo paradójico es que otros días, cuando no te hace falta, tu cerebro funciona a toda hostia. A las once de la noche, sin presión, sin examen, sin nadie mirándote, eres capaz de resolver problemas como si nada. La información fluye. Las ideas aparecen. Todo encaja.

Pero ponle un folio de examen delante y se acabó.

¿Mi memoria está rota?

No.

Tu memoria no está rota. Funciona perfectamente. Bueno, funciona. Lo que pasa es que tiene sus propias reglas y no te ha consultado ninguna.

El problema no es almacenar la información. El problema es recuperarla bajo presión. Es como tener un disco duro lleno de archivos que solo puedes abrir cuando estás tranquilo. En cuanto alguien te mira, el sistema se bloquea y te sale el circulito de carga. Ese que da vueltas y vueltas y nunca acaba.

Porque tu cerebro no archiva las cosas por orden de importancia. Las archiva por emoción, por contexto, por lo que estabas haciendo cuando lo aprendiste. Si estudiaste relajado en tu cuarto, tu cerebro guardó esa información con la etiqueta "cuarto, tranquilo, a las once de la noche". Y cuando intentas acceder a esa información en un aula con cuarenta personas, bajo presión, con un reloj contando, tu cerebro busca la etiqueta "aula, estrés, reloj" y no encuentra nada.

No es que no lo sepas. Es que tu cerebro no sabe encontrarlo fuera de contexto.

Y te digo más: esto explica por qué después del examen, a los cinco minutos, te acuerdas de todo. Sales del aula, respiras, y de repente toda la información vuelve. "Ah, joder, si era esto." Ya. Genial. Muy útil ahora que has entregado el folio en blanco.

¿Y esa espiral de ansiedad que lo empeora todo?

Esto es lo mejor. O lo peor. Depende de cómo lo mires.

Te quedas en blanco. Notas que te has quedado en blanco. Y entonces empiezas a pensar en que te has quedado en blanco. Y ese pensamiento te pone más nervioso. Y al ponerte más nervioso, te quedas más en blanco. Y al quedarte más en blanco, piensas más en que te has quedado en blanco.

Es un bucle. Un bucle que se retroalimenta y que va a más.

Porque tu cerebro ya no está intentando recordar el temario. Tu cerebro está en modo supervivencia. Está gestionando la amenaza de "te estás quedando en blanco en un examen" como si fuera un tigre a punto de comerte. Y cuando tu cerebro detecta un tigre, no piensa en la Segunda Guerra Mundial ni en fórmulas matemáticas. Piensa en huir.

Y tú no puedes huir. Estás en un aula. Con un folio. Y un bolígrafo. Y treinta minutos.

O sea, la misma cosa que te ha pasado cien veces. Te pasa en conversaciones, cuando pierdes el hilo y no puedes volver. Te pasa en reuniones de trabajo cuando te preguntan tu opinión y no te sale nada. Te pasa en discusiones cuando sabes exactamente lo que quieres decir pero las palabras se niegan a salir de tu boca.

Siempre el mismo patrón. Siempre cuando más importa. Siempre cuando la presión sube.

Y cada vez que pasa, acumulas un poquito más de miedo a que vuelva a pasar. Lo cual, obviamente, hace que pase más.

¿Y si esto tiene un nombre?

Pues mira, esto es lo que nadie te cuenta.

La mente en blanco bajo presión no es un defecto de carácter. No es "ponerte nervioso". No es falta de preparación. No es que "no valgas para esto".

Hay cerebros donde la memoria de trabajo es más pequeña de lo normal. Donde la dopamina, que es el neurotransmisor que te ayuda a acceder a la información almacenada, no regula bien. Donde el estrés, en vez de mejorar el rendimiento, lo aplasta. Donde el sistema de recuperación de información colapsa cuando más lo necesitas.

Eso tiene nombre. Se llama TDAH. Y la mente en blanco bajo presión es uno de sus síntomas menos conocidos y más jodidos. Porque no es llamativo. No es hiperactivo. No es "el niño que no para quieto". Es el adulto que se sabe el temario y saca un tres. El que enmudece en la entrevista de trabajo. El que se bloquea cuando su pareja le dice "tenemos que hablar" y no le sale ni una frase.

No digo que si te quedas en blanco en un examen tengas TDAH. No soy médico. Pero si esto te pasa constantemente, si es un patrón que se repite, si sientes que todo te cuesta más que a los demás sin que nadie sepa explicarte por qué, y encima tu cerebro tiene la bonita costumbre de engancharse a fondo solo a cosas que no le has pedido, pues a lo mejor merece la pena mirarlo.

Porque a lo mejor no eres una persona que se pone nerviosa. A lo mejor eres una persona cuyo cerebro funciona diferente y nadie le ha dicho cómo.

Aviso importante: esto no es un diagnóstico. Si te sientes identificado, el siguiente paso es hablar con un profesional. Un psiquiatra o neuropsicólogo puede evaluar si lo que te pasa tiene que ver con TDAH u otra cosa. Lo que lees aquí es mi experiencia y lo que he aprendido, no consejo médico.

Antes de seguir buscando soluciones, quizá vale la pena saber qué está pasando

Puedes seguir luchando contra tu cerebro. Puedes seguir diciéndote que la próxima vez será diferente, que te prepararás más, que respirarás hondo, que harás técnicas de relajación. Y oye, a lo mejor funciona.

Pero si llevas años con la mente en blanco en los peores momentos, si ya has probado de todo y sigue pasando, quizá el problema no es la técnica. Quizá el problema es que no sabes qué está pasando dentro de tu cabeza.

Y hasta que no lo sepas, cualquier solución es tirar dardos con los ojos cerrados.

Si quieres empezar a entender qué pasa, empieza por aquí.

Hacer el test

Relacionado

Sigue leyendo