Quentin Tarantino: el director que convirtió la dispersión en estilo
Tarantino no fue a escuela de cine. Aprendió viendo 5 películas al día en un videoclub. Su dispersión se convirtió en un estilo que nadie más podía copiar.
Tarantino no fue a escuela de cine. Aprendió viendo cinco películas al día en un videoclub. Su cerebro absorbía todo y lo mezclaba en algo que nadie había visto.
Mientras otros directores estudiaban encuadres en la universidad, un chaval de Tennessee que había dejado el instituto estaba detrás de un mostrador en un Video Archives de Manhattan Beach, recomendando películas a desconocidos durante horas, discutiendo sobre Hong Kong cinema con cualquiera que aguantara el ritmo, y memorizando diálogos enteros de películas que el 99% del planeta no había oído ni nombrar.
Ese chaval luego haría Pulp Fiction.
Y lo que nadie se esperaba es que todo lo que parecía dispersión, obsesión y caos fuera exactamente lo que le hizo diferente a todos los demás.
¿De dónde sale un director que no sabe estarse quieto?
Quentin Tarantino no encajaba en el colegio. No era mal estudiante por falta de inteligencia. Era mal estudiante porque su cabeza iba por libre. Mientras el profesor explicaba matemáticas, él estaba escribiendo guiones en los márgenes del cuaderno. Dejó el instituto sin terminar. No le interesaba. No porque fuera vago, sino porque nada de lo que le ofrecían le encendía.
Y aquí hay algo que cualquiera que haya convivido con un cerebro disperso reconoce al instante: la incapacidad de forzar atención en algo que no te estimula, combinada con una capacidad casi sobrehumana de absorber todo lo que sí te engancha.
Tarantino encontró eso en el cine. Y cuando lo encontró, su cerebro hizo lo que hacen los cerebros así: devorar. Sin freno. Sin mesura. Cinco películas al día. Cine japonés, blaxploitation, spaghetti western, serie B, cine francés, kung fu, terror italiano. Todo mezclado. Todo dentro del mismo cráneo. Sin orden aparente.
Pero ahí dentro, algo estaba cocinándose.
¿Cómo se ven los posibles rasgos TDAH en Quentin Tarantino?
Hay que dejarlo claro: Tarantino no tiene un diagnóstico público de TDAH. No ha salido en ninguna entrevista diciendo "tengo TDAH". Pero cuando miras cómo funciona, cómo trabaja y cómo vive, los patrones son difíciles de ignorar.
La hiperfocalización salvaje. Cuando Tarantino se mete en un proyecto, desaparece del mundo. Se encierra a escribir a mano, en cuadernos, durante meses. No usa ordenador para los guiones. Escribe con boli, como si la velocidad del teclado fuera demasiado lenta para lo que tiene en la cabeza. Y cuando está en ese estado, no existe nada más. Ni horarios, ni convenciones, ni el concepto de "jornada laboral". Eso no es disciplina. Es un cerebro que ha encontrado su droga y no piensa soltar.
Los diálogos interminables. Si hay algo que define el cine de Tarantino es que sus personajes hablan. Y hablan. Y hablan. Sobre hamburguesas. Sobre propinas. Sobre nombres de pandillas. Conversaciones que no "avanzan la trama" según los manuales de guion, pero que te mantienen pegado a la pantalla porque son tan vivas que parecen reales. Eso es un cerebro que conecta cosas que nadie más conectaría. Que salta de tema en tema y encuentra oro en cada salto.
La estructura no lineal. Pulp Fiction no va en orden cronológico. Kill Bill tampoco. Reservoir Dogs empieza por el final. Un cerebro que piensa en línea recta hace películas en línea recta. Un cerebro que rebota entre ideas, que salta entre conexiones, que ve la historia como una telaraña en vez de como una autopista, hace Pulp Fiction.
Y luego está la forma en que habla. Mira cualquier entrevista de Tarantino. Va a mil por hora. Cambia de tema tres veces en la misma frase. Se entusiasma con algo y su cuerpo entero se transforma. Las manos se mueven, la voz sube, los ojos se abren como si acabara de descubrir algo que lleva esperando toda su vida. Y todo eso en una pregunta sobre su película favorita de los setenta.
Eso, para mucha gente, es "ser intenso".
Para quien conoce el TDAH, es martes.
El videoclub como escuela del cerebro disperso
El sistema educativo tradicional le falló a Tarantino. Le pedía que se sentara, que siguiera un temario, que aprendiera cosas que su cerebro no consideraba relevantes. Y él no podía. No por rebeldía. Por neurología.
Pero el videoclub fue otra cosa.
En el videoclub nadie le decía qué película ver. Nadie le ponía un temario. Nadie le obligaba a estudiar en un orden concreto. Podía pasar de una película de samuráis a un thriller francés a una comedia italiana en la misma tarde. Podía hablar de cine durante horas con los clientes sin que nadie le dijera "cállate y trabaja". Podía seguir su curiosidad sin filtros, sin restricciones, sin que nadie le dijera que eso no era "productivo".
Y así, sin título, sin formación oficial, sin un solo crédito universitario, Quentin Tarantino desarrolló una cultura cinematográfica que la mayoría de graduados en cine no podrían igualar ni con diez años de carrera.
Porque su cerebro no necesitaba estructura impuesta. Necesitaba el entorno correcto donde su forma de funcionar fuera una ventaja y no un problema.
Lo que Tarantino nos dice sin saberlo
Que la dispersión no siempre es el enemigo. A veces es el ingrediente.
Tarantino mezcla géneros, épocas, tonos y referencias como nadie porque su cerebro funciona así. No separa las cosas en cajones ordenados. Lo mezcla todo. Y de esa mezcla salen cosas que un cerebro "ordenado" jamás produciría. Es lo mismo que le pasó a David Bowie con la música: tomar influencias de sitios que nadie más miraría y convertirlas en algo completamente nuevo.
Que abandonar el camino convencional no es fracasar. Dejar el instituto no convirtió a Tarantino en un fracasado. Le liberó para encontrar su propio camino. El problema no era él. El problema era que el camino que le ofrecían no estaba diseñado para cerebros como el suyo.
Que la intensidad tiene un precio. Tarantino ha tenido conflictos públicos, relaciones complicadas, fama de ser difícil en los rodajes. La misma intensidad que hace brillante su cine también hace que todo lo demás sea más complicado. Igual que le pasó a Kurt Cobain: la misma energía que crea también desgasta.
Y que a veces, el chaval que no puede estarse quieto en clase, el que habla demasiado, el que salta de tema en tema sin parar, no necesita que le corrijan.
Necesita un videoclub.
O un escenario.
O un folio en blanco y un boli.
Si alguna vez te han dicho que tu cabeza va demasiado rápido, que saltas de una cosa a otra, que eres "demasiado intenso", puede que no sea un defecto. Puede que solo necesites entender cómo funciona tu cerebro.
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