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¿Tenía Beethoven TDAH? El compositor que no oía pero sentía todo

Beethoven se mudó 30 veces, tenía explosiones de furia legendarias y compuso su obra más grande sin escucharla. Los rasgos encajan sospechosamente.

tdahfamosos

Beethoven compuso la Novena Sinfonía completamente sordo.

La pieza que muchos consideran la cima de la música occidental, el Himno de la Alegría, la escribió un hombre que no podía escuchar ni el sonido de su propia voz. Se apoyaba en el piano para sentir las vibraciones. Pegaba la cabeza al instrumento. Usó palos de madera que mordía para transmitir el sonido hasta su cráneo.

Eso es hiperfoco de nivel brutal.

Pero luego está el otro Beethoven. El que se mudó más de 30 veces en Viena. El que insultaba a los aristócratas que lo financiaban. El que vivía rodeado de pilas de papeles, ropa sucia y partituras sin terminar en un apartamento que sus contemporáneos describían como "una cueva de oso".

Dos imágenes del mismo hombre. Y una pregunta que vale la pena hacerse.

¿Qué sabemos de verdad sobre Beethoven?

Los testimonios de la época son generosos en detalles. Ludwig van Beethoven nació en 1770 en Bonn, en una familia con un padre alcohólico que intentó convertirlo en el próximo Mozart infantil, a veces a golpes. Con ese currículum de infancia, ya entiendes que algo se torció antes de empezar.

Se mudó a Viena con 22 años y allí se quedó el resto de su vida. O más bien: en Viena se quedó él, pero sus pertenencias no pararon quietas. Más de 30 cambios de vivienda documentados. A veces se mudaba porque tenía conflictos con los vecinos por el ruido. A veces porque no pagaba el alquiler. A veces, según sus propias cartas, porque simplemente le apetecía.

El compositor Johann Tomaschek, que lo conocía bien, escribió que Beethoven era capaz de pasar de la euforia más explosiva al silencio más oscuro en cuestión de horas. Sus alumnos lo describían como alguien que podía estar dictando una lección y de repente irse a la ventana, quedarse mirando la calle diez minutos y volver como si nada hubiera pasado.

Sus cuadernos de conversación (los usaba para comunicarse cuando la sordera avanzó) están llenos de saltos bruscos de tema, interrupciones a mitad de frase, asociaciones de ideas que van de la compra de carbón al contrapunto musical sin transición aparente.

Nada de esto prueba nada. Pero todo resulta conocido.

¿Qué rasgos encajan con TDAH?

Si pones el perfil clínico del TDAH en adultos al lado de lo que sabemos de Beethoven, hay varios puntos de coincidencia que no son fáciles de ignorar.

Las explosiones emocionales. No hablamos de mal humor ocasional. Hablamos de erupciones que sus contemporáneos documentaron con detalles escabrosos. Tiró un guiso de comida a un camarero porque tardó. Rompió una silla contra el suelo durante un ensayo. Insultó públicamente al Príncipe Lichnowsky, uno de sus mecenas más importantes, con una carta de ruptura que hoy se consideraría una bomba de relaciones públicas. La regulación emocional no era exactamente su fuerte.

La desorganización como estilo de vida. Su vivienda era famosa por el caos. El compositor Carl Czerny, que lo visitó con frecuencia, dejó escrito que en el piso de Beethoven había papeles por todas partes, platos sucios, ropa tirada, y una olla con restos de comida de días anteriores que nadie había retirado. El propio Beethoven perdía contratos firmados, se olvidaba de compromisos, dejaba piezas a medias durante meses.

El hiperfoco. Aquí viene la parte que fascina. Cuando Beethoven se metía en una composición, el mundo exterior dejaba de existir. Su sobrino Karl describió episodios en los que Beethoven trabajaba 18 horas seguidas sin comer, murmurando para sí mismo, ignorando cualquier intento de comunicación. La Quinta Sinfonía la trabajó durante cuatro años intercalados con otras obras. La Novena tardó más de una década en tomar forma final. Una concentración total que convive con una vida cotidiana completamente desestructurada.

Ese contraste tan brutal entre el genio en modo composición y el caos en modo vida normal es uno de los patrones más reconocibles en personas con TDAH. Y lo es también en otro compositor que ya investigamos aquí: Mozart tenía rasgos similares, aunque con un perfil más hiperactivo y menos temperamental.

Las mudanzas como síntoma. Más de 30 veces en la misma ciudad. No hay explicación económica que lo justifique del todo, porque en varios periodos Beethoven cobraba bien. Hay algo en ese patrón de cambio constante que los especialistas en TDAH reconocen: la búsqueda de novedad, la dificultad para instalarse en una rutina, el conflicto con el entorno que lleva a escapar antes que a resolver.

¿Y los rasgos que no encajan?

Ser honesto aquí es obligatorio. Porque el sesgo de confirmación es real y hace mucho daño cuando se habla de diagnósticos retroactivos.

Primer punto: la intensidad emocional de Beethoven podría explicarse perfectamente por su historia personal. Un padre violento y alcohólico, una infancia de presión extrema, la pérdida progresiva del sentido que definía toda su carrera. Cualquier persona sin TDAH que viviera eso tendría motivos sobrados para desarrollar un temperamento volcánico.

Segundo punto: la sordera lo cambia todo como variable de confusión. El aislamiento social que provoca una sordera progresiva, la frustración, la comunicación mediada por cuadernos, todo eso produce comportamientos que podrían interpretarse como síntomas de TDAH sin serlo en absoluto.

Tercer punto: el siglo XVIII y XIX no era la época de las agendas digitales y los sistemas de productividad. La desorganización era más la norma que la excepción entre los artistas de la época. Comparar el caos de su apartamento con los estándares de organización de 2025 es un poco tramposo.

Como también investigamos en el roundup de músicos con posible TDAH, la línea entre "genio excéntrico de su época" y "cerebro que hoy recogería un diagnóstico" es más borrosa de lo que nos gustaría.

¿Qué dicen los investigadores?

Algunos médicos e historiadores se han tomado la pregunta en serio.

El psiquiatra Darold Treffert, especialista en savants y cerebros atípicos, apuntó en varios trabajos que el perfil de Beethoven comparte características con lo que hoy llamaríamos trastorno por déficit de atención con hiperactividad. No como diagnóstico retroactivo formal, sino como hipótesis de trabajo basada en la documentación disponible.

Otros historiadores de la medicina son más cautelosos. Señalan que Beethoven también sufrió enfermedades físicas graves durante toda su vida, incluyendo problemas gastrointestinales crónicos y lo que algunos investigadores creen que pudo ser saturnismo, envenenamiento por plomo. Cualquiera de esas condiciones podría explicar parte del cuadro.

La conclusión más honesta es esta: los rasgos documentados son compatibles con TDAH. Los indicios sugieren que algo ocurría en ese cerebro que iba más allá del "genio excéntrico". Pero no podemos afirmar un diagnóstico retroactivo como hecho. No sería honesto y, francamente, tampoco haría falta.

¿Por qué importa hablar de esto?

Porque Beethoven es el ejemplo más extremo de algo que muchísima gente con TDAH conoce bien: la coexistencia de dos versiones del mismo cerebro.

La versión que compone la Novena Sinfonía siendo sordo.

Y la versión que no puede gestionar el correo, que explota por cosas pequeñas, que se ha mudado seis veces en los últimos años sin entender del todo por qué, que deja proyectos a medias y luego los retoma con una energía que no se puede explicar racionalmente.

No son dos personas distintas. Es el mismo cerebro con reglas distintas.

Beethoven nunca supo por qué funcionaba así. No tenía el lenguaje, ni los conceptos, ni los diagnósticos. Solo tenía la música y el caos. Y con eso compuso algunas de las obras más importantes de la historia.

Imagínate qué hubiera hecho con algo de contexto sobre cómo funciona su cabeza.

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