No puedo empezar algo si no tengo ganas, aunque sea urgente

La urgencia dice que sí. Tu cuerpo dice que no. Y gana tu cuerpo. Esto no es falta de disciplina. Tiene otra explicación.

La urgencia dice que sí. Tu cuerpo dice que no. Y gana tu cuerpo. Siempre.

Da igual lo urgente que sea. Da igual que hayas prometido que hoy sí. Da igual que lleves tres días posponiendo lo mismo. Si no tienes ganas, no arrancas. Y esa es una de las cosas más desesperantes que le pueden pasar a una persona que, en teoría, quiere hacer las cosas bien.

Porque no es que no te importe. Te importa. Muchísimo. Y aun así, no puedes empezar.

¿Por qué el cuerpo gana siempre a la urgencia?

A ver, esto es lo que no tiene sentido lógico y sin embargo le pasa a un montón de gente.

La tarea está ahí. Tienes el plazo. Sabes que si no lo haces hoy, mañana va a ser peor. Y tienes TODA la información necesaria para empezar. No te falta nada. No hay excusas técnicas. Solo tienes que abrir el documento y escribir la primera línea.

Y no puedes.

No es que decidas no hacerlo. No es que conscientemente digas "paso de esto". Es que algo dentro de ti simplemente no activa. Como si el botón de arranque no existiera. Lo buscas, lo presionas, y no pasa nada. El motor no enciende.

Lo más frustrante del mundo, o sea, lo más, es que encima lo ves venir. Sabes que no vas a empezar. Lo sabes mientras estás ahí mirando la pantalla. Y sigues sin poder hacer nada al respecto.

Y claro, la conclusión obvia es: "Es que soy un vago de la hostia."

Esa conclusión es muy cómoda. Y es mentira.

La urgencia no es suficiente combustible para ciertos cerebros

Imagínate un coche que solo arranca si le pones un tipo muy específico de gasolina. No cualquier gasolina. Solo ese tipo. Si le pones otro, el motor gira, hace ruido, parece que va a arrancar... pero no arranca.

La urgencia es un tipo de combustible. Para muchos cerebros, funciona perfectamente. El plazo se acerca, la presión sube, el cuerpo activa modo alerta, y venga. A currar.

Para otros cerebros, la urgencia entra pero no enciende nada. No porque el coche esté roto. Sino porque ese motor particular necesita otro tipo de combustible. Interés. Novedad. Un reto concreto. El momento exacto en que las ganas coinciden con la tarea. Y si no hay ganas, no hay nada. Por mucho plazo que tengas encima.

Esto no es pereza. La pereza tiene una pinta muy concreta: no querer hacer algo y no hacerlo, y quedarte tan ancho. Sin culpa. Sin ansiedad. Mirando Netflix y disfrutándolo.

Lo que te pasa a ti no se parece en nada a eso.

Lo tuyo es querer hacer algo, saber que tienes que hacerlo, estar dispuesto a hacerlo... y no poder activar el mecanismo que lo pone en marcha. Es mucho más parecido a esa parálisis que te entra antes de empezar cualquier cosa que a vagancia de verdad.

El día que lo entendí con mi psicóloga

Yo llevaba años creyendo que el problema era mi falta de disciplina. O sea, convencido. Me decía a mí mismo: "Ruben, si te organizaras mejor, si fueras más consistente, si no fueras tan desastre..."

Un día, en consulta, mi psicóloga me hizo una pregunta que me descolocó bastante.

Me dijo: "¿Cuándo sí puedes empezar sin problema?"

Y yo me quedé pensando. Y fue raro, porque la respuesta era bastante específica. Puedo empezar cuando algo me parece nuevo y no lo he hecho antes. Puedo empezar cuando hay alguien mirando o esperando el resultado. Puedo empezar cuando estoy en un café con ruido de fondo y por algún motivo eso me ayuda a concentrarme. Puedo empezar cuando la tarea tiene una dificultad concreta que me pica la curiosidad.

Y no puedo empezar cuando es algo que ya conozco y que me da "igual". Aunque sea urgente. Aunque me importe el resultado. Aunque haya consecuencias reales si no lo hago.

Mi psicóloga asintió y dijo algo así como: "Eso es interesante. Porque lo que describes no es falta de disciplina. Es una forma muy particular de cómo se activa tu sistema de motivación."

Y yo ahí, flipando. Porque llevaba décadas tratando de arreglarlo con más disciplina. Listas. Rutinas. Alarmas. Compromisos públicos. Y nada funcionaba de forma consistente. No porque yo fuera mal programado como persona, sino porque estaba intentando arreglar algo que funcionaba con reglas distintas.

Las tareas que "te dan igual" no es que te den igual

Aquí hay un matiz importante, porque si no lo digo se malentiende.

Cuando digo que no puedes empezar algo que "te da igual", no significa que no te importe el resultado. A veces te importa muchísimo el resultado pero la tarea en sí no genera ningún estímulo. Y esa es la diferencia.

Tu cerebro no está evaluando si el resultado te importa. Está evaluando si la tarea en sí misma activa algo. Si hay interés, novedad, un reto, conexión emocional. Y si no lo hay, no activa. Aunque el resultado sea importante. Aunque el plazo sea hoy.

Es como ese momento en el que tienes hambre pero abres la nevera y no te apetece nada de lo que hay. La nevera está llena. El hambre es real. Pero ninguna opción activa las ganas. Y no puedes forzarte a tener ganas de comer algo que no te apetece.

No. Te. Funciona. Así.

Y aun así, las tareas importantes siempre son las que más evitas, precisamente porque son las que generan más ansiedad cuando no puedes arrancar con ellas. Es un bucle bastante asqueroso.

¿Qué hago entonces?

No te voy a mentir, no hay un truco mágico que lo resuelva todo. Pero sí hay cosas que funcionan una vez que entiendes qué está pasando.

Lo primero, y esto es clave: dejar de intentar motivarte con la urgencia. Si la urgencia ya no te está activando, añadir más urgencia no va a ayudar. Solo añade más presión encima de algo que ya no arranca.

Lo que sí puede funcionar es cambiar el combustible. No cambiar la tarea, sino cambiarle la forma. Ponle un reto concreto dentro. Hazla en un sitio distinto. Ponla en modo "experimento" en lugar de "obligación". Añade a alguien que te esté esperando el resultado aunque sea en diez minutos.

Son parches. No te voy a decir que son soluciones permanentes. Pero los parches a veces te sacan del atasco.

Lo segundo, que es más importante: entender por qué te pasa esto. Porque a mucha gente le cuesta todo más que a los demás y no es un problema de carácter. Es un problema de cómo funciona su sistema de activación. Y eso tiene nombre, tiene explicación, y tiene cosas que se pueden hacer al respecto.

Puede que tu cerebro funcione con otras reglas

Voy a decirte algo que a lo mejor ya sospechas.

Eso de no poder empezar sin ganas aunque la cosa sea urgente. Eso de que la urgencia no te activa. Eso de que necesitas condiciones muy específicas para que tu cerebro arranque. Eso de que algunos días sí y otros no, sin saber muy bien por qué.

Hay bastante gente así. Y en muchos casos, ese patrón tiene nombre. Se llama TDAH. Y no, no es solo lo de los niños que no paran quietos. Es también esto. Es un adulto que quiere hacer las cosas y cuyo sistema de activación funciona de manera diferente al estándar. Que necesita otro tipo de estímulo para arrancar, y que cuando ese estímulo no está, no puede forzarlo con voluntad.

Puede que sea tu caso. Puede que no. Esto no es un diagnóstico, soy el último que debería darte uno, y si sospechas que puede ser así, lo que toca es hablar con un profesional. Pero quizá, si algo de lo que he dicho aquí te ha resonado más de la cuenta, vale la pena que te lo preguntes.

Más información aquí: la barrera invisible de empezar con TDAH.

---

Si quieres saber si tu cerebro funciona con estas reglas propias, hice un test de 43 preguntas. Gratis. 10 minutos. No es un diagnóstico, pero es un punto de partida bastante bueno para dejar de pensar que el problema eres tú y empezar a entender cómo funciona tu cabeza. Hacer el test aquí.

Relacionado

Sigue leyendo