Procrastino ir al dentista hasta que me duele de verdad
Llevas meses posponiendo la cita del dentista. Sabes que tienes que ir. Pero tu cerebro no te deja hasta que el dolor decide por ti.
Llevo tres meses con una muela que me avisa. No es dolor fuerte. Es una molestia. Un pinchazo cuando bebo algo frío. Una presión rara al masticar por ese lado.
Y cada vez que noto la molestia pienso: "Tengo que pedir cita al dentista."
Y cada vez que lo pienso, no lo hago.
No es que me dé miedo el dentista. Bueno, un poco sí, como a todo el mundo. Pero no es eso. Es que la tarea de "pedir cita" se queda flotando en mi cabeza como un post-it invisible que veo, reconozco, y paso de largo. Todos los días. Durante meses.
Hasta que un lunes a las 2 de la mañana me despierto con un dolor que me hace plantearme si arrancarme la muela yo mismo con unos alicates. Y ahí, solo ahí, a las 2 de la mañana un lunes, mi cerebro decide que es el momento perfecto para buscar el teléfono del dentista.
¿Por qué necesitas que duela para actuar?
Porque tu cerebro no se mueve por importancia. Se mueve por urgencia.
Y esa es una distinción que parece sutil pero lo cambia todo. Sabes que ir al dentista es importante. Lo sabes racionalmente. Podrías dar una charla TED sobre la importancia de la salud bucodental. Pero saber que algo es importante no activa nada en tu cabeza. Cero. Nada.
Lo que sí activa algo es el dolor. La urgencia. La consecuencia inmediata e innegable que ya no puedes ignorar.
Es como tener un detector de humo que solo se enciende cuando la casa ya está en llamas. Muy útil, sí, pero llegas un poco tarde.
Y lo peor no es que pase con el dentista. Es que pasa con todo. Con la revisión del coche. Con las analíticas. Con esa conversación que llevas semanas evitando. Con el papeleo que tiene fecha límite. Tu cerebro solo actúa cuando la alternativa de no actuar es peor que la incomodidad de hacerlo.
¿Es pereza o es otra cosa?
Mira, esto es lo que me fastidia. Porque desde fuera parece dejadez. "¿Cómo vas a tardar tres meses en pedir una cita? Es una llamada de 2 minutos." Y tienen razón. Es una llamada de 2 minutos. Pero esos 2 minutos tienen una barrera invisible delante que pesa como si fueran 2 horas.
No es que no quieras hacerlo. Es que tu cerebro convierte cada tarea pendiente en algo más grande de lo que realmente es. La llamada al dentista no es solo la llamada. Es buscar el número, decidir el horario, reorganizar la agenda, pensar en qué te van a encontrar, prepararte mentalmente para el zumbido del torno. Tu cerebro empaqueta todo eso junto y te lo presenta como un bloque enorme. Y ante un bloque enorme, la respuesta natural es: "Mañana."
Y mañana se convierte en pasado mañana. Y en la semana que viene. Y en "después de vacaciones". Y en "cuando me duela de verdad."
Spoiler: siempre acaba doliendo de verdad.
El patrón del dolor como activador
Lo curioso es que cuando finalmente vas, cuando por fin estás en la silla del dentista con la boca abierta, piensas: "Pero si esto no era para tanto. ¿Por qué no vine hace tres meses?"
Y esa pregunta te la haces cada vez. Con cada tarea que pospones hasta el último segundo. Abres la tarea, la miras, y la cierras sin hacer nada. Y el ciclo se repite.
No es falta de información. Sabes perfectamente que posponer empeora las cosas. Lo sabes mejor que nadie porque lo has vivido 47 veces. Pero saberlo no cambia nada. Tu cerebro necesita el empujón del dolor, de la fecha límite, del "si no lo hago ahora pierdo algo real."
Y si no hay consecuencia inmediata, no hay movimiento. Da igual lo importante que sea. Si el precio de no hacerlo hoy es cero, tu cerebro elige no hacerlo hoy. Siempre.
¿Qué pasa cuando todo funciona así?
Que acabas viviendo en modo bombero. Apagando fuegos. Corriendo de una emergencia a otra que tú mismo creaste al posponer. Y eso agota. No solo físicamente, sino emocionalmente.
Porque cada tarea que pospones no desaparece. Se queda ahí, en una lista invisible que tu cerebro mantiene abierta en segundo plano. Consumiendo energía. Generando culpa. Y esa culpa se acumula con la de todas las demás tareas que también estás posponiendo.
Es una bola de nieve que te genera parálisis antes de empezar cualquier cosa. Porque ya no es una tarea. Son quince. Y quince tareas pendientes son tan abrumadoras que tu cerebro hace lo único que sabe hacer: nada.
Y entonces te odias por no hacer nada. Y ese odio te quita la energía que necesitabas para hacer algo. Y el ciclo se cierra.
Lo que a mí me funciona (que no es fuerza de voluntad)
La fuerza de voluntad no funciona aquí. Te lo digo por experiencia. Lo que funciona es reducir la tarea a algo tan ridículamente pequeño que tu cerebro no tenga excusa.
"Pedir cita al dentista" se convierte en "abrir el navegador y buscar el teléfono." Solo eso. Si después de buscar el teléfono quieres llamar, genial. Si no, al menos tienes el número. Pero casi siempre, una vez que empiezas, sigues. Porque la barrera no está en hacer la tarea, está en empezarla.
No soy médico ni pretendo diagnosticar a nadie. Pero si esto de necesitar dolor para actuar es tu patrón habitual, no tu excepción, a lo mejor merece la pena entender por qué tu cerebro funciona así.
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