Hablo demasiado y luego me arrepiento de lo que dije

Dices más de lo que querías, te arrepientes al segundo, y luego pasas tres días repasando la conversación. No es falta de filtro. Es algo más.

Ayer quedé con un amigo a tomar algo. Una cerveza tranquila. Y en algún momento de la conversación le conté algo que no tenía que haberle contado. No era un secreto de estado. No era nada grave. Pero era algo que no venía a cuento y que, sinceramente, sobraba.

Me di cuenta en el momento exacto en que lo dije. Como cuando se te cae un vaso y lo ves caer a cámara lenta pero no puedes hacer nada. Las palabras ya estaban en el aire. Ya no se podían recoger.

Y lo peor no fue decirlo. Lo peor fue llegar a casa y pasarme dos horas repasando la conversación entera en mi cabeza. "¿Por qué dije eso? ¿Habrá pensado que soy imbécil? ¿Debería escribirle y decir que era broma? No, eso sería peor. ¿Y si le mando un mensaje normal y hago como que no ha pasado nada? No, eso también es raro."

Un bucle sin fin. Mi cerebro rebobinando la escena una y otra vez como un VHS atascado en la misma escena de vergüenza.

Si esto te suena, bienvenido al club de los que hablan antes de pensar y piensan después de hablar.

¿Por qué digo cosas que no quiero decir?

Porque mi boca va más rápido que mi filtro.

Piénsalo como un grifo de agua caliente. La mayoría de gente tiene un grifo normal: lo abres, sale agua, lo cierras cuando quieres. Tú tienes un grifo sin válvula de regulación. Lo abres y sale todo a presión. Y cuando quieres cerrar, ya se ha mojado medio baño.

Esto no es solo "ser extrovertido" o "ser abierto". Ser abierto es decidir compartir algo. Esto es compartir cosas sin decidirlo. Es una diferencia enorme. Una persona abierta elige qué contar. Tú no eliges nada. Las palabras salen como las palomitas de maíz: sin orden, sin control y haciendo mucho ruido.

Y no hablo solo de cotilleos o información personal. Hablo de opiniones que no te pidieron, de chistes que no venían a cuento, de anécdotas que alargas tres minutos más de lo necesario porque tu cerebro te dice "están escuchando, sigue, sigue" cuando en realidad todo el mundo ya está buscando una excusa para irse al baño.

He soltado críticas a un restaurante delante del camarero. He dado mi opinión sobre una relación que no me incumbía. He contado intimidades mías en contextos donde no tocaba. Y cada una de esas veces me di cuenta demasiado tarde. Siempre demasiado tarde.

¿Es solo hablar mucho o hay algo más detrás?

Pues mira, cuando empecé a investigar por qué me pasaba esto, descubrí algo que me voló la cabeza.

Resulta que el hablar de más sin filtro es uno de los síntomas más comunes de la impulsividad verbal. Y la impulsividad verbal no es una decisión. No es que seas maleducado o que no te importe la gente. Es que tu cerebro tiene un problema con el control de impulsos, y las palabras salen antes de que el filtro se active.

Imagina que tu cerebro tiene un portero de discoteca que decide qué pensamientos pueden salir por la boca y cuáles se quedan dentro. En la mayoría de gente, ese portero revisa, piensa, y dice "tú pasa, tú no". En tu caso, el portero se ha ido a por un kebab y ha dejado la puerta abierta. Y no solo la puerta. También las ventanas.

Y te lo digo por experiencia. Las peores conversaciones de mi vida no han sido las peleas. Han sido esas charlas donde dije algo inapropiado en el momento menos oportuno. Una cena con la familia de alguien. Una reunión de trabajo. Un café con un amigo que estaba pasándolo mal y de pronto yo estaba hablando de mí mismo durante veinte minutos. No porque no me importara su problema. Porque mi cerebro secuestró la conversación sin avisarme.

Lo gracioso es que la gente que me conoce ya lo sabe. "Rubén es así, dice lo que piensa." Pero eso no es del todo cierto. Digo lo que se me ocurre en el momento, que no es lo mismo que lo que pienso de verdad. A veces lo que suelto ni siquiera es lo que opino. Es solo el primer pensamiento que llegó a la rampa de lanzamiento y despegó sin permiso.

¿Cómo se vive con el arrepentimiento constante?

Mal. Se vive mal.

Porque no es solo la conversación. Es lo que viene después. El bucle mental. El replay infinito de lo que dijiste, cómo lo dijiste, la cara que puso la otra persona, lo que podrías haber dicho en su lugar. Tu cerebro se convierte en un director de cine obsesionado con una toma que salió mal y la repite desde todos los ángulos posibles.

Y ese bucle puede durar horas. A veces días. Hay conversaciones de hace cinco años que todavía me aparecen a las tres de la mañana como un flashback de guerra. "¿Te acuerdas de cuando le dijiste a tu jefe que su idea era una basura delante de todo el equipo?" Sí, cerebro, me acuerdo. Gracias por recordármelo otra vez. Muy útil a las tres de la mañana. De verdad.

Es agotador. Porque mientras ese bucle está activo, no puedes concentrarte en nada más. No puedes trabajar, no puedes leer, no puedes disfrutar de nada porque tu puñetero cerebro está atascado en una conversación que ya pasó y que no puedes cambiar. Es como tener una pestaña del navegador que no puedes cerrar y que reproduce un vídeo de tus momentos más vergonzosos en bucle. Con sonido. A todo volumen.

Y la gente te dice "no le des más vueltas". Ya. Como si fuera tan fácil. Ojalá tuviera un botón de apagado para la rumiación. Me lo hubiera instalado hace quince años.

¿Y esto afecta a mis relaciones?

Pues claro que afecta. Afecta a todas.

Porque cuando llevas años metiendo la pata con las palabras, empiezas a hacer dos cosas: o hablas de más porque no puedes evitarlo, o te cierras completamente porque tienes miedo de soltar algo inconveniente.

Y las dos opciones son malas.

He tenido épocas donde me callaba todo. No opinaba. No contaba nada. Me limitaba a asentir y sonreír. Y la gente pensaba que era borde, o que estaba enfadado, o que no me importaba la conversación. Cuando la realidad era que estaba tan aterrorizado de decir algo estúpido que preferí no decir nada.

Y he tenido épocas donde estaba tan cómodo que me soltaba. Y soltarse, para alguien que no tiene filtro, es como abrir la caja de Pandora. Sales de ahí habiendo compartido tus traumas, tus inseguridades, tu saldo bancario y una anécdota que prometiste no contar.

El equilibrio no existe. O al menos yo no lo he encontrado de forma natural.

¿Qué hago para meter un filtro donde no lo hay?

No te voy a engañar. No he encontrado una solución mágica. Pero he aprendido un par de cosas que me ayudan.

La primera: la pausa de dos segundos. Antes de decir algo que puede ser comprometido, cuento hasta dos en mi cabeza. Dos segundos. Parece poco, pero es suficiente para que el filtro se active y diga "eh, esto mejor no lo sueltes". No funciona siempre, pero funciona más veces de las que piensas. Es como poner un pequeño badén antes de la boca: no frena todo, pero al menos ralentiza las barbaridades.

La segunda: aceptar que va a pasar. Vas a meter la pata. Vas a decir algo que no debías. En lugar de machacarte durante tres días, manda un mensaje rápido tipo "eh, perdona por lo de antes, a veces se me va la boca". La gente agradece la honestidad más de lo que crees. Y te quitas el bucle de encima.

Y la tercera: dejar de castigarte por cómo funciona tu cerebro. Porque si esto te pasa de forma sistemática, si tus relaciones se complican por cosas que dices sin querer, si sientes que llevas toda la vida pidiendo perdón por hablar demasiado, quizá no es un problema de personalidad. Quizá es un problema de cómo tu cerebro gestiona los impulsos.

Y eso tiene nombre. Y tiene solución. Pero primero hay que entender qué está pasando.

Porque esto no es ser "boca larga" o "impulsivo". Es un patrón real que afecta a cómo te relacionas con todo el mundo, desde tu pareja hasta tus compañeros de trabajo. Y merece la pena investigarlo en serio.

Un profesional puede ayudarte a distinguir entre "soy así" y "mi cerebro funciona de una forma concreta que explica esto". No para etiquetarte. Para que puedas empezar a gestionar algo que llevas años sufriendo en silencio. Esto no es un diagnóstico ni sustituye la opinión de un psicólogo o psiquiatra, pero entender el patrón es el primer paso.

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