Procrastino incluso cosas que quiero hacer y eso no tiene sentido

Posponer cosas aburridas tiene lógica. Pero, ¿y si procrastinas cosas que quieres hacer? Eso no es pereza. Tiene otra explicación.

Ayer no pude ponerme con algo que llevo semanas queriendo hacer.

No una tarea del trabajo. No el papeleo de Hacienda. Algo mío. Algo que me apetece. Algo que, en teoría, debería ser lo más fácil del mundo porque nadie me lo manda, no tiene consecuencias si no lo hago, y además me gusta.

Y me quedé bloqueado igualmente.

Ahí sentado, con las ganas puestas y el cuerpo sin moverse. Como un coche al ralentí que no sale del garaje. Y pensé: esto ya no lo puedo justificar como pereza. Porque la pereza, por lo menos, tiene lógica. Procrastinar algo que quieres hacer no la tiene. O sí la tiene, pero no la que te imaginas.

¿Por qué procrastinamos lo que queremos hacer?

Mira, cuando aplazas hacer el informe del trabajo o llamar a Hacienda, hay una razón obvia. La tarea es incómoda, aburrida, estresante. Tu cerebro hace lo que cualquier cerebro haría: busca salida.

Pero cuando lo que aplazas es ponerte con un proyecto personal que te ilusiona, escribir algo que llevas tiempo queriendo escribir, o retomar esa cosa que dejaste a medias y que te encanta... ahí el argumento de "es que no tengo ganas" no se aguanta.

Porque tienes ganas. Las tienes de sobra.

El problema es que las ganas no son suficientes para que tu cerebro arranque. Y eso, si lo piensas bien, es bastante surrealista. Es como estar muerto de hambre, tener la comida delante, y quedarte mirándola sin poder llevarte el tenedor a la boca.

¿Qué pasa ahí?

El cerebro que necesita el pistoleteazo que no llega

A ver, voy a explicarte algo que a mí me llevó años entender.

Hay cerebros que funcionan con motivación de interés. Y hay cerebros que funcionan con motivación de urgencia, novedad o presión externa. No es un defecto. Es cómo están cableados.

Si tu cerebro necesita urgencia para activarse, una tarea que no tiene fecha límite, que nadie te va a reclamar, y que tiene cero consecuencias si la aplazas... es invisible para tu sistema de activación. Da igual que la quieras. Da igual que la hayas estado pensando toda la semana. Sin ese pistoleteazo de "tienes que hacerlo ahora mismo o pasa algo", tu cerebro no sale del modo espera.

Y lo más jodido es lo que pasa después.

Porque te quedas con la sensación de que fallaste. Que podrías haberlo hecho y no lo hiciste. Y como era algo que querías, la conclusión obvia es: "o sea que ni cuando quiero soy capaz. Menudo inútil."

No. No eres un inútil. Es que tu cerebro necesita encenderse de una forma distinta a la que esperabas.

La paradoja del proyecto favorito aparcado

Tengo un patrón que me resulta bastante vergonzoso de reconocer.

Las cosas que más me importan, las que más quiero hacer, las que más me ilusionan... son exactamente las que más tardo en arrancar. Al revés de lo que debería pasar. Y durante muchos años pensé que eso significaba que en realidad no me importaban tanto. Que si de verdad quisiera, lo haría.

Pues no.

Lo que pasa es que los proyectos que más te importan también carganel mayor miedo. Miedo a hacerlo mal. Miedo a que no salga como lo imaginaste. Miedo a que, cuando finalmente te pongas, la realidad no esté a la altura de la versión que llevas semanas construyendo en tu cabeza.

Es mucho más fácil posponer algo sin importancia porque no hay nada que perder. Cuando algo te importa mucho, el peso de empezar se multiplica. Y tu cerebro, que ya de por sí tiene problemas para arrancar, se queda doblemente paralizado.

Si te cuesta empezar cualquier cosa salvo cuando tienes ganas del momento, esto que le cuesta todo más que a los demás tiene más matices de los que parece.

¿Y qué hago con esto?

Primero: dejar de interpretar la procrastinación de cosas que quieres como señal de que no las quieres tanto. Eso es mentira. Y encima es una mentira que te deja peor que como estabas.

Segundo: entender que tu cerebro necesita una entrada diferente para arrancar. No motivación extra. No fuerza de voluntad. Una entrada diferente. Algo que le diga "ahora toca esto".

Para mí funciona ponerme un límite de tiempo ridículamente corto. No "voy a trabajar en esto una hora". "Voy a hacer esto durante 8 minutos." Ocho minutos no dan miedo. Ocho minutos no tienen consecuencias. Y muchas veces, cuando llevo ocho minutos, ya no me quiero parar.

Parece una tontería. Ya sé. Pero el problema no es la motivación, es el arranque. Y para arrancar, el truco más tonto del mundo funciona mejor que el plan más elaborado.

Si encima te pasa que no puedes empezar algo si no tienes ganas en ese momento exacto, el patrón se repite. Depender de las ganas para arrancar es como depender del tiempo para salir a correr en Polonia. Nunca llega el momento perfecto.

Lo de dejar todo para después tiene un límite

Procrastinar las cosas que quieres hacer una vez es frustrante. Procrastinarlas semanas seguidas empieza a tener consecuencias.

Porque lo que dejaste aparcado sigue ahí. Acumulando peso. Convirtiéndose en ese proyecto que "algún día". Y el algún día va pasando y el proyecto va quedando cada vez más lejos hasta que ni lo recuerdas o lo recuerdas con culpa.

Dejar todo para el último momento

Puede que tu cerebro necesite otro tipo de gasolina

No te digo esto para asustarte. Te lo digo porque a mí me lo dijeron tarde y ojalá alguien me lo hubiera dicho antes.

Hay una diferencia entre "soy procrastinador" y "mi cerebro tiene dificultades reales con la iniciación de tareas". La primera es un rasgo de carácter. La segunda es algo que tiene explicación, nombre, y cosas concretas que puedes hacer.

Si te pasa constantemente, si no es solo con una tarea sino con prácticamente todo lo que no tiene urgencia externa, si llevas años diciéndote que "cuando quieras de verdad lo harás" y nunca llega ese momento... igual merece la pena mirar más de cerca cómo funciona tu cerebro.

Esto no es un diagnóstico. Soy programador, no psicólogo. Pero si algo de lo que describes te suena demasiado cercano, puede que valga la pena explorar si hay algo más detrás. Consulta con un profesional de salud mental si crees que esto está afectando tu día a día de verdad.

Si quieres saber si tu cerebro funciona con estas reglas raras que te estoy contando, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos, gratis, sin trampa. No es un diagnóstico, pero es un buen punto de partida para dejar de culparte y empezar a entenderte. Puedes hacerlo aquí.

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