Pospongo las decisiones hasta que se toman solas o ya es tarde

No es indecisión. Es que tu cerebro evita el coste mental de decidir hasta que no hay más remedio. Y eso tiene un nombre.

La semana pasada tenía que renovar el seguro del coche.

Fecha límite: el viernes. Yo lo supe el lunes. Y el lunes pensé: "Mañana lo miro". El martes: "Que es rápido, no me hace falta tanto tiempo". El miércoles: "A ver, tampoco es urgente urgente". El jueves a las 11 de la noche, con el seguro caducando en 13 horas, me puse a comparar tarifas.

Eran las 12 de la noche cuando contraté algo.

No sé si fue la mejor opción. Contraté lo primero que vi que no me parecía una estafa flagrante. Y ya está. Decisión tomada. Por defecto. Por presión. Porque si esperas suficiente, el tiempo decide por ti.

¿Por qué no puedo simplemente... decidir?

Mira, si esto te suena familiar, bienvenido al club. Y no, no es que seas irresponsable. No es que no te importe. Es algo bastante más concreto.

Decidir cuesta. De verdad que cuesta. No es metáfora. Hay un coste cognitivo real en comparar opciones, evaluar consecuencias, asumir el riesgo de equivocarte. Tu cerebro lo sabe. Y si tu cerebro tiene cierta tendencia a buscar el camino de menos resistencia, ya me dirás qué hace cuando tiene delante una decisión que le parece agotadora.

Exacto. La ignora.

No es que no quieras decidir. Es que tu cerebro está haciendo una valoración rápida de "¿cuánto me va a costar esto ahora?" y la respuesta le parece inaceptable. Así que lo aparca. Lo pone en la pila de "ya lo miro". Y en esa pila viven cosas de hace tres meses que técnicamente siguen pendientes.

El problema es que dejar todo para el último momento no es solo una cuestión de organización. Es un patrón. Y los patrones tienen causa.

El truco que el tiempo te hace sin pedirte permiso

Aquí está la parte que me parece más fascinante y más triste a la vez.

Cuando pospones una decisión lo suficiente, la decisión desaparece. No porque se haya resuelto. Sino porque el tiempo la resolvió por ti. La fecha pasó. La oferta caducó. El otro candidato aceptó. Tu socio tomó el camino B mientras tú seguías evaluando si ir por A o por C.

Y entonces sientes un alivio enorme. Ya no tienes que decidir.

Lo cual es, objetivamente, un desastre. Pero tu cerebro lo registra como un éxito. "Mira, lo superamos sin hacer nada." Ya te digo. Aprendizaje de lo peor.

Lo que está pasando es que tu cerebro está usando la inacción como estrategia de gestión de la incertidumbre. Si no decides, no te puedes equivocar. Si esperas a que las circunstancias decidan, la culpa no es tuya. Es una lógica retorcida que funciona genial a corto plazo y destroza todo lo demás.

Y así vas viviendo. Siempre en modo último momento, tomando decisiones con la pistola en la sien porque es la única forma en la que tu cerebro encuentra suficiente urgencia para actuar.

Por qué algunas decisiones se posponen más que otras

Esto es lo que me tardé años en entender.

No todas las decisiones se posponen igual. Hay decisiones que tomas rápido, sin problema. El restaurante de esta noche. La serie que pones. Qué camiseta te pones. Rapidísimo.

Y hay otras donde te quedas paralizado durante semanas. Cambiar de trabajo. Apuntarte a un curso. Tener una conversación difícil. Dejar una relación. O simplemente responder un correo que te incomoda.

La diferencia no es la dificultad objetiva de la decisión. Es la combinación de dos cosas: incertidumbre sobre el resultado y consecuencias emocionales de equivocarte.

Cuanto más emocionalmente cargada es la decisión, más la evita tu cerebro. Es como si tuvieras un detector interno de "potencial de arrepentimiento" y cuando el marcador sube demasiado, el sistema entra en standby.

Y te quedas mirando el correo sin responder durante cuatro días mientras finges que no existe.

El coste invisible de no decidir

Aquí viene lo que nadie te cuenta.

La gente asume que posponer una decisión es neutro. Que si no decides, no pasa nada. Que puedes decidir mañana y el mundo sigue igual.

Pero no.

Cada decisión que no tomas sigue ocupando espacio en tu cabeza. Es como tener 47 pestañas abiertas en el navegador. Tu cerebro no las cierra. Las mantiene en segundo plano, consumiendo recursos, generando un ruido de fondo que no para. Y ese ruido es lo que hace que al final del día estés agotado sin haber hecho nada importante.

No es que no hayas trabajado. Es que tu cerebro ha estado cargando con el peso de todo lo que no has decidido durante horas. Es agotador. Y es completamente invisible para todo el mundo menos para ti.

No decidir no es descansar. Es aplazar el coste.

Lo que ayuda (con matices)

No te voy a vender que hay un truco que lo soluciona todo. No lo hay.

Pero hay cosas que hacen que la tendencia a posponer decisiones se dispare o se calme.

Una de ellas es la estructura. Cuando no hay fecha límite, no hay urgencia. Y sin urgencia, tu cerebro pospone de forma crónica. Así que crear fechas límites artificiales funciona. No porque de repente tengas más fuerza de voluntad. Sino porque tu cerebro necesita la presión para arrancar.

Otra cosa que funciona es reducir las opciones. No "¿qué hago con mi carrera profesional?" sino "¿llamo a esta persona mañana o no?". Las decisiones pequeñas y concretas tienen menos coste de entrada. Sube el tamaño de la decisión poco a poco.

Y la que más me ha costado aceptar: a veces una decisión mediocre tomada hoy vale más que la decisión perfecta tomada en tres meses. Mi seguro de coche probablemente no era la mejor opción del mercado. Pero estaba cubierto al día siguiente.

Lo imperfecto ejecutado gana siempre al perfecto que nunca llega.

¿Cuándo posponer decisiones es algo más que un hábito?

Aquí me quiero detener un momento.

Porque hay una diferencia entre "tengo la tendencia a procrastinar decisiones" y "mi cerebro está estructuralmente mal equipado para gestionar la incertidumbre y el coste mental de decidir".

Si esto no es solo una decisión puntual. Si es un patrón. Si te pasa con decisiones grandes y pequeñas. Si el alivio cuando el tiempo decide por ti es desproporcionado. Si llevas años funcionando así y no entiendes por qué. Puede que haya algo más.

La dificultad para ejecutar, priorizar y tomar decisiones

Esto no es un diagnóstico. No soy psicólogo ni psiquiatra, y si sospechas que esto va más allá de un mal hábito, lo suyo es hablar con un profesional. Pero sí puedo decirte que cuando entendí que mi cerebro no es vago sino diferente, la forma en la que me hablaba a mí mismo cambió bastante.

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