Me cuesta mantener conversaciones por chat: leo y no contesto
Lees el mensaje. Piensas la respuesta. Y no la escribes. Pasan horas, días, semanas. No es que no te importe. Es que contestar se siente imposible.
Lo leo. Lo proceso. Incluso formulo la respuesta en mi cabeza. Perfecta, por cierto. Completa, graciosa, con el tono justo.
Y no la escribo.
Bloqueo el móvil, hago otra cosa, y cuando me acuerdo han pasado dos días. Y a los dos días ya no tiene sentido contestar con la misma energía. Así que vuelvo a dejarlo. Y a los cinco días el mensaje ha acumulado tanta culpa que abrirlo me genera ansiedad. Y a las dos semanas ya es un fantasma en mi bandeja de mensajes.
No es que no me importe la persona. Me importa. Pienso en ella. Quiero contestar. Pero entre pensar la respuesta y escribirla hay un abismo que mi cerebro se niega a cruzar.
¿Por qué puedes pensar la respuesta y no escribirla?
Porque pensar y ejecutar son dos sistemas distintos. Y tu cerebro puede hacer uno sin el otro.
Pensar la respuesta es fácil. Es automático. Tu cerebro lee el mensaje y genera una respuesta sin que tú se lo pidas. Eso no requiere esfuerzo.
Escribirla sí. Escribirla implica coger el móvil, abrir la conversación, teclear, releer, decidir si suena bien, enviar. Son siete micropasos. Y cada micropaso es una oportunidad para que tu cerebro se distraiga o decida que "luego".
Es como la diferencia entre saber que tienes que ir al gimnasio y realmente ir. Saber es gratis. Hacer cuesta energía. Y si tu tanque de energía para "hacer" está bajo, el "saber" se queda solo. Pensando. Sin hacer nada.
Y ojo, no es que seas vago. Es que tu cerebro prioriza la acción según el nivel de urgencia percibido. Y un mensaje de chat no es urgente. Nunca es urgente. Así que siempre cae al final de la lista. Detrás de todo lo demás. Incluso detrás de no hacer nada.
¿Es grosero no contestar los mensajes?
Pues depende de a quién le preguntes.
Para la persona que te mandó el mensaje, sí. Claro que sí. Porque ella no sabe lo que pasa dentro de tu cabeza. Solo ve que le leíste el mensaje y no contestaste. Y la interpretación más lógica es "le da igual".
Para ti, no. Porque tú sabes que te importa. Sabes que quieres contestar. Sabes que la otra persona te importa. Pero saberlo no se traduce en hacerlo. Y eso es lo frustrante.
Es el mismo patrón que con olvidar cumpleaños o desaparecer de la vida de la gente. No es falta de cariño. Es falta de capacidad ejecutiva en el momento preciso.
Y la peor parte es la espiral de culpa. No contestas a tiempo. Te sientes mal. Como te sientes mal, contestar se vuelve más difícil. Como es más difícil, pasa más tiempo. Como pasa más tiempo, la culpa crece. Y así hasta que el mensaje tiene tres semanas y responder se siente como desactivar una bomba.
Lo que hago para no dejar mensajes sin responder
No tengo una solución perfecta. Tengo parches que funcionan más o menos.
El primero: la regla de los dos minutos. Si puedo contestar en menos de dos minutos, contesto inmediatamente. Sin pensarlo. Sin elaborar. "Jajaja genial" o "Sí, dale" o "Luego te digo" es mejor que silencio.
El segundo: contestar imperfecto. El mayor enemigo de contestar no es el tiempo. Es querer contestar bien. Si esperas a tener la respuesta perfecta, no contestas nunca. Un "perdona, estoy fatal esta semana, pero te leo y estoy aquí" es mejor que una respuesta perfecta que llega tres semanas tarde.
El tercero: agrupar respuestas. Dedico un rato del día, normalmente después de comer, a contestar todos los mensajes pendientes. No uno por uno a lo largo del día. Todos de golpe. Porque cambiar de tarea constantemente me cuesta más que hacer un bloque.
Y el cuarto: ser honesto con la gente cercana. "Oye, yo funciono así. Si no te contesto, no es que pase de ti. Es que mi cerebro hace eso. Mándame otro mensaje si es importante y no te he contestado." La gente que te quiere lo entiende.
Y si nada de esto funciona y cada conversación de chat se convierte en una fuente de ansiedad, quizá tu cerebro funciona de una forma que necesita más que trucos. Porque hay personas cuyo sistema de gestión social funciona con reglas distintas a las de la mayoría. Y entenderlo es el primer paso para dejar de culparte.
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