Pospongo conversaciones difíciles hasta que la situación explota

Sabes que tienes que hablar con alguien sobre algo incómodo. Lo sabes hace semanas. Pero tu cerebro prefiere el conflicto futuro al malestar presente.

Hay una conversación que tengo que tener. Lo sé desde hace dos semanas. Es con un amigo. No es nada grave. Solo tengo que decirle que algo que hizo me molestó. Una frase. Literalmente una frase. "Oye, lo que dijiste el otro día no me sentó bien."

Dos semanas. Una frase. Y no puedo.

No es que no sepa qué decir. Tengo el discurso preparado en mi cabeza. Lo he ensayado mentalmente unas 400 veces. En la ducha, conduciendo, antes de dormir. Tengo versiones largas, versiones cortas, versiones con humor para quitar hierro. Tengo más guiones preparados que una serie de Netflix.

Y sin embargo, cada vez que lo veo, digo "hoy se lo digo." Y no se lo digo. Hablamos de fútbol, del tiempo, de cualquier cosa. Y me voy a casa pensando "mañana será."

¿Por qué evitas las conversaciones incómodas?

Porque tu cerebro procesa el malestar futuro como si fuera malestar presente. Antes de abrir la boca, ya estás sintiendo la incomodidad de la conversación entera. El silencio incómodo. La cara del otro. La posibilidad de que se enfade. Tu cerebro te adelanta el peor escenario posible y te lo sirve como si ya estuviera pasando.

Y claro, ante eso, la opción de "no decir nada hoy" parece razonable. Porque hoy estás bien. Hoy no hay conflicto. Hoy la relación está "normal." ¿Para qué romper eso?

Para qué romperlo. Esa es la trampa. Porque no decir nada no mantiene las cosas normales. Las empeora en silencio. Cada día que pasa, la molestia crece. Se suma resentimiento. Se acumula tensión que el otro ni sabe que existe.

¿Qué pasa cuando por fin explotas?

Pues que la conversación que iba a ser "oye, esto me molestó" se convierte en "LLEVO TRES MESES AGUANTANDO Y YA NO PUEDO MÁS."

Y el otro se queda mirándote con cara de "pero, ¿de dónde ha salido esto?" Porque para ti llevas meses cocinando esa conversación. Para el otro es la primera noticia. Y esa asimetría es lo que convierte un conflicto pequeño en una explosión enorme.

Es como procrastinar cualquier otra tarea. La tarea no desaparece por ignorarla. Crece. Se hincha. Se hace más difícil cada día que pasa. Y al final, lo que era una llamada de 2 minutos se convierte en una crisis que necesita horas para resolverse.

Con las conversaciones difíciles pasa exactamente igual. Pero peor. Porque las tareas no tienen sentimientos. Las personas sí.

¿Cómo se siente vivir posponiendo todo lo incómodo?

Agotador. Es agotador. Porque cada conversación pendiente ocupa espacio mental. Es una pestaña abierta en tu cerebro que consume recursos aunque no la mires. Y si tienes tres o cuatro de esas conversaciones acumuladas, tu cabeza está funcionando al 60% porque el otro 40% está ocupado manteniendo las cosas que no dices.

Y eso afecta a todo lo demás. Tu productividad baja. Tu humor baja. Te vuelves irritable por cosas que normalmente no te molestan. Porque la presión de lo no dicho se filtra por todas partes.

Me pasa con frecuencia. Procrastino cosas y luego me odio por haberlas pospuesto. Y con las conversaciones es peor porque no solo me odio por no hablar, sino que además arruino la relación por el camino.

¿Y si el problema no es cobardía?

Mira, durante mucho tiempo pensé que era cobarde. Que no tenía el valor de decir las cosas. Que era una persona débil que evitaba el conflicto.

Pero no es cobardía. Un cobarde no ensaya la conversación 400 veces en su cabeza. Un cobarde no quiere tenerla. Tú sí quieres. Tu cerebro simplemente no te deja pasar de la intención a la acción.

Es la misma barrera que sientes cuando una tarea es fácil pero no puedes empezarla. No es falta de capacidad. No es falta de voluntad. Es un muro invisible entre lo que quieres hacer y lo que haces.

Y ese muro tiene una explicación que no es "eres un cobarde." Pero eso ya lo decides tú si quieres investigarlo.

Lo que he aprendido sobre conversaciones difíciles

Que cuanto más esperas, peor. Obvio. Todo el mundo sabe eso. Pero saberlo no sirve de nada cuando tu cerebro está programado para evitar el malestar presente aunque eso signifique multiplicar el malestar futuro.

Lo que sí me funciona es la regla de las 48 horas. Si algo me molesta, tengo 48 horas para decirlo. No 48 horas para pensarlo. 48 horas para decirlo. Porque pasadas las 48 horas, la conversación se empieza a pudrir.

No siempre lo cumplo. No te voy a engañar. Pero tener un plazo concreto me ayuda más que "lo digo cuando esté listo." Porque nunca estoy listo. Si espero a estar listo, esperaré para siempre.

No soy psicólogo. Si esto es tu día a día y no solo algo puntual, hablarlo con un profesional puede cambiarte más de lo que crees.

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