Por qué no puedo ser constante con el ejercicio aunque quiero
Empiezo motivadísimo, la primera semana voy a tope, la segunda flojeo y la tercera ya estoy en el sofá. La historia de siempre.
Enero de este año compré unas zapatillas de correr. Buenas. De las que investigan los que saben de esto. Me las probé en la tienda, corrí en la cinta, el dependiente me dijo que tenía buena pisada. Salí de allí sintiéndome atleta.
Primer día: salí a correr. Hice tres kilómetros. Me sentí la hostia. Pensé: "este es el año". Segundo día: cinco kilómetros. Mejor todavía. Me veía corriendo una media maratón en primavera. Tercer día: descansé porque me dolían las piernas, pero planifiqué la semana siguiente. Cuarto día: llovía. Quinto día: me levanté tarde. Sexto día: tenía una cosa. Séptimo día: las zapatillas ya estaban debajo de la cama, detrás de una caja, tapadas por un jersey.
Las zapatillas siguen ahí. Fue hace un año.
¿Es falta de ganas o algo más profundo?
Aquí está la cosa. Yo quiero hacer ejercicio. De verdad. No es un "quiero" de boca. Es un quiero real. Sé que me sienta bien. Sé que me ayuda a dormir. Sé que los días que hago ejercicio estoy más centrado, más tranquilo, más funcional. Lo sé con la misma certeza con la que sé que el agua moja.
Y aun así no puedo mantenerlo.
No es que me falte información. He leído artículos. He visto vídeos. He probado rutinas de gimnasio, clases de crossfit, yoga en casa, aplicaciones con recordatorios. He intentado ir por las mañanas, por las tardes, a mediodía. He probado solo, con amigos, con la aplicación de un coach virtual que me mandaba mensajes motivacionales que ignoraba con la misma eficiencia con la que ignoro los emails del dentista.
Nada se pega. Nada dura más de dos semanas. Y después del decimoquinto intento, empiezas a pensar que eres tú. Que eres vago. Que no quieres lo suficiente. Que te falta disciplina.
Pero no es eso.
¿Por qué las primeras semanas siempre van bien y luego todo se derrumba?
Porque el cerebro funciona con dopamina. Y la novedad genera dopamina a lo bestia.
Las zapatillas nuevas. La ruta nueva. El reto nuevo. Tu cerebro se emociona como un niño en una tienda de juguetes. Todo es brillante, todo es posible, todo es excitante. Esa primera semana estás enganchado porque tu cerebro está recibiendo dopamina gratis por el simple hecho de que es algo nuevo.
Pero la novedad se agota. Y cuando se agota, la dopamina baja. Y cuando la dopamina baja, la motivación desaparece. No gradualmente. De golpe. Como si alguien hubiera desenchufado algo.
Esto es exactamente lo mismo que pasa con los hábitos nuevos que empiezas cada lunes. Empiezas fuerte, baja la novedad, y te quedas sin gasolina en medio de la autopista.
Para alguien con un cerebro neurotípico, aquí es donde entra la disciplina. Esa capacidad de hacer algo aunque no te apetezca porque sabes que es bueno. Pero hay cerebros que no regulan bien la dopamina. El mío, por ejemplo. Tengo TDAH, y una de las cosas que eso implica es que mi sistema de recompensa no funciona como debería. La disciplina no me falta. Lo que me falta es el combustible neurológico que la hace posible.
No es excusa. Es biología. Y cuando lo entiendes, dejas de castigarte por algo que no controlas.
¿Existe alguna forma de hacer ejercicio que funcione para cerebros impacientes?
Sí. Pero hay que cambiar completamente el enfoque.
La primera regla que aprendí: nunca depender de la motivación. La motivación es una visita que viene cuando le da la gana y se va sin avisar. Si tu plan de ejercicio depende de que estés motivado, tu plan de ejercicio tiene fecha de caducidad.
Lo que sí funciona es reducir la fricción hasta que sea ridícula. No "voy al gimnasio una hora". "Hago diez sentadillas al lado de la cama antes de ducharme". Diez sentadillas. Un minuto. Sin ropa de deporte, sin desplazamiento, sin planificación. Si luego haces más, bien. Si no, diez sentadillas es más que cero sentadillas. Y cero sentadillas es lo que llevas haciendo los últimos seis meses.
La segunda: variedad. Siempre. Si tu cerebro necesita novedad para generar dopamina, dale novedad. No hagas lo mismo cada día. Lunes correr, miércoles nadar, viernes escalada. O lunes yoga, miércoles pesas, viernes lo que te dé la gana. El patrón no importa. Lo que importa es que no sea lo mismo siempre. Porque lo mismo siempre es sinónimo de aburrimiento. Y aburrimiento es sinónimo de abandono.
La tercera: no intentes clavar un horario perfecto. Si hoy no toca a las 7, toca a las 6 de la tarde. O a las 10 de la noche. O mañana. La rigidez mata el ejercicio más rápido que la pereza.
Y la cuarta, que es la que menos se dice: busca algo que tenga un componente social o competitivo. Porque si haces ejercicio solo, dependes 100% de tu motivación interna. Pero si quedas con alguien, si tienes un equipo, si hay una clase a una hora fija con gente que espera que vengas, la presión social hace de motor externo. No es que seas una persona que necesita que le obliguen. Es que tu cerebro rinde mejor cuando hay un compromiso con alguien más. Es la diferencia entre "debería ir al gimnasio" y "mi colega me está esperando en el gimnasio". El primero es opcional. El segundo tiene consecuencias sociales. Y tu cerebro entiende muy bien las consecuencias inmediatas.
¿Y si llevo años sin poder ser constante con nada?
Pues entonces igual el problema no es el ejercicio. Igual el problema es que tu cerebro funciona diferente y nadie te lo ha dicho.
Yo tardé años en conectar los puntos. Años pensando que era vago. Que no quería lo suficiente. Que me faltaba algo que los demás tenían. Y resulta que sí, me faltaba algo. Dopamina. Literalmente. Mi cerebro no produce la suficiente para mantener la motivación en tareas que no son inmediatamente gratificantes.
Cuando me diagnosticaron y empecé a entender cómo funciona mi cabeza, dejé de luchar contra ella y empecé a diseñar alrededor. Y las cosas mejoraron. No se volvieron perfectas. Pero mejoraron.
Las zapatillas siguen debajo de la cama, por cierto. Pero ahora hago sentadillas en el baño. Y a veces salgo a caminar media hora sin llamarlo "ejercicio", solo "salir". Porque si lo llamo ejercicio, mi cerebro lo clasifica como obligación. Y las obligaciones son lo primero que abandona.
Lo que ha cambiado no es que ahora sea constante. Es que ahora sé por qué no lo era. Y eso cambia todo. Porque mantener algo más de dos semanas es posible si dejas de intentar hacerlo como lo haría alguien que no tiene tu cerebro. No necesitas más ganas. Necesitas un método que funcione con tu cabeza, no contra ella.
Si te suena todo esto - la inconstancia, el arranque fuerte y la caída, la sensación de que te falta algo - a lo mejor merece la pena entender por qué. No autodiagnosticar, consulta con un profesional.
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Tengo un test de TDAH de 43 preguntas basado en escalas clínicas reales. No sustituye un diagnóstico, pero puede ser el primer paso. 10 minutos.
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