La fase de planificar me encanta pero la de ejecutar me mata

Puedes pasarte horas organizando, diseñando el plan perfecto. Pero cuando toca ejecutarlo, algo se bloquea. No es pereza. Es un cortocircuito.

Tengo 14 documentos de planificación en mi ordenador. Algunos son obras de arte. Organizados por colores. Con fases. Con timelines. Con subtareas desglosadas al milímetro. Planes tan bonitos que dan ganas de enmarcarlos.

¿Cuántos he ejecutado de principio a fin?

Cero.

Bueno, casi cero. He ejecutado trozos. Los primeros días de cada plan. La parte emocionante. La parte que se parece más a planificar que a hacer. Y luego, cuando tocaba la parte de verdad, me quedaba mirando el plan como si fuera un idioma que ya no entiendo.

¿Por qué me encanta planificar?

Porque planificar es creatividad. Es exploración. Es imaginar posibilidades. Es jugar con ideas sin la presión de materializarlas. Y para un cerebro que funciona a base de estímulo, eso es el paraíso.

Planificar activa la dopamina. Cada decisión que tomas en un plan es un pequeño subidón. ¿Color azul o verde para las categorías? Subidón. ¿Notion o Obsidian? Subidón. ¿Empiezo el lunes o el miércoles? Subidón. Estás tomando decisiones sin consecuencias. Es como jugar a un videojuego de gestión sin que nada pueda salir mal.

Y luego llega el lunes. Y el plan se convierte en tareas. Y las tareas no tienen la chispa de las decisiones de diseño. Las tareas son hacer cosas. Repetirlas. Sostenerlas. Sin la emoción de lo nuevo.

Es como la diferencia entre diseñar una casa y vivir en ella. Diseñarla es emocionante. Vivir en ella es fregar los platos.

La trampa del plan perfecto

Hay una cosa que nadie te dice: a veces, planificar es procrastinar con disfraz de productividad.

Suena duro, pero es verdad. Cuando estás planificando, tu cerebro cree que está haciendo algo útil. Y técnicamente lo está haciendo. Pero si el plan nunca se ejecuta, la planificación era entretenimiento disfrazado de trabajo.

Y lo peor es que cada plan nuevo te da la misma satisfacción que ejecutar el anterior habría dado. Tu cerebro no distingue bien entre planificar hacer algo y hacerlo. Porque en los dos casos hay activación, hay emoción, hay sensación de progreso.

Yo me he pasado fines de semana enteros preparándome para empezar sin llegar a empezar nunca. Organizando el espacio. Eligiendo la app perfecta. Configurando el sistema ideal. Y al final del domingo, tenía un sistema precioso y cero trabajo hecho.

La ejecución es otro idioma

Planificar es pensar. Ejecutar es hacer. Y para algunos cerebros, el salto entre pensar y hacer es un abismo.

No es un abismo de pereza. Es un abismo neurológico. La función ejecutiva, esa parte de tu cerebro que te permite arrancar tareas y mantenerlas, es exactamente lo que se necesita para pasar de plan a acción. Y cuando esa función no trabaja bien, puedes tener el plan más perfecto del mundo y no poder dar el primer paso.

Es como tener un GPS perfecto en un coche sin motor. Sabes exactamente a dónde ir. Sabes cada giro. Cada calle. Cada parada. Pero el coche no se mueve.

Y la frustración es doble. Porque no solo no ejecutas. Es que sabes exactamente lo que tendrías que hacer. Lo ves. Lo entiendes. Pero no puedes.

¿Y si el problema no es la ejecución?

Mira, te voy a decir algo.

Esa capacidad infinita para planificar combinada con una incapacidad casi total para ejecutar. Esa brecha entre lo que piensas y lo que haces. Esa sensación de empezar fuerte y apagarte a las pocas horas.

En muchos adultos, eso tiene una explicación que va más allá de la fuerza de voluntad. Se llama TDAH. Y una de sus manifestaciones más comunes es exactamente esta: déficit de función ejecutiva. Tu cerebro planifica sin problemas porque planificar es estimulante. Pero ejecutar requiere un tipo de activación que tu sistema no genera por sí solo.

No soy tu psicólogo. Esto no sustituye una evaluación con un profesional. Pero si llevas años siendo el mejor planificador del mundo y el peor ejecutor, quizá no es un defecto de carácter. Quizá es que tu cerebro tiene un cortocircuito entre el plan y la acción.

Cuando yo lo entendí, dejé de hacer planes bonitos. Empecé a hacer planes feos. Cortos. Sin colorines. Con una sola tarea para hoy. No dos. No cinco. Una. Y si la hacía, victoria. Y si no, mañana otra.

No es épico. No es inspirador. Pero funciona más que cualquier plan perfecto que nunca ejecuté.

Entender por qué me cuesta todo más que a los demás fue lo que me permitió dejar de planificar mi vida ideal y empezar a vivir la que tengo.

Si esto te suena demasiado familiar, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos. Gratis. No diagnostica, pero te ayuda a entender qué hay detrás de esa brecha entre planificar y hacer. Hazlo aquí.

Relacionado

Sigue leyendo