Cada enero es un nuevo comienzo que muere en febrero

Los propósitos de año nuevo duran poco no porque seas débil. Es que nadie te ha explicado cómo funciona tu cerebro cuando se tropieza con la misma piedra cada enero.

El 1 de enero te despiertas con esa energía.

Ya sabes cuál. La de "este año sí". La que llega con el año nuevo como un paquete de Amazon que nadie pidió pero que te alegra recibirlo igual. Te levantas temprano. Escribes en un cuaderno. Haces listas. Quizá hasta te haces una hoja de Excel con objetivos por trimestre.

Y el 17 de enero ya estás igual que el 31 de diciembre.

¿Por qué los propósitos de año nuevo duran tan poco?

La respuesta oficial que te van a dar en todos los artículos de productividad que leerás antes de rendirte es que no tienes disciplina. Que tus metas no son SMART. Que necesitas un sistema. Un ritual matutino. Un bullet journal más bonito.

Lo he probado todo. Te lo digo por experiencia.

Y el problema no es el cuaderno. Ni el sistema. Ni que tus objetivos no estuvieran bien redactados.

El problema es que el 1 de enero no te convierte en otra persona. Solo te da la sensación de que sí.

Esa sensación tiene hasta nombre científico: el efecto de fecha señalada. El cerebro percibe un cambio de año como un punto limpio, una especie de reset emocional. Y ese reset genera una motivación que se parece muchísimo a la intención real de cambiar, pero no lo es. Es dopamina de anticipación. Es el subidón de imaginar quién vas a ser, no el trabajo de serlo.

Y cuando la dopamina baja, que baja, el sistema te pide algo que nunca llegó: la estructura que sustenta la motivación cuando esta ya no está.

El problema no eres tú. Es el modelo.

Mira, el modelo estándar de propósitos de año nuevo funciona así: te motivas mucho, empiezas con energía, la energía baja, te sientes mal por haber fallado, abandonas, esperas al año que viene.

Es un bucle perfecto para sentirte mal contigo mismo cada doce meses con una puntualidad que te tendría que parecer sospechosa.

Porque si el problema fueras tú, no pasaría cada enero. Si el problema fueras tú, el patrón no sería tan predecible. Si el problema fueras tú, no estarías leyendo esto pensando "oye, me está hablando a mí".

El problema es que el modelo asume que la motivación es el motor. Y la motivación no es un motor. La motivación es el chispazo que enciende el motor. Y el motor necesita combustible, no chispas.

Cuando el año nuevo te da ese chispazo de "este año sí", tu cerebro genera un plan mental que depende completamente de que esa energía se mantenga. Pero no se mantiene. No puede. No está diseñada para eso.

Y entonces llega febrero. Y con febrero, la pregunta de siempre.

¿Por qué yo sí empiezo pero no termino nada?

Porque hay una diferencia entre querer y poder sostener.

Puedes querer con todas tus fuerzas ir al gimnasio en enero. Puedes ir tres semanas seguidas. Pero si tu cerebro no regula bien el esfuerzo sostenido, si cada vez que la novedad desaparece necesitas un nuevo estímulo para continuar, no es que te hayas rendido. Es que el sistema que usaste asume un tipo de cerebro que no es el tuyo.

Yo lo aprendí después de años de hacer exactamente lo mismo. Empiezo cosas y no termino ninguna, no porque sea vago ni porque no me importe. Es que mi cerebro necesita algo diferente para sostenerse. Novedad. Urgencia. Un porqué que todavía le emocione. Y cuando eso no está, se apaga. No por falta de ganas. Por diseño.

Y claro, el 1 de enero todo es novedad. Todo ilusiona. El problema llega cuando la novedad se acaba, que siempre se acaba, y te quedas solo con la tarea desnuda sin el brillo de lo nuevo.

Ahí es donde la gente que funciona "normal" puede tirar de disciplina. Ahí es donde para muchos de nosotros el sistema simplemente se cae.

Lo que nadie te dice sobre el ciclo de inicio y abandono

Hay un patrón que se repite tanto que ya tiene su propio nombre en mi cabeza: me obsesiono, lo devoro, lo abandono. Y vuelta.

Enero, con toda su energía de nuevo comienzo, activa la parte de obsesionarse. Es la fase buena. La de los podcasts a doble velocidad, los tutoriales de YouTube a las doce de la noche, las libretas nuevas. Es la fase en la que te pareces a la persona que quieres ser.

Pero sin estructura que sobreviva a esa fase, el devorar no tiene dónde aterrizar. Y el abandono llega solo, casi sin que te des cuenta. Una semana sin hacer la cosa. Dos. Y entonces ya es "para qué, si ya lo he fastidiado".

O sea, no fallaste en febrero. Fallaste en enero, cuando construiste un plan que dependía completamente de que enero durase para siempre.

El truco, si es que hay alguno, no es generar más motivación. Es diseñar algo que funcione sin ella. Que cuando el chispazo se apague, haya algo pequeño y concreto a lo que agarrarse que no requiera estar motivado para hacerlo.

Porque no puedo ser constante aunque quiero con todas mis fuerzas es una frase que suena a derrota pero que en realidad es el punto de partida correcto. Si lo reconoces, puedes trabajar con ello. Si sigues diciéndote que "este año sí te esforzarás más", el ciclo se repite.

El problema no es la fuerza de voluntad

Esto lo tengo que decir directamente porque es lo que más se repite en todos los artículos de propósitos de año nuevo que odio: no es un problema de fuerza de voluntad.

La fuerza de voluntad funciona como un músculo que se cansa. Y si tu cerebro ya tiene que gastar el doble de energía que el de otra persona en gestionar el día a día, o sea en frenar distracciones, en acordarse de cosas, en mantenerse en la tarea cuando tu cabeza quiere irse a mil sitios, pues llegas a la noche sin batería y con la sensación de haber fallado.

Por qué te cuesta todo más que a los demás

Que no es lo que le funciona a todo el mundo. Y eso tampoco está mal.

Entonces, ¿para qué sirve enero?

Pues mira, sirve para algo. Sirve como excusa para parar y preguntarte qué quieres. Para revisar si lo que estás haciendo tiene sentido. Para tirar lo que no funciona y ajustar lo que sí.

Pero no como punto de inicio de una nueva versión de ti. Porque esa versión no existe. Eres tú, con el mismo cerebro de siempre, con las mismas tendencias de siempre, con los mismos patrones de siempre.

Y eso no es una condena. Es información.

Porque si sabes cómo funciona tu cerebro, puedes dejar de luchar contra él y empezar a trabajar con él. Eso no significa que todo se vuelva fácil de golpe. Significa que las veces que la estas cagando, al menos sabes por qué. Y eso ya es bastante más de lo que tenías en el año anterior.

No necesitas un enero más perfecto. Necesitas entender qué está pasando dentro.

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