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Pete Rose: el jugador de béisbol que no sabía parar ni dentro ni fuera del campo

Pete Rose tiene TDAH diagnosticado. El jugador con más hits de la historia. También fue expulsado de por vida por apostar. La misma intensidad.

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Pete Rose tiene TDAH diagnosticado. Es el jugador con más hits en la historia del béisbol. También fue expulsado de por vida por apostar contra su propio deporte.

La misma intensidad que le convirtió en leyenda le destruyó la carrera.

Y si crees que esto es solo una historia de deporte americano, espera. Porque lo que le pasó a Pete Rose le pasa a más gente con TDAH de la que a nadie le gusta admitir.

El crío que jugaba cuando los demás ya se habían ido a casa

Pete Rose creció en Cincinnati en los años cincuenta. Su padre era un atleta amateur obsesionado con el deporte. Y Pete heredó esa obsesión, pero con un extra que nadie entendía todavía: un cerebro que no sabía cuándo parar.

A los diez años ya jugaba en ligas juveniles con críos tres y cuatro años mayores que él. No porque fuera más grande o más fuerte. Era bajito, no pegaba especialmente fuerte, no corría como un rayo. Pero tenía algo que los demás no tenían.

Intensidad.

Cuando los otros niños se iban a casa después del entrenamiento, Pete se quedaba. Bateando. Corriendo bases. Repitiendo jugadas hasta que no había luz suficiente para ver la pelota. Su cerebro necesitaba más. Siempre más. Más repeticiones, más estímulos, más competición.

Eso, en un campo de béisbol, se llama ética de trabajo.

En un diagnóstico, se llama TDAH.

¿Cómo se ven los rasgos TDAH en la carrera de Pete Rose?

Pete Rose no era el jugador más talentoso de su generación. Ni el más rápido, ni el más fuerte, ni el que mejor pegaba. Había docenas de jugadores con mejor físico, mejor brazo, mejor técnica.

Pero ninguno jugaba como él.

Le apodaron "Charlie Hustle". No como halago. Un jugador rival se lo dijo con sorna durante un partido de pretemporada porque Pete corría a primera base en un simple walk. Algo que nadie hacía. Era como ir esprintando por el pasillo del supermercado cuando solo vas a por leche. Innecesario. Absurdo. Y muy Pete Rose.

Él adoptó el mote como insignia.

Porque eso es lo que hacía Pete. Todo al máximo. Cada jugada como si fuera la última. Cada at-bat como si le fuera la vida. Su cerebro no entendía el concepto de "ahorrar energía para después". No había después. Solo había ahora.

La hiperconcentración. Cuando Pete estaba bateando, el mundo desaparecía. Hay entrevistas donde cuenta que no oía al público, no veía a los corredores, no pensaba en la estrategia. Solo existían él y la pelota. Eso es hiperfoco en estado puro. El cerebro con TDAH enganchándose a un estímulo y eliminando todo lo demás como si el resto del universo dejara de existir.

La impulsividad convertida en agresividad competitiva. Pete Rose era famoso por sus entradas deslizándose de cabeza. Literalmente se tiraba de cabeza contra la base a toda velocidad. En una era donde nadie hacía eso. Los entrenadores le decían que se iba a romper el cuello. Él no podía evitarlo. No es que decidiera tirarse de cabeza. Es que su cuerpo se lanzaba antes de que su cerebro pudiera evaluar el riesgo.

La necesidad de estímulo constante. Pete jugó 24 temporadas. Veinticuatro. Jugó como otros deportistas con TDAH que dominaron su disciplina gracias a convertir la hiperactividad en combustible. Acumuló 4.256 hits. El récord absoluto. Un número que nadie ha superado en más de cuarenta años. Y no lo consiguió con talento natural. Lo consiguió porque su cerebro no le dejaba parar.

La misma intensidad, la otra cara

Y aquí es donde la historia se tuerce.

Porque el mismo cerebro que no podía parar de batear tampoco podía parar de apostar.

Pete Rose empezó a apostar joven. Carreras de caballos, deportes, lo que fuera. Y su cerebro enganchó con las apuestas exactamente igual que enganchó con el béisbol. La misma intensidad. La misma incapacidad de decir "ya basta". La misma búsqueda desesperada de ese siguiente estímulo.

Lo que pasa es que en un campo de béisbol, esa intensidad te hace leyenda.

En una casa de apuestas, te destruye.

En 1989, Pete Rose fue expulsado de por vida del béisbol profesional por apostar en partidos. Incluso en partidos de su propio equipo, cuando ya era mánager. Tardó años en admitirlo. Primero mintió. Luego minimizó. Luego pidió perdón. Pero el daño ya estaba hecho.

El jugador con más hits de la historia no puede entrar en el Salón de la Fama. No por falta de talento. No por falta de resultados. Sino porque el mismo motor que le llevó a la cima no tenía frenos.

Esto recuerda a Dostoievski y su relación con el juego. Otro cerebro brillante enganchado a la dopamina del riesgo. Diferente época, diferente disciplina, pero el mismo patrón: una mente que necesita estímulos intensos y que, cuando los encuentra en el sitio equivocado, no sabe soltar.

Lo que nadie quiere decir sobre el TDAH y las adicciones

Hay una conversación incómoda que la gente evita cuando habla de TDAH y personajes famosos.

Es fácil contar la parte bonita. La hiperconcentración que te hace crack. La energía que te diferencia. La intensidad que convierte a un crío bajito de Cincinnati en el jugador con más hits de todos los tiempos.

Pero el TDAH también tiene una relación directa con las conductas adictivas. Cerebros que buscan dopamina de forma compulsiva. Que necesitan subir la apuesta, literalmente, porque el nivel de estímulo normal se les queda corto. Que enganchan con algo y no pueden parar, da igual si ese algo es batear pelotas o apostar dinero.

Pete Rose no apostaba porque fuera mala persona. Apostaba porque su cerebro funcionaba así. La misma máquina que le hacía quedarse entrenando cuando todos se habían ido a casa era la que le hacía llamar a su corredor de apuestas a las tres de la mañana.

Eso no es una excusa. Es contexto. Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas.

Lo que Pete Rose nos enseña sin que él lo sepa

Que el TDAH no es un superpoder ni una maldición. Es las dos cosas a la vez, dependiendo de dónde apunte.

Pete Rose apuntó su intensidad al béisbol y se convirtió en el máximo bateador de la historia. La apuntó a las apuestas y perdió todo lo que había construido. Mismo cerebro. Mismo motor. Diferente dirección.

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No se trata de romantizar la historia ni de buscar culpables. Se trata de entender que un cerebro con TDAH necesita saber cómo funciona. Necesita saber que esa intensidad que te hace especial también puede llevarte a sitios de los que no puedes salir.

Y que el primer paso para gestionarlo es ponerle nombre.

Si alguna vez has sentido que tu cerebro va a una velocidad que tú no controlas, puede que no sea falta de disciplina. Puede que sea algo que tiene nombre y explicación.

Hacer el test de TDAH

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