Por qué me identifico con Churchill (y tú probablemente también)
Churchill era el peor estudiante de su clase, cambiaba de partido y tenía 47 hobbies. Cuando lo leí, no sentí admiración. Sentí reconocimiento total.
Cuando leí que Winston Churchill, el tipo que salvó Europa, era el peor estudiante de su clase y que sus profesores escribieron cartas a sus padres diciendo básicamente que el chico era un caso perdido, sentí algo que no esperaba sentir.
No fue respeto.
Fue alivio.
Esa sensación de "uf, entonces no soy solo yo". Como cuando descubres que hay alguien más que deja el vaso siempre en el mismo sitio raro de la cocina. Un alivio idiota y completamente irracional que, sin embargo, te cambia algo por dentro.
¿Qué tengo yo que ver con Churchill?
Lo obvio: nada, claro.
El hombre fue Primer Ministro de Reino Unido dos veces, dirigió a un país durante la Segunda Guerra Mundial y recibió el Nobel de Literatura. Yo soy un programador de Zaragoza que hace vídeos de YouTube y algún que otro martes no sé qué he comido.
Pero hay cosas pequeñas que sí comparto con él. Cosas del día a día que no salen en los libros de historia.
Churchill cambiaba de partido político como yo cambio de proyecto. Lo hizo dos veces, de los Conservadores a los Liberales y de vuelta. Sus contemporáneos lo llamaban traidor. Él lo llamaba "evolución". Yo lo llamo lunes.
Construía muros de ladrillo. Literalmente. Tenía una finca y cuando se bloqueaba políticamente, salía al jardín y ponía ladrillos. Uno encima del otro, durante horas, hasta que el cerebro volvía a funcionar. Era tan en serio que llegó a unirse al sindicato de albañiles de Gran Bretaña. El Primer Ministro. En el sindicato de albañiles.
Criaba mariposas. Pintaba acuarelas. Escribía libros de historia, memorias, discursos, artículos periodísticos. Todo a la vez, todo con una intensidad que dejaba al personal de su entorno completamente destrozado.
¿Te suena?
El "perro negro" de Churchill
Hay algo de Churchill que se menciona menos que sus discursos épicos. Él mismo lo llamaba "el perro negro".
Periodos en los que no podía levantarse. En los que la energía desaparecía sin aviso y quedaba tirado, sin poder con su alma, mirando el techo. Y luego, sin ninguna explicación coherente, una semana de productividad brutal donde dormía cuatro horas y escribía dos mil palabras antes del desayuno.
Periodos de energía que asustaban seguidos de caídas que no entendía nadie, ni él mismo.
Yo eso lo conozco bien. Y tú, si estás leyendo esto, probablemente también.
No es pereza. No es falta de fuerza de voluntad. Es que el cerebro tiene sus propios horarios y no te consulta cuando los cambia. El TDAH en adultos funciona así: rachas de hiperfoco donde te comías el mundo entero y semanas donde abrir el correo ya es demasiado.
Churchill vivió así toda su vida sin saber qué era. Nosotros al menos tenemos nombre para esto.
¿Por qué me identifico con Churchill y no con sus logros?
Aquí está la cosa.
Cuando la gente habla de Churchill, habla de los discursos. "Lucharemos en las playas". "Nunca nos rendiremos". La mandíbula apretada, el cigarro, la V de la victoria. La figura histórica épica.
Yo pienso en sus hobbies.
El humor ácido. Eso también lo comparto.
Su asistente personal contó que Churchill podía destrozarte con una frase y luego reírse él solo durante cinco minutos. No era crueldad. Era un filtro que no funcionaba correctamente. Las cosas salían antes de que el cerebro tuviera tiempo de procesar si eran oportunas.
Yo he perdido clientes, he creado situaciones incómodas en reuniones y he enviado emails que no debería haber enviado. Por el mismo motivo. Por decir lo que pienso exactamente cuando lo pienso, sin el segundo de margen que tienen otros para decidir si es buena idea.
Churchill ganó la guerra con ese defecto.
Yo solo pierdo algún cliente de vez en cuando.
Lo que nadie te cuenta de los días de ladrillo
Lo de los muros de ladrillo me parece la imagen más honesta de cómo funciona un cerebro como el de Churchill, como el mío, como probablemente el tuyo.
No es que no pudieras trabajar. Es que necesitaba trabajar de otra manera. Cambiar de canal. Darle al cerebro algo físico, concreto, con resultado inmediato (pones el ladrillo, el ladrillo está) mientras la otra parte procesaba en segundo plano.
Yo tengo mi versión de los muros de ladrillo. Reorganizo carpetas. Rediseño flujos de trabajo que funcionaban perfectamente. Me pongo a limpiar el escritorio a las once de la noche cuando debería estar terminando un vídeo.
Durante años pensé que era procrastinación pura.
Ahora entiendo que era el cerebro buscando un enganche. Algo que diera señal de "esto funciona" mientras el problema gordo seguía cocinándose.
No digo que sea eficiente. Digo que tiene una lógica propia que no es la lógica estándar.
Hay patrones en cómo Churchill tomaba decisiones bajo presión
En tiempos de guerra, Churchill era imparable.
En tiempos de paz, construía muros de ladrillo y criaba mariposas.
La pregunta incómoda
¿Y si Churchill hubiera tenido diagnóstico?
No lo sé. Nadie lo sabe.
Igual habría sido más organizado, más eficiente, habría dormido más horas. Igual habría llegado al poder antes, sin las caídas en desgracia que tuvo en los años treinta.
O igual habría perdido la chispa que lo hacía diferente. La impulsividad que le permitía tomar decisiones en dos segundos cuando otros tardaban semanas. La energía salvaje que le permitía trabajar hasta las tres de la mañana cuando el resto del gobierno ya había tirado la toalla.
No tengo respuesta para eso.
Lo que sí sé es esto: Churchill vivió setenta años sin entender por qué su cabeza funcionaba así. Setenta años de logros enormes y de "perros negros" que no entendía nadie, ni él mismo. Setenta años sin palabras para lo que le pasaba.
Tú no tienes que vivir así.
Saber cómo funciona tu cerebro no te da superpoderes. Pero sí te da algo que Churchill nunca tuvo: contexto. Entender por qué cambias de proyectos cada semana no es lo mismo que no cambiar. Pero al menos puedes dejar de odiarte por ello mientras tanto.
Si te has visto en este post más de lo que esperabas, quizá sea buen momento para entender mejor cómo funciona tu cerebro.
Sigue leyendo
Gordon Ramsay: energía sin freno, 35 restaurantes y TDAH
Gordon Ramsay tiene 35 restaurantes, 7 estrellas Michelin y no puede parar. Su infancia, su impulsividad y sus rasgos apuntan fuerte al TDAH.
Lo que la vida de Muhammad Ali nos enseña sobre TDAH y carisma
Ali volaba como una mariposa y picaba como una abeja. Esa imprevisibilidad no era un personaje: era su cerebro. Lo que su vida nos dice sobre el TDAH y el carisma.
Lo que Jacques Cousteau nos enseña sobre la curiosidad sin freno
Cousteau inventó el regulador de buceo, filmó cientos de documentales y exploró todo el océano. Una curiosidad sin límites que puede ser motor o puede ahogarte.
Si Einstein tenía TDAH, ¿el TDAH es un don? Por qué esto es peligroso
Sí, Einstein y Da Vinci tenían rasgos TDAH. Pero el sesgo de supervivencia es brutal. Romantizar el TDAH como don minimiza el sufrimiento real y desincentiva buscar ayuda.