Padres fundadores con posibles rasgos TDAH: los cerebros que construyeron América
Hamilton, Franklin, Jefferson. Los padres fundadores de EE.UU. tenían cerebros que no se conformaban con hacer una sola cosa. ¿Coincidencia?
Hamilton, Franklin, Jefferson. Los padres fundadores de Estados Unidos tenían cerebros que no se conformaban con una sola cosa. Escribían constituciones, inventaban pararrayos y fundaban universidades. Todo a la vez. Y eso no era normal.
No en el siglo XVIII. No en ningún siglo.
Porque cuando miras la lista de cosas que hicieron algunos de estos tíos, no parece una biografía. Parece el historial de pestañas de alguien con TDAH a las tres de la mañana. Treinta proyectos abiertos. Cero cerrados del todo. Pero cada uno de ellos lo suficientemente brillante como para cambiar un país entero.
¿Los Estados Unidos los fundaron cerebros con TDAH?
Vamos a dejarlo claro desde el principio: nadie puede diagnosticar a alguien que murió hace doscientos años. No hay informes clínicos. No hay evaluaciones neuropsicológicas. No hay un psiquiatra que haya sentado a Benjamin Franklin en su consulta y le haya dicho "oye, Ben, creo que tienes un tema con la atención".
Pero hay patrones. Y los patrones son difíciles de ignorar.
Hiperactivos intelectuales. Incapaces de mantenerse en un solo campo. Obsesionados con proyectos que el resto consideraba imposibles o innecesarios. Impulsivos en decisiones que cambiaron la historia. Y con una capacidad de hiperfoco que, cuando se activaba, producía documentos que siguen siendo la base legal de medio mundo.
Eso no demuestra nada. Pero suena a algo que cualquiera con TDAH reconoce al instante.
Benjamin Franklin: el hombre que no podía hacer una sola cosa
Si existiera un póster del TDAH no diagnosticado en el siglo XVIII, Franklin lo protagonizaría.
Inventor. Escritor. Científico. Diplomático. Editor. Político. Bombero voluntario (sí, fundó una de las primeras compañías de bomberos de Filadelfia). Creador de la armónica de cristal. Cartógrafo de la corriente del Golfo. Fundador de la primera biblioteca pública de Pensilvania. Y del primer hospital. Y de la Universidad de Pensilvania.
La lista no termina. Literalmente. Porque Franklin no terminaba las cosas en el sentido convencional. Las empezaba, las llevaba hasta un punto donde funcionaban, y saltaba a la siguiente. Como alguien que abre cuarenta pestañas en el navegador y de alguna forma consigue sacar algo útil de cada una.
Su rutina diaria estaba llena de cambios de contexto que volverían loco a cualquier consultor de productividad moderno. Pasaba de escribir aforismos para el Poor Richard's Almanack a experimentar con electricidad, a negociar tratados con Francia. Todo en la misma semana. A veces en el mismo día.
¿Era TDAH? No lo sé. ¿Se parece sospechosamente a lo que describe cualquier persona con TDAH sobre cómo funciona su cabeza? Absolutamente.
Alexander Hamilton: hiperfoco convertido en nación
Hamilton es otro caso que te hace levantar las cejas.
Huérfano. Inmigrante. Autodidacta. Escribió su camino hasta salir de una isla del Caribe. Llegó a Nueva York, estudió en lo que hoy es Columbia, y antes de cumplir treinta años ya era ayudante de Washington, héroe de guerra y uno de los arquitectos de la Constitución.
Pero lo que realmente suena a TDAH es cómo trabajaba.
Hamilton escribía como si le fuera la vida en ello. Porque probablemente sentía que así era. Los Federalist Papers, esa serie de ensayos que convenció a los estados de ratificar la Constitución, son un ejemplo brutal de hiperfoco. Hamilton escribió 51 de los 85 ensayos. En menos de un año. Mientras además ejercía de abogado, criaba hijos y montaba el sistema financiero del país.
Eso no es disciplina normal. Eso es un cerebro que se engancha a una tarea y no puede soltarla hasta que está terminada. Y luego se engancha a la siguiente con la misma intensidad. Sin punto medio. Sin modo "crucero". O a mil por hora o parado.
También era impulsivo de una forma que le costó la vida. El duelo con Burr no fue una decisión calculada. Fue una reacción emocional de alguien que no procesaba las provocaciones como el resto. Los líderes con TDAH a lo largo de la historia comparten ese rasgo: una intensidad que produce resultados extraordinarios pero que a veces se vuelve en su contra.
Thomas Jefferson: el disperso que escribió la Declaración de Independencia
Jefferson es el caso del polímata que no puede evitarlo.
Presidente. Arquitecto. Inventor. Violinista. Agrónomo. Paleontólogo aficionado. Fundador de la Universidad de Virginia. Diseñó su propia casa (Monticello), y luego la rediseñó. Y luego la volvió a rediseñar. Durante cuarenta años. Porque nunca estaba terminada. Porque para un cerebro así, nada está nunca terminado.
Su biblioteca personal tenía más de seis mil volúmenes. Cuando el Congreso la compró para reemplazar la Biblioteca del Congreso (que los británicos habían quemado), Jefferson no paró. Empezó a comprar libros de nuevo inmediatamente. Porque el conocimiento era su adicción. Cada tema nuevo era una puerta a otra habitación que había que explorar.
Y luego está la Declaración de Independencia. Un documento que escribió en diecisiete días. Con veintisiete años. Y que sigue siendo uno de los textos políticos más influyentes de la historia.
Eso es hiperfoco. Eso es un cerebro que, cuando encuentra el proyecto adecuado, produce algo que dura siglos.
¿Qué tienen en común estos cerebros?
Si miras a Franklin, Hamilton y Jefferson juntos, el patrón es claro:
Incapacidad de limitarse a un solo campo. Los tres eran polímatas compulsivos. No podían elegir una cosa y dedicarse solo a eso. Y en lugar de verlo como un problema, construyeron un país donde esa diversidad de talento era exactamente lo que se necesitaba.
Hiperactividad intelectual constante. No paraban. No descansaban en el sentido convencional. Cambiaban de proyecto como quien cambia de canal, pero dejaban algo valioso en cada uno.
Impulsividad que a veces era genialidad. Declarar la independencia de la mayor potencia mundial de la época es, objetivamente, una decisión impulsiva. Una que salió bien. Pero impulsiva.
Eso recuerda mucho a lo que hicieron otros empresarios con TDAH siglos después. El mismo patrón: cerebros que no pueden quedarse quietos, que saltan de idea en idea, y que de vez en cuando aterrizan en algo que cambia todo.
El mito del genio ordenado
Nos gusta pensar que las personas que cambiaron la historia eran metódicas, organizadas, disciplinadas. Que tenían un plan perfecto y lo ejecutaron paso a paso.
La realidad es que muchos de los cerebros que construyeron imperios funcionaban exactamente al revés. Caos productivo. Ideas que llegaban a las tres de la mañana. Proyectos abandonados que luego se retomaban. Hiperfoco en lo que importaba y dispersión total en lo que no.
Eso no encaja con el modelo del genio ordenado. Pero encaja perfectamente con un cerebro que funciona diferente.
Y quizá esa es la clave. Quizá los Estados Unidos no se fundaron a pesar de que algunos de sus creadores tuvieran cerebros caóticos, sino precisamente porque los tenían. Porque hacía falta gente capaz de ver posibilidades donde otros veían locura. De saltar entre disciplinas cuando el problema lo requería. De escribir constituciones, inventar pararrayos y fundar universidades. Todo a la vez.
No porque fueran superdotados. Sino porque sus cerebros no les dejaban hacer otra cosa.
Si alguna vez has sentido que tu cabeza va en diecisiete direcciones a la vez y no sabes si eso es un problema o una ventaja, puede que solo necesites entender cómo funciona tu cerebro.
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