Los olvidos que me hacen sentir tonto aunque no lo sea
No es una vez. Es cada día. Olvidar el móvil, la reunión, el nombre. Y sentirte cada vez más estúpido sin entender por qué.
Olvidé el móvil en casa. Otra vez.
No es que lo haya dejado. Es que salí, cerré la puerta, caminé hasta el portal, y en ningún momento mi cerebro me avisó de que el móvil seguía en la mesa del salón. Ni un pensamiento. Ni una señal. Nada. Como si el móvil no existiera.
Y ahí estoy. En la calle. Sin móvil. Volviendo a subir cuatro pisos con la sensación de que soy incapaz de hacer algo tan básico como coger mis cosas antes de salir.
Parece un problema pequeño. Y lo es, si pasa una vez. Pero cuando pasa cada día con algo distinto, el problema ya no es el olvido. El problema es cómo te hace sentir.
¿Por qué me siento estúpido por cosas tan simples?
Porque no es un olvido. Son cien.
Es olvidar el móvil. Y las llaves. Y la cartera. Y la reunión de las once. Y el nombre de la persona que te presentaron ayer. Y lo que ibas a decir a mitad de frase. Y la cita del médico. Y que habías quedado con tu amigo. Y el paraguas cuando está lloviendo.
Cada olvido individual es pequeño. Pero la acumulación es demoledora.
Porque después de cien olvidos empiezas a construir una historia sobre ti mismo. "Soy un desastre." "No soy capaz de hacer cosas normales." "Todo el mundo puede con esto menos yo." Y esa historia se convierte en tu identidad. Ya no eres alguien que olvida cosas. Eres alguien que no puede con la vida básica.
Y eso es mentira. Pero tu cerebro se lo cree porque la evidencia está ahí, todos los días, reforzando el mensaje.
La acumulación silenciosa
Lo que nadie ve es el peso acumulado.
Nadie te ve olvidar el móvil y piensa "pobre, qué difícil tiene que ser vivir así". Piensan "qué despistado". Y siguen con su vida. Porque para ellos es un momento. Para ti es una constante.
Imagínate que cada vez que olvidas algo te cayera una gota de agua en la cabeza. Una gota no es nada. Pero cien gotas al día, todos los días, durante años. Eso es tortura china. Y eso es exactamente lo que sientes. Cada olvido es una gota más que te dice "no eres suficiente".
Y luego viene la parte social. Porque tus olvidos no solo te afectan a ti. Afectan a los demás. Cuando olvidas conversaciones que tuviste ayer, la otra persona se siente ignorada. Cuando olvidas un compromiso, la otra persona piensa que no te importa. Cuando se te va el nombre de alguien, la otra persona se siente invisible.
Y tú no puedes decir "es que mi cerebro funciona diferente" porque suena a excusa. Así que te callas. Y asumes la culpa. Y te sientes un poco más tonto cada día.
No eres tonto. Tu cerebro tiene otras prioridades.
Mira, voy a ser directo contigo.
Si fueras tonto, no te darías cuenta de que olvidas cosas. Si fueras tonto, no te preocuparía. Si fueras tonto, no estarías leyendo esto intentando entender qué te pasa.
El problema no es la inteligencia. Es la función ejecutiva. Que es la parte del cerebro que se encarga de las cosas "fáciles". Recordar tus cosas, planificar la salida de casa, mantener activa la información que necesitas. Esas tareas que parecen automáticas pero que en realidad requieren un sistema que funcione bien en segundo plano.
Y cuando ese sistema falla, las cosas "fáciles" se convierten en imposibles. No porque sean difíciles. Sino porque tu cerebro no las gestiona automáticamente como debería. Tienes que hacerlas manualmente. Y hacer manualmente lo que otros hacen en automático consume una energía brutal.
Es como conducir un coche donde el cambio de marchas es manual pero todo el mundo tiene automático. Técnicamente puedes llegar al mismo sitio. Pero tú vas pensando en cada marcha mientras los demás simplemente conducen. Y si te despistas un segundo, el coche se te cala.
¿Qué hago yo con los olvidos?
A ver, te cuento lo que he aprendido a base de golpes.
Primero: tengo un sistema de "checklist de salida". Antes de salir de casa. Móvil, llaves, cartera. Lo digo en voz alta cada vez. Como un piloto antes de despegar. ¿Ridículo? Sí. ¿Funciona? Más que confiar en mi memoria.
Segundo: alarmas para todo. No "me acordaré". No. Alarma. Porque "me acordaré" es una mentira que me digo a mí mismo con la misma convicción que cuando digo "solo una temporada más" antes de dormir.
Tercero: perdón constante. Hacia mí mismo. Porque si cada olvido es una oportunidad para machacarte, vas a acabar destrozado. Y no te lo mereces. No puedes ser constante aunque quieras con algo que tu cerebro no sostiene de forma automática. Y eso no te hace tonto. Te hace diferente.
Quizá tiene una explicación
No voy a darle muchas vueltas.
Si llevas años olvidando cosas simples. Si cada día hay un olvido nuevo. Si la acumulación te hace sentir que no puedes con la vida adulta básica. Y si encima te pasa que tu memoria selectiva recuerda perfectamente datos inútiles pero olvida lo que importa. Hay algo detrás que vale la pena explorar.
El TDAH en adultos no es solo hiperactividad. Es una función ejecutiva que no trabaja como se espera. Es una memoria de trabajo que te deja tirado cuando más la necesitas. Es vivir en un mundo diseñado para cerebros que funcionan en automático cuando el tuyo necesita piloto manual para todo.
No es un diagnóstico. Esto no sustituye a un profesional. Pero si te sientes identificado con cada párrafo de este post, quizá no eres tonto. Quizá es que te cuesta todo más que a los demás y hay una razón que nadie te ha explicado.
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