Mis relaciones empiezan muy intensas y luego se apagan
Conoces a alguien, conectas a lo bestia, quedáis todos los días. Y tres meses después ni le contestas los mensajes. No es que no te importe.
Hace un par de años conocí a un tío que me cayó genial. Conectamos al instante. Mismos gustos, mismo humor, mismas movidas. Quedamos tres veces la primera semana. Le añadí a todos los grupos. Le pasé recomendaciones de series, libros, podcasts. Le mandaba memes a las dos de la mañana.
Dos meses después no le contestaba los mensajes.
No pasó nada. No hubo pelea. No dijo nada malo. Simplemente, la intensidad se fue apagando como una vela en una corriente de aire. Y yo no entendía por qué. ¿Cómo puedes pasar de "esta persona es increíble" a "me da pereza contestar su mensaje" en ocho semanas?
Y no es la primera vez. Es un patrón. Un patrón que se repite con amigos, con parejas, con compañeros de trabajo, con cualquier persona que entre en mi vida.
Si te ha pasado esto, no eres mala persona. Pero sí hay algo detrás que merece la pena entender.
¿Por qué empiezo las relaciones a mil por hora?
Porque la novedad es droga. Y no lo digo en sentido figurado.
Tu cerebro, cuando conoce a alguien nuevo e interesante, libera dopamina como si no hubiera mañana. Es la misma sustancia que liberas cuando descubres una serie nueva, cuando empiezas un proyecto que te emociona, o cuando te compras algo que llevas semanas mirando.
La persona nueva es estimulante. La conversación es fresca. Cada cosa que descubres de ella es información nueva. Y tu cerebro se engancha a eso como un crío al azúcar. Quieres más. Quieres saber todo de esa persona. Quieres pasar horas hablando. Quieres quedar todos los días.
Pero lo que nadie te cuenta es que eso se acaba. Siempre se acaba. La novedad tiene fecha de caducidad. Y cuando la persona deja de ser nueva, tu cerebro deja de sentir esa chispa. No porque la persona sea menos interesante. Porque tu cerebro ya procesó la novedad y necesita más. Como un yonqui que necesita subir la dosis para sentir el mismo efecto.
Es como empezar una serie. Los primeros capítulos son la hostia. No puedes parar de verla. Y por el capítulo doce ya la tienes de fondo mientras miras el móvil. La serie no ha empeorado. Tú te has acostumbrado. Y tu cerebro está buscando la siguiente serie nueva que le dé ese subidón.
¿Esto solo pasa con amigos o con todo?
Con todo. Y cuando digo todo, digo absolutamente todo.
Amistades, parejas, proyectos, trabajos, aficiones, ciudades, restaurantes, aplicaciones del móvil. El patrón es exactamente el mismo: inicio explosivo, meseta, abandono silencioso.
He tenido hobbies que duraron exactamente tres semanas. Compré todo el material, me obsesioné, fui el fan número uno del mundo, y a las tres semanas el material estaba acumulando polvo en un cajón. He tenido proyectos que abandoné cuando ya tenía el 80% hecho. He tenido amistades que se enfriaron sin ningún motivo aparente salvo que mi cerebro dejó de segregar dopamina cuando pensaba en esa persona.
Y la pregunta que siempre me hacía era: ¿qué hay mal en mí? ¿Por qué no puedo mantener nada? ¿Soy un egoísta? ¿Me aburro de la gente?
No. No me aburro de la gente. Me aburro de la rutina. Y cuando una relación deja de ser emocionante y pasa a ser cómoda, mi cerebro interpreta "cómodo" como "aburrido". Y cuando algo es aburrido, mi cerebro quiere huir. No lo decido yo. Lo decide el puñetero circuito de recompensa.
¿Cómo lo vive la otra persona?
Pues fatal. Y es importante ser honesto con esto, porque si solo hablas de cómo te sientes tú, te pierdes la mitad de la historia.
Para la otra persona, tú pasaste de ser su nuevo mejor amigo a desaparecer. Sin explicación. Sin pelea. Sin nada. Un día le mandabas memes a las tres de la mañana y al siguiente no le contestas un mensaje en tres días. Y eso genera una confusión enorme. "¿Hice algo mal? ¿Le caigo mal? ¿Fue todo mentira?"
No fue mentira. Cuando estabas a tope, estabas a tope de verdad. La emoción era real. Las ganas eran reales. Pero no eran sostenibles. Eran un fuego artificial, no una hoguera. Un destello brutal que ilumina todo durante diez segundos y después te deja a oscuras.
Y lo peor es que cuando te das cuenta de lo que has hecho, ya ha pasado demasiado tiempo. Mantener el contacto te cuesta un esfuerzo que otros parecen no necesitar. Y retomar una relación abandonada da más pereza que empezar una nueva. Así que no la retomas. Empiezas otra. Con otra persona nueva. Y el ciclo se repite.
¿El resultado? Cada vez tienes más conocidos y menos amigos de verdad. Tienes una agenda llena de nombres de gente a la que ya no hablas. Y te sientes solo, pero no sabes por qué, porque técnicamente "conoces a mucha gente". Conocer gente no es el problema. Mantenerla cerca sí lo es.
¿Se puede romper el ciclo de intensidad y abandono?
Sí. Pero no con fuerza de voluntad. Con consciencia y con sistemas.
Lo primero es reconocer el patrón. Cuando conoces a alguien y sientes esa chispa intensa, esa conexión inmediata, esa sensación de "he encontrado a mi gente", pon una alarma mental: "Esto es dopamina, no amor eterno. Voy a disfrutarlo pero sin quemarlo."
Lo segundo: dosifica. Si quieres quedar tres veces la primera semana, queda una. Si quieres mandar veinte mensajes, manda tres. No para reprimirte, sino para que la novedad dure más. Es como ver un capítulo al día en lugar de hacer maratón: la serie sigue siendo buena, pero no la quemas en un fin de semana y luego no tienes nada que ver.
Lo tercero: sistemas de mantenimiento. Un recordatorio cada dos semanas para escribir a amigos que no has visto. Suena frío. Suena artificial. Pero tu cerebro no te va a recordar por sí solo, y entre "un mensaje frío cada dos semanas" y "desaparecer tres meses sin avisar", la primera opción es infinitamente mejor.
Y lo cuarto, lo más difícil: cuando llegue la fase de meseta, cuando la relación deje de ser nueva y pase a ser normal, no huyas. Quédate. Porque ahí es donde empiezan las relaciones de verdad. La fase intensa es la chispa. La fase aburrida es la leña. Y sin leña no hay fuego que dure.
Pero si a pesar de entender todo esto sigues cayendo en el mismo patrón, si tus relaciones siempre siguen ese ciclo de intensidad y abandono, si sientes que tu estado de ánimo del día determina cómo te relacionas, merece la pena preguntarse si hay algo más.
Porque este patrón tiene una explicación neurológica concreta. Hay gente que lleva toda la vida pensando que es "inconstante" o "mala amiga" cuando en realidad su cerebro tiene una forma particular de buscar estimulación que afecta a todo, incluyendo las relaciones. Un profesional puede ayudarte a entender si esto es simplemente tu personalidad o algo más profundo que se puede gestionar. No para cambiarte. Para que entiendas por qué haces lo que haces.
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