Mis proyectos siempre mueren cuando llevan el 80 por ciento
Llegas casi al final de todo lo que empiezas. Pero casi nunca cruzas la línea. Y no entiendes por qué se apaga justo ahí.
No soy de los que abandonan a la primera. Ese no es mi problema. Mi problema es peor.
Yo llego lejos. Llego al 70, al 80 por ciento. A veces al 90. Puedo ver el final. Casi puedo tocarlo. Y entonces, como un reloj, algo se apaga. La motivación se evapora. El proyecto se queda ahí, a un suspiro de terminarse, mientras yo ya estoy pensando en el siguiente.
Es como correr un maratón y sentarte en el kilómetro 38. Con la meta a la vista. Con las piernas que aún funcionan. Pero con un cerebro que ha decidido que ya fue suficiente.
¿Por qué justo cuando falta tan poco?
Parece una broma, ¿no? Que abandones cuando más cerca estás. Pero tiene una lógica. Retorcida, pero lógica.
Cuando un proyecto está al 80 por ciento, tu cerebro ya sabe cómo acaba. Ha resuelto el problema. Ha diseñado la solución. Ha imaginado el resultado final. Y para tu cerebro, imaginar el resultado ya es casi como haberlo conseguido.
El reto intelectual ha muerto. Lo que queda es ejecución pura. Rematar detalles. Pulir cosas. Cerrar flecos. Trabajo mecánico. Sin sorpresas. Sin descubrimientos.
Y para un cerebro que funciona a base de estímulo, el trabajo mecánico es como comer arroz blanco todos los días. Técnicamente te alimenta. Pero no hay ni una pizca de emoción.
El resultado es absurdo: tienes un cajón lleno de proyectos brillantes al 80 por ciento que nadie ha visto. Porque el 20 por ciento final es el que los habría convertido en algo real. Y ese 20 por ciento es exactamente donde tu cerebro se desconecta.
El síndrome del 80 por ciento
Lo llamo así porque me pasa en todo.
Trabajos. Al 80% pierdo fuelle y el último tramo es un suplicio.
Hobbies. Llego a un nivel decente y desaparezco antes de ser bueno de verdad.
Proyectos personales. Los tengo prácticamente acabados y no los publico, no los lanzo, no los enseño.
Y desde fuera parece un misterio. "Pero si ya casi lo tenías." Sí. Casi. Casi es la palabra que define mi vida.
Lo peor es que soy consciente. Sé que está pasando. Veo cómo pierdo el interés. Y no puedo pararlo. Es como ver un tren que se aleja y no poder correr detrás. Porque mis piernas no obedecen a mi voluntad cuando no hay emoción.
El problema no es el final. Es qué pasa en tu cabeza
La mayoría de la gente piensa que terminar cosas es cuestión de empujar un poco más. "Venga, que te queda nada." Y para muchos cerebros, eso funciona. Un último esfuerzo. Un sprint final.
Pero hay cerebros donde ese sprint final no existe. Porque el sprint requiere activación. Y la activación requiere estímulo. Y en el 80 por ciento de un proyecto, el estímulo es cero.
Es como pedirle a un coche que acelere cuando se ha quedado sin gasolina. Puedes pisar el acelerador hasta el fondo. Si el depósito está vacío, no pasa nada.
Y lo que yo hacía durante años era pisar más fuerte. Más disciplina. Más fuerza de voluntad. Más "esta vez sí voy a terminarlo". Y cada vez que no funcionaba, un poco más de culpa encima.
Hasta que entendí que el problema no era la fuerza que hacía. Era que mi motor necesita un tipo de combustible que se agota antes que el de los demás.
¿Y si no es pereza disfrazada?
A ver. Te voy a decir algo.
Ese patrón de llegar lejos pero no cruzar la línea. Esa frustración de abandonar lo que casi estaba listo. Esa sensación de que tu cerebro decide por ti cuándo te importa algo y cuándo no.
Hay muchos adultos que viven exactamente así. Y en bastantes casos, la explicación es TDAH. No el de la hiperactividad. El del sistema de motivación que funciona con reglas distintas. El de la dopamina que se acaba antes de que tú acabes lo que estás haciendo.
No soy tu médico. Esto no sustituye una evaluación profesional. Pero si empiezas todo y no terminas nada o, peor aún, terminas casi todo pero nunca del todo, quizá el problema tiene nombre. Y saberlo cambia la forma en que te tratas a ti mismo.
Cuando yo lo entendí, dejé de odiarme por los proyectos al 80 por ciento. Y empecé a buscar formas de que ese último tramo fuera sostenible. Recompensas intermedias. Body doubling. Plazos externos. Lo que hiciera falta para que el puñetero motor no se parara a un metro de la meta.
No siempre funciona. Pero entender por qué me cuesta todo más que a los demás fue lo que me permitió dejar de intentar arreglarlo con fuerza bruta.
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