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El "no sé qué me pasa" antes de saber que es TDAH

Años diciendo "no sé qué me pasa". Al médico, a tu pareja, a ti mismo. Hasta que alguien dice TDAH y 30 años de tu vida encajan.

tdah

Años repitiendo la misma frase. "No sé qué me pasa." Al médico. A tu pareja. A ti mismo en el espejo a las 3 de la mañana después de otra noche sin dormir porque tu cabeza no se calla. Sabes que algo no encaja pero no sabes qué. Hasta que alguien dice TDAH y de repente 30 años de tu vida tienen sentido.

Yo lo dije cientos de veces. En consultas médicas. En conversaciones con mi pareja. En notas de voz a las 2 de la mañana que nunca enviaba. "No sé qué me pasa, pero algo pasa." Y la respuesta siempre era la misma. "Eres vago." "Tienes ansiedad." "Necesitas organizarte mejor." "Come más fruta."

Come más fruta. Como si un kiwi fuera a arreglar que llevo toda la vida empezando cosas que nunca termino.

¿Cómo es vivir sin saber que tienes TDAH?

Es estar en una habitación donde todo el mundo ve una puerta que tú no ves.

Es llegar al trabajo y ver cómo tus compañeros se sientan, abren el portátil, y empiezan a trabajar. Así. Sin más. Sin necesitar un ritual de 45 minutos, tres cafés y una crisis existencial antes de poder escribir la primera línea de un email. Y tú piensas: "¿Qué tienen ellos que yo no tengo?"

La respuesta es dopamina. Pero eso no lo sabes todavía. Todavía crees que es un problema de actitud.

Vivir sin diagnóstico es una colección de frases que te repites tanto que se convierten en verdades:

"Soy vago." "Me falta disciplina." "Empiezo todo y no acabo nada." "Es que no me esfuerzo lo suficiente."

Y lo peor es que te las crees. Porque si todo el mundo a tu alrededor puede funcionar con normalidad y tú no, la explicación más lógica es que el problema eres tú. No tu cerebro. Tú. Tu carácter. Tu personalidad. Tu falta de voluntad.

Esa confusión entre lo que es TDAH y lo que crees que es tu personalidad es la trampa más cruel del trastorno. Porque te roba la posibilidad de buscar ayuda. ¿Para qué vas a ir al médico si el problema es que eres un desastre? Los desastres no se medican. Se arreglan con esfuerzo.

¿Cuántas explicaciones te inventaste antes de la real?

Yo me inventé todas las que existen.

Fase 1: "Soy vago." La explicación por defecto. La que te dan tus padres, tus profesores, tus jefes. Si no rindes es porque no quieres. Punto. Y tú la compras porque no tienes una alternativa mejor.

Fase 2: "Tengo ansiedad." Esta llega cuando empiezas a notar que el cuerpo también falla. Taquicardias. Insomnio. Nudos en el estómago antes de hacer cosas que, objetivamente, no son para tanto. Un médico te da pastillas para la ansiedad. Mejoras un poco. Pero el fondo sigue ahí.

Fase 3: "Soy así." La resignación. Dejas de buscar explicaciones y aceptas que eres una persona caótica, despistada, inconstante. Te defines por tus fallos. "Yo es que soy muy desorganizado." Lo dices con una sonrisa, como si fuera una anécdota graciosa. Pero por dentro estás agotado de ser así.

Fase 4: "Quizá es TDAH." Alguien lo menciona. Un artículo. Un vídeo. Un amigo. Y algo hace clic. No un clic pequeño. Un clic sísmico. De esos que te dejan mirando al techo a las 4 de la mañana repasando toda tu vida con unas gafas nuevas.

Y entonces empieza el duelo.

El duelo de los años perdidos

Nadie te prepara para lo que viene después de las tres letras. Porque cuando descubres que tienes TDAH, no sientes alivio. Bueno, sí. Pero mezclado con algo que pesa más: rabia.

Rabia por los años que pasaste sintiéndote vago cuando en realidad tenías un trastorno neurológico. Rabia por cada suspenso que no era pereza. Rabia por cada trabajo perdido que no era falta de compromiso. Rabia por cada relación dañada que no era egoísmo.

Y piensas: "¿Cómo es posible que nadie lo viera?"

Porque el TDAH en adultos es invisible para quien no sabe mirarlo. Un niño que no para quieto en clase salta a la vista. Un adulto que llega tarde, pierde las llaves y cambia de trabajo cada dos años no salta a ningún lado. Es "un desastre", no un paciente.

Así que pasas 10, 20, 30 años construyendo una identidad sobre cimientos falsos. Creyendo que eres vago cuando eres disperso. Creyendo que no te importa nada cuando te importa demasiado. Creyendo que no vales cuando tu cerebro simplemente funciona de otra forma.

¿Y ahora qué hago con esta información?

Lo primero: dejar de culparte. Y eso suena fácil pero es lo más difícil del proceso. Porque llevas toda la vida entrenando tu cerebro para echarse la culpa. Deshacer eso lleva tiempo.

Lo segundo: entender que el diagnóstico no es un final. Es un principio. No arregla nada por sí solo. No vas a despertarte al día siguiente siendo una persona organizada que medita a las 6 de la mañana y tiene un bullet journal impecable. Pero ahora sabes contra qué estás jugando. Y eso cambia todo.

Lo tercero: perdonarte por no haberlo sabido antes. Si pudiera, le escribiría una carta a mi yo sin diagnosticar. Le diría que no era vago. Que no era tonto. Que el hecho de que todo le costara el triple no significaba que valiera un tercio.

Pero no puedo volver atrás. Solo puedo ir hacia adelante sabiendo lo que sé ahora.

El "no sé qué me pasa" sí tiene respuesta

Tiene tres letras y un trastorno que afecta a entre el 5% y el 8% de los adultos. Un trastorno que se infradiagnostica, se confunde con pereza, se minimiza como "eso le pasa a todo el mundo" y se tapa con parches durante décadas.

Si llevas años diciendo "no sé qué me pasa", quizá ya es hora de dejar de buscar respuestas en la fuerza de voluntad y empezar a buscarlas donde realmente están.

En tu cerebro. En cómo funciona. En por qué funciona diferente al de los demás.

Y no. No es un defecto de fábrica. Es un manual de instrucciones que nunca te dieron.

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Si llevas años con la sensación de que algo no encaja pero no sabes ponerle nombre, quizá 10 minutos te ahorren otros 10 años de dudas. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No es un diagnóstico, pero es el primer paso para dejar de decir "no sé qué me pasa".

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