Piscina y playa con TDAH: sol, gritos y sobreestimulación sin escapatoria
Niños gritando, música a tope, el sol pegando. La playa con TDAH es una bomba sensorial. Cómo sobrevivir sin perder la cabeza.
Niños gritando, música a todo volumen, el sol pegando y tú buscando un lugar donde tu cerebro pueda respirar. La playa con TDAH es una experiencia sensorial que nadie te preparó para sobrevivir.
Todo el mundo dice que la playa es relajante. Que el sonido de las olas calma. Que la brisa marina cura.
Y tú estás ahí, con la toalla a dos metros de una familia con altavoz bluetooth reproducing reggaetón, un crío llorando porque se le ha roto la pala, una señora que habla por el móvil como si estuviera en un campo de fútbol, y el sol entrándote por los ojos aunque lleves gafas de sol.
Relajante. Claro que sí.
¿Por qué la playa y la piscina sobreestimulan tanto a un cerebro con TDAH?
Porque un cerebro con TDAH no filtra.
Eso es lo que la gente no entiende. Tu cerebro no tiene un sistema de prioridades para los estímulos. Todo entra con la misma intensidad. El grito del niño, la conversación de al lado, la textura de la arena en los pies, el brillo del agua, el olor a crema solar, el calor. Todo al mismo nivel. Todo al mismo tiempo.
Un cerebro neurotípico hace algo que parece magia: decide qué es importante y baja el volumen del resto. Estás en la playa, tu cerebro dice "olas, brisa, relax" y el resto lo manda a segundo plano. Automático.
Tu cerebro no hace eso. Tu cerebro recibe todo, todo a la vez, y no sabe qué ignorar. Es como tener 15 pestañas de YouTube reproduciéndose a la vez. No es que una sea molesta. Es que son todas juntas.
Y la playa es el escenario perfecto para eso. Un espacio abierto, sin paredes, sin puertas que cerrar, sin habitación donde refugiarte. Estímulos por todos lados y ninguna salida fácil. A veces no es que estés quemado, es que tu cerebro lleva horas sin descanso real.
¿Es pereza o es saturación real?
Aquí viene lo que más cuesta explicar.
Cuando dices "no me apetece ir a la playa", la gente te mira como si estuvieras loco. ¿Cómo no te va a apetecer? Sol, agua, chiringuito. El plan perfecto.
Y tú sabes que no es que no te apetezca. Es que tu cuerpo recuerda lo que pasó la última vez. El dolor de cabeza después de tres horas. La irritabilidad que no sabías de dónde venía. Esa sensación de querer irte pero no poder porque has ido con gente y no quieres ser el raro que se quiere ir pronto.
No es pereza. Es tu sistema nervioso diciéndote "oye, la última vez que estuvimos ahí acabamos fatal".
Y aquí hay un matiz importante. La sobreestimulación no llega de golpe. Se acumula. La primera media hora estás bien. Una hora, todavía aguantas. Pero después de dos horas sin pausa, sin sombra mental, sin un momento de silencio, tu cerebro empieza a colapsar. Y cuando colapsa, todo te molesta. La risa que antes era simpática ahora es insoportable. La arena que antes era agradable ahora te irrita. El calor que antes era llevadero ahora te aplasta.
Y lo peor: no puedes explicarlo. Porque para la gente que está contigo, nada ha cambiado. Siguen en la misma playa, con la misma música, pasándoselo bien. El que ha cambiado eres tú. Y eso hace que te sientas roto.
¿Qué puedes hacer sin dejar de ir a la playa?
Porque la solución no es encerrarte en casa hasta septiembre. Eso ya lo has probado y tampoco funciona.
Lo que sí funciona es anticipar. Planificar el día antes de que tu cerebro entre en modo supervivencia. No como un plan rígido, sino como una estrategia de escape.
Cosas concretas que a mí me funcionan:
Llegar temprano o ir a última hora. La playa a las 12 del mediodía es un festival de estímulos. A las 8 de la mañana o a las 7 de la tarde es otro planeta. Misma arena, misma agua, un 80% menos de ruido.
Llevar cascos. Esto me cambió la vida. No necesitas música. Solo ponerte unos cascos con cancelación de ruido y dejar que tu cerebro descanse. La gente que te rodea sigue existiendo, pero baja tres niveles de intensidad.
Tener un plan de salida. Ir con tu propio coche o saber exactamente cómo volver. Cuando sabes que puedes irte en cualquier momento, tu cerebro se relaja. Lo que genera ansiedad no es la playa en sí, es la sensación de estar atrapado.
Descansos reales. Levantarte, ir a dar un paseo solo, meterte al agua sin nadie, sentarte cinco minutos en una zona con sombra y silencio. Tu cerebro necesita esos resets. No es ser antisocial. Es mantenimiento básico.
No explicarte. Este es el más difícil pero el más importante. No necesitas justificar por qué te levantas a dar una vuelta. No necesitas una excusa para ponerte los cascos. No necesitas disculparte por querer irte antes. Tu cerebro funciona diferente. Punto.
La piscina: el mismo problema con cloro
Todo lo que he dicho de la playa aplica a la piscina, pero con un extra: el eco.
Los gritos en la playa se dispersan. Los gritos en una piscina rebotan en las paredes de azulejo como una pelota de squash. Multiplica eso por treinta niños tirándose bombas y tienes un cerebro que quiere saltar la valla e irse andando a casa.
Y además está el tema social. En la piscina del pueblo, en la piscina comunitaria, siempre hay alguien que te conoce, que quiere hablar, que te pregunta cosas. Y tú estás ahí, saturado, intentando procesar el ruido, el sol, las conversaciones, y encima siendo simpático.
No eres raro. Tu cerebro procesa diferente.
La playa no es tu enemiga. Pero tu cerebro no viene de fábrica preparado para lo que la playa le tira encima. Y no pasa nada. No tienes que disfrutarla como la disfruta todo el mundo. Puedes disfrutarla a tu manera, con tus reglas, con tus tiempos.
Lo que no puedes hacer es seguir forzándote a aguantar seis horas bajo el sol rodeado de ruido y luego preguntarte por qué estás irritable, agotado y con ganas de no hablar con nadie durante dos días.
Eso no es ser difícil. Es un cerebro que lleva horas sin filtro en un entorno diseñado para saturarte.
Cuando lo entiendes, dejas de pelearte contigo. Y la playa, con sus condiciones, puede incluso molar.
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