No puedo seguir una agenda más de tres días seguidos
Compras la agenda en enero, la abandonas en febrero. No es falta de disciplina. Tu cerebro necesita novedad, no constancia.
Compras la agenda en enero. Escribes con ilusión la primera semana. La segunda ya solo anotas dos cosas. La tercera está en un cajón. En febrero ya ni la buscas.
Y no es la primera vez. Es la quinta. O la décima. Ya has perdido la cuenta de cuántas agendas, planners, bullet journals y apps de calendario has comprado, configurado con todo el cariño del mundo, y abandonado antes de que se acabara el mes.
Y lo peor no es abandonarla. Lo peor es que la primera semana iba genial.
¿Por qué no puedes mantener una agenda si la primera semana iba genial?
Porque la primera semana no funciona porque hayas encontrado el sistema perfecto. Funciona porque es nuevo.
Y aquí está la trampa. Tu cerebro responde a la novedad como un perro al timbre de la puerta. Todo lo nuevo es interesante. Todo lo nuevo tiene peso emocional suficiente para que te pongas a hacerlo con ganas. La agenda nueva, los rotuladores de colores, el ritual de sentarte a planificar el día. Todo eso activa algo.
Pero a los tres días, cuando ya no es nuevo, cuando ya es rutina, tu cerebro dice "esto ya lo conozco" y le quita toda la prioridad. Y lo que era un momento agradable de planificación se convierte en una tarea más que compite con las otras 300 cosas que tienes en la cabeza.
O sea, no fallaste tú. Falló la novedad. Que es lo que estaba sosteniendo todo desde el principio.
La agenda no es el problema. El combustible sí.
Mira, voy a ser honesto contigo. Yo tengo un cementerio de sistemas de organización que haría llorar a Marie Kondo. Agendas físicas, digitales, apps, post-its, pizarras, una época en la que intenté usar solo recordatorios de voz. Todo. He probado todo.
Y el patrón siempre era el mismo. Tres días de productividad gloriosa. Luego una mañana en la que me siento a planificar y pienso "bah, hoy me lo salto que ya sé lo que tengo que hacer". Y al día siguiente igual. Y al siguiente la agenda está debajo de una pila de cables en la mesa.
El problema no era la agenda. El problema es que mi cerebro no funciona con disciplina sostenida. Funciona con interés, con urgencia y con novedad. Y una agenda, por definición, es lo contrario de todo eso. Es repetición. Es rutina. Es hacer lo mismo todos los días.
Pedirle a un cerebro que se aburre en 72 horas que mantenga el mismo ritual durante meses es como pedirle a un gato que pasee con correa. Técnicamente se puede. En la práctica, el gato va a ir donde le dé la gana.
Lo que nadie te dice sobre la planificación
Hay una cosa que me costó años entender. La gente que usa agendas con éxito no tiene más disciplina que tú. Tiene un cerebro que se regula de otra manera. Para ellos, la rutina es cómoda. Es predecible. Les da seguridad.
Para ti, la rutina es una cárcel invisible. Los primeros días está bien porque hay ventanas abiertas y huele a pintura nueva. Pero en cuanto se convierte en costumbre, se siente como una celda.
Y entonces llega la culpa. "Otra vez he abandonado algo." "Soy incapaz de mantener nada." "Todo el mundo puede organizarse menos yo."
Pues no. No todo el mundo puede. Hay mucha gente que siente que todo le cuesta más que a los demás y no sabe por qué. Y la respuesta no es "esfuérzate más". La respuesta está en entender cómo funciona tu atención.
El ciclo eterno: comprar, ilusionarte, abandonar, culparte
Te lo voy a describir porque seguro que lo reconoces.
Primero, la fase de investigación. Miras vídeos de YouTube sobre el mejor sistema de organización. Comparas apps. Lees artículos. Te convences de que este sí va a ser el definitivo.
Luego, la fase de setup. Configuras todo. Le dedicas tres horas un domingo. Lo dejas precioso. Sientes que esta vez sí.
Después, la fase de luna de miel. Tres días, a veces una semana. Todo fluye. Te sientes productivo, organizado, otra persona.
Y entonces, el vacío. Un día no lo usas. Luego dos. Luego ya no abres la app. Y la agenda se queda ahí, acumulando polvo y culpa a partes iguales.
Esto es exactamente lo que pasa cuando has probado mil sistemas de organización y ninguno funciona. No es que los sistemas sean malos. Es que están diseñados para cerebros que funcionan con constancia, y el tuyo funciona con impulsos.
Entonces, ¿qué haces si las agendas no funcionan?
No te voy a engañar. No tengo la respuesta mágica. Si la tuviera, no tendría seis agendas sin estrenar en un cajón.
Pero sí he aprendido un par de cosas que me ayudan.
La primera: deja de buscar el sistema perfecto. No existe. Lo que existe son sistemas que aguantan lo suficiente para ser útiles antes de que los abandones. Y eso ya es un éxito.
La segunda: si tu cerebro necesita novedad, dale novedad. Cambia de sistema cada mes si hace falta. Usa una app dos semanas, luego una libreta, luego post-its. No es incoherencia. Es adaptar la herramienta a cómo funciona tu cabeza.
La tercera: reduce el sistema al mínimo. Si tu agenda tiene 47 categorías, 12 colores y un ritual de 20 minutos, no vas a mantenerlo. Apunta tres cosas. Tres. Las tres más importantes del día. En cualquier sitio. Y hazlas. Si haces eso, ya estás mejor que el 90% de los días en los que no planificas nada.
Porque el problema no es no saber gestionar el tiempo. El problema es que intentas gestionarlo con herramientas que no están hechas para ti.
Y cuando entiendes eso, dejas de culparte por abandonar agendas y empiezas a preguntarte qué necesita tu cerebro de verdad para funcionar.
Que es una pregunta mucho más útil.
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