No puedo repetir un éxito: lo que funciona una vez no me sale igual la segunda
Haces algo brillante y luego no puedes repetirlo. Cada intento sale peor. No es mala suerte. Es que tu cerebro no funciona con fórmulas fijas.
El otro día encontré un email que escribí hace meses. Un email que cuando lo publiqué funcionó de la hostia. La gente respondió, me escribieron diciéndome que les había cambiado la forma de ver algo, hubo comentarios que daban gusto leer. Un email redondo.
Y pensé: voy a hacer otro igual.
Misma estructura. Mismo tono. Misma fórmula. Mismo tipo de historia personal. Me senté delante del ordenador con la plantilla mental perfecta, con toda la confianza del mundo, y escribí.
Y salió una basura.
No una basura tipo "está bien pero no es para tanto". Una basura basura. De esas que lees al día siguiente y piensas "¿esto lo he escrito yo estando despierto?". Sin chispa. Sin gracia. Sin nada de lo que hacía que el primero funcionara.
¿Por qué no puedes repetir lo que te salió bien?
Mira, esto me ha pasado en todo. No solo con emails. Con presentaciones. Con reuniones. Con conversaciones. Tengo un día en el que todo me sale solo, las palabras fluyen, las ideas conectan, y al día siguiente intento reproducirlo y es como si fuera otra persona.
Y lo frustrante no es que salga mal. Lo frustrante es que sabes de lo que eres capaz. Lo has visto. Lo has hecho. Pero no puedes repetirlo a voluntad.
Es como cambiar de objetivo cada mes: no es que no tengas talento, es que no puedes acceder a él cuando quieres. Está ahí, pero funciona con sus propias reglas. Y sus reglas no coinciden con tu agenda.
La gente normal hace algo bien, entiende por qué funcionó, y lo repite. Punto. Así funcionan los sistemas. Así funcionan las empresas. Así funciona el mundo. Haces una cosa buena, documentas el proceso, lo replicas.
Pero tú no.
Tú haces algo increíble y cuando intentas documentar cómo lo hiciste, te das cuenta de que no tienes ni idea. No sabes qué hiciste diferente. No sabes por qué ese día sí y los otros no. Es como si tu mejor trabajo apareciera por combustión espontánea y desapareciera igual.
¿Se puede capturar el rayo en la botella?
Pues mira, la analogía me encanta porque describe exactamente lo que pasa. Tu mejor trabajo es un rayo. Brutal, luminoso, aparece de la nada y dura un segundo. Y tú ahí con tu botella de cristal intentando meterlo dentro para poder usarlo después.
Y no funciona así.
No funciona porque tu rendimiento no depende de la fórmula. Depende del estado. Y el estado no es algo que puedas replicar a voluntad. El día que escribí ese email genial probablemente estaba en un punto dulce: suficiente estimulación, suficiente presión, suficiente novedad, el equilibrio exacto de condiciones que mi cerebro necesita para funcionar a tope.
Al día siguiente, una de esas variables había cambiado. A lo mejor dormí peor. A lo mejor estaba menos estimulado. A lo mejor el simple hecho de que ya no era la primera vez le quitó la novedad. Y sin ese equilibrio, mi cerebro me da un rendimiento completamente distinto.
Es como intentar hacer una receta que te salió perfecta una vez sin termómetro, sin báscula y sin reloj. Todos los ingredientes están ahí, pero las proporciones cambian cada vez y no tienes forma de medirlas.
El mito de la constancia en el rendimiento
Hay algo que nadie te dice sobre el rendimiento: para la mayoría de la gente, es relativamente estable. Un 7 todos los días. A veces un 6, a veces un 8, pero siempre en ese rango.
El mío no. El mío va de 3 a 10 sin previo aviso. Hay días que soy brillante y días que no soy capaz de escribir una frase coherente. Y no hay patrón. No hay lógica. No hay forma de predecir qué versión de mí va a aparecer hoy.
Pues resulta que eso tiene nombre. Resulta que hay cerebros que funcionan así. Cerebros que no regulan bien la dopamina y por tanto no regulan bien el rendimiento. Cerebros donde la dopamina manda, no la disciplina. Y cuando me lo explicaron, dejé de sentirme como un fraude.
Porque eso era exactamente lo que sentía. Que era un fraude. Que mi buen trabajo era suerte y mi trabajo normal era mi nivel real. Que no me merecía los días buenos porque no podía reproducirlos.
TDAH. Eso era. Un cerebro que no mantiene un rendimiento constante porque su sistema de recompensa fluctúa como la bolsa en día de crisis. Y una vez que lo supe, dejé de intentar capturar el rayo y empecé a diseñar mi vida para funcionar incluso en los días de 3.
Esto no es un diagnóstico. Si te sientes identificado, habla con un profesional. Pero saber que esto tiene una explicación ya cambia mucho.
¿Y entonces qué hago con los días malos?
Los días malos no son el problema. El problema es que tratamos los días malos como si fueran un fallo. Como si debieras rendir a tope todos los días y cualquier cosa por debajo fuera inaceptable.
Lo que a mí me funciona es tener dos modos: modo rayo y modo mantenimiento. En modo rayo, aprovecho y creo todo lo que puedo. En modo mantenimiento, hago lo mínimo para no perder el hilo. Y dejo de compararlos.
Porque empezar y no terminar es el patrón clásico del TDAH. Pero si reduces tus expectativas en los días de bajón, puedes mantener el hilo sin quemarte. Y mantener el hilo es suficiente.
No necesitas ser brillante todos los días. Necesitas no desaparecer. El rayo volverá. Siempre vuelve. Tu trabajo es seguir ahí cuando llegue.
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