No puedo mantener una conversación larga sin desconectarme
Te desconectas a mitad de las conversaciones sin querer. No es mala educación ni falta de interés. Te explico qué pasa en tu cabeza y por qué.
Estás hablando con alguien. La conversación va bien. Y de repente.
Nada.
Tu cabeza se ha ido a otra parte. No sabes cuándo. No sabes a dónde. Solo sabes que cuando vuelves, la otra persona está mirándote esperando una respuesta y tú no tienes ni idea de qué acaba de decir.
Y lo más bonito es que sabes perfectamente lo que toca ahora. Tienes dos opciones. La primera: pedir que te lo repita, y aguantar esa cara de "¿pero tú me estás escuchando?". La segunda: hacer como que lo has oído todo y rezar para que tu respuesta tenga aunque sea un 30% de sentido con lo que acaban de decirte.
Ya sé cuál eliges la mayoría de las veces.
¿Por qué me desconecto en mitad de las conversaciones?
A ver, lo primero que hay que dejar claro es esto: no es que no te importe la persona que tienes delante. No es que seas un maleducado. No es que no quieras prestar atención.
Es que tu cerebro ha decidido que tiene otras prioridades.
Y eso suena fatal. Lo sé. Pero déjame que te lo explique mejor.
Hay un concepto que se llama memoria de trabajo. Es esa parte del cerebro que mantiene la información activa mientras la necesitas. Como una mesa de trabajo. Cuando alguien te está hablando, esa mesa tiene que sostener todo lo que dice, conectarlo con lo que ya sabes, preparar una respuesta y seguir escuchando al mismo tiempo.
O sea. Cuatro cosas a la vez en una mesa que en algunos cerebros tiene el tamaño de una mesita de noche de piso de estudiante.
Y claro, lo que no cabe en la mesa, cae.
No lo decides tú. Simplemente hay un punto en el que la mesa está llena y lo siguiente que llega no tiene sitio. Y el cerebro, en lugar de hacer malabares, se va a buscar algo que le resulte más manejable. Una idea suelta que le entró por la oreja hace tres minutos. Algo que viste antes de salir de casa. El ruido de fondo que de repente parece fascinante.
Y ahí te tienes: en cuerpo presente, en mente ausente.
La parte que más duele
Lo peor no es que pase. Lo peor es cómo te sientes después.
Porque cuando te das cuenta de que te has desconectado, lo primero que aparece es la culpa. "Es que soy un desastre." "No puedo mantener una conversación normal." "Esta persona va a pensar que me importa una mierda lo que me cuenta."
Y encima, si la persona con la que estás hablando es alguien que te importa de verdad, la culpa multiplica por diez.
Lo que no sabes, o lo que nadie te ha dicho todavía, es que eso que te pasa tiene muy poco que ver con la calidad de tus relaciones y mucho que ver con cómo funciona tu atención. Porque hay gente a la que le cuesta todo más que a los demás no por falta de esfuerzo, sino porque su cerebro regula la atención de una forma distinta.
Y no es una excusa. Es un punto de partida.
Por qué las conversaciones largas son especialmente difíciles
Aquí viene algo que igual no te has parado a pensar.
No te desconectas de la misma manera en todas las conversaciones. Hay conversaciones en las que estás clavado. Siguiendo cada palabra. Totalmente presente. Y hay conversaciones en las que a los siete minutos ya estás en Babia sin haber tomado ninguna decisión consciente.
¿La diferencia? La dopamina.
Cuando una conversación tiene algo que a tu cerebro le resulta nuevo, urgente, emocionalmente relevante o sorprendente, se engancha. Presta atención. Funciona. Cuando la conversación es más tranquila, más larga, más monótona, tu cerebro empieza a buscar estimulación en otro sitio. No porque la conversación sea mala. Sino porque tu cabeza necesita un nivel de activación que no siempre se puede sostener en una charla normal.
Es como intentar ver una película a 0.5 de velocidad cuando tu cerebro está calibrado para 2.0. Al final te distraes. No porque no quieras verla. Sino porque el ritmo no encaja con cómo procesas.
Y eso tiene consecuencias. Perder el hilo de las conversaciones es una de las más frecuentes. Y también de las más silenciosas, porque nadie habla de ello abiertamente.
Lo que suelo hacer yo cuando me desconecto
Te voy a contar una cosa que me funciona a mí. No te lo digo como consejo de gurú. Te lo digo como alguien que ha tenido que encontrar formas de sobrevivir a conversaciones sin quedar como un marciano.
Lo primero: dejar de fingir que he escuchado cuando no lo he hecho. Sé que parece una obviedad pero cuesta horrores. El instinto es cubrirte, asentir, decir "sí, sí" y esperar a que la situación se resuelva sola. El problema es que eso se nota. Siempre. Y es mucho peor que admitir que te has ido.
"Perdona, me he ido un momento. ¿Me lo repites?" Da vergüenza las primeras veces. Luego da menos. Y la gente lo recibe mejor de lo que crees.
Lo segundo: en conversaciones que sé que van a ser largas, busco activamente hacer algo con las manos. No el móvil, que ese es otro mundo. Algo físico y sin pantalla. Pasear mientras hablo por teléfono. Tener algo entre los dedos. Eso ayuda a mantener el nivel de activación sin robar atención a lo que me están contando.
No es magia. No siempre funciona. Pero algo es algo.
¿Esto también te pasa en el trabajo?
Si las conversaciones largas ya son difíciles, las reuniones son otro nivel. Porque ahí el problema no es solo mantener la atención. Es que hay expectativa social de que estés presente, contribuyas y recuerdes lo que se dijo. Esas tres cosas al mismo tiempo. Con alguien mirándote cada dos minutos para ver si estás siguiendo.
Si te cuesta mantener la atención en reuniones y siempre sales con esa sensación de haberte perdido la mitad, no es que seas menos profesional que los demás. Es que el formato de "sala, sillas, alguien hablando durante 45 minutos" es básicamente el entorno más hostil posible para un cerebro que necesita movimiento y estímulo para funcionar.
Y eso no lo arreglas con más café. Lo arreglas entendiendo qué está pasando.
Puede que esto tenga nombre
Voy a decirte algo que quizá ya sospechas.
Esa desconexión involuntaria en las conversaciones. El hilo que se va sin avisar. La dificultad para seguir el ritmo de charlas largas sin que tu cabeza se escape. No es un defecto de carácter. En muchos casos, forma parte de un patrón que tiene nombre: TDAH.
No el de los niños revoltosos de las películas. El de los adultos que llevan años pensando que son raros, descuidados o maleducados sin serlo. El que se manifiesta en cosas exactamente como esta: estar en una conversación y no estar.
Puede que sea tu caso. Puede que no. Esto no es un diagnóstico y yo no soy médico. Consulta con un profesional si algo de esto te resuena de verdad. Pero sí puedo decirte que cuando yo entendí que mi atención funcionaba con otras reglas, dejé de culparme por las conversaciones a medias y empecé a buscar soluciones que tuvieran sentido.
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Si esto te suena familiar y quieres saber si tu cerebro funciona diferente, hice un test de 43 preguntas. Son 10 minutos, es gratis, y puede ser el primer paso para entender qué está pasando. Hacer el test TDAH.
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