No puedo empezar el día sin un ritual previo que me active

Necesitas prepararte durante horas antes de ponerte a trabajar y no sabes si eso es un problema. Spoiler: tiene una explicación que nadie te ha dado.

Cuarenta y cinco minutos después de encender el ordenador, todavía no has empezado.

No porque no hayas hecho nada. Has hecho muchas cosas. Has preparado el café. Has reorganizado el escritorio. Has abierto tres pestañas, las has cerrado, y las has vuelto a abrir. Has puesto música, la has cambiado dos veces, has acabado en silencio. Has mirado el teléfono para "ver la hora" y te has perdido siete minutos scrolleando sin saber cómo.

Y ahora estás ahí, con todo listo para trabajar, pensando: "Bueno, ahora sí".

Pero no es ahora sí. Es el ritual número doce. Y llevas haciendo rituales desde que te levantaste.

¿Por qué necesitas prepararte tanto para empezar?

A ver, hay una versión fácil de esta historia y una versión honesta.

La versión fácil es que eres un procrastinador. Que te gusta que todo esté perfecto antes de ponerte. Que eres de los que "no puede trabajar si hay desorden" o alguna historia que te habrás contado a ti mismo para que tenga sentido.

La versión honesta es más rara y más interesante.

Hay un mecanismo en tu cerebro que debería actuar como un director de orquesta. Alguien que dice "oye, empieza a tocar". Y hay mucha gente a la que ese director de orquesta se le va de fiesta justo cuando toca trabajar, y vuelve sin avisar, y a veces aparece a las once de la noche cuando ya no toca tocar nada.

O sea, el problema no es que no quieras empezar. El problema es que tu cerebro no tiene un botón de arranque que funcione de forma predecible. Y entonces buscas ese botón fuera. En el café. En el orden. En la lista de tareas perfectamente organizada con colores y subcolores. En el ritual.

El ritual no es procrastinación. El ritual es tu intento de fabricar el arranque que tu cerebro no te da solo.

La diferencia entre prepararse y atascarse

Parece una tontería, pero hay gente que tiene rituales de inicio y los usa bien. Se hacen un café, abren el documento, y ya. Cinco minutos. Ritual terminado. Trabajo empezado.

Y luego estás tú.

Que el café es necesario, pero también el café tiene que estar en la taza correcta, que hoy no está limpia, y mientras lavas la taza piensas que también podrías limpiar los platos de ayer, y de repente estás reorganizando el armario de la cocina a las diez de la mañana y no sabes muy bien cómo has llegado hasta aquí.

Eso no es ritual. Eso es el ritual que se ha escapado de control y te ha arrastrado con él.

Y lo más confuso es que hay días en que funciona. Haces el café, te sientas, arrancas en diez minutos. Y piensas: "Ves, cuando quiero, puedo". Y al día siguiente el ritual dura hora y media y acabas la jornada sin haber empezado lo que querías empezar.

Esa inconsistencia es la parte que más duele. Porque si siempre fallara, lo asumirías. Pero como a veces funciona, la conclusión obvia es que el problema eres tú. Que eres inconsistente. Que dependiendo del día "te motivas más o menos".

Eso no es lo que está pasando.

El problema no es el ritual. Es que el ritual tiene que hacer demasiado trabajo.

Imagínate que tu coche no arranca solo con la llave. Necesitas empujarlo cuesta abajo para que el motor coja inercia. Algunos días la cuesta es pronunciada y llega con cuatro metros. Otros días la cuesta es casi plana y tardas veinte minutos empujando sin llegar a nada.

El coche no es tuyo, es de tu vecino, y él lo arranca de primera. Sin empujar. Sin cuesta. Le da a la llave y ya.

Tú llevas años pensando que el problema es que no empujas bien. O que no buscas la cuesta correcta. O que necesitas empujar con más ganas.

Pero el problema es el motor.

Tu ritual existe porque hay algo en cómo tu cerebro regula el inicio de una tarea que necesita una chispa externa para activarse. Dopamina. Novedad. Presión. Algún tipo de estímulo que le diga al sistema "oye, que ahora toca". Y cuando no aparece solo, lo fabricas. Con rutinas. Con objetos. Con ambientes concretos.

No estás mal. Estás compensando.

Lo que pasa es que compensar tiene un coste. Si necesitas que alguien te obligue a empezar o si llevas años buscando la versión externa de esa chispa, al final el ritual crece hasta ocupar más espacio que el trabajo en sí.

El ritual que nunca termina

Conozco gente que tiene el escritorio más limpio del universo. No porque le guste el orden. Sino porque mientras organiza el escritorio, no está fallando en ponerse a trabajar. Es la excusa perfecta: estoy haciendo algo productivo. Estoy preparando el contexto.

Y es una trampa.

Porque me paso horas preparándome para empezar y nunca empiezo es uno de los patrones más agotadores que existen. No porque seas vago. Sino porque el cerebro ha aprendido que prepararse es seguro y empezar no lo es.

Prepararse no tiene riesgo de fallar. Empezar sí.

Y si tu cerebro tiene problemas con la regulación emocional, con tolerar la incertidumbre de "¿y si esto me sale mal?", el ritual es la forma perfecta de quedarse en zona segura con apariencia de productividad.

Lo sé porque yo hacía esto. Todavía lo hago algunos días.

Quizá lo que llamas "necesitar un ritual" tiene nombre

Voy a decirte algo sin rodeos.

Esa necesidad de fabricar el arranque desde fuera. Esa inconsistencia brutal entre días buenos y días pésimos. Esa sensación de que te cuesta todo más que a los demás aunque te esfuerces igual o más.

En muchos casos eso tiene nombre. Se llama TDAH. Y no te lo digo para asustarte ni para darte una etiqueta. Te lo digo porque cuando yo lo descubrí, por primera vez las piezas encajaron. Y dejé de pensar que era un defecto de carácter.

El TDAH, entre otras cosas, es un problema de función ejecutiva. El director de orquesta que mencionaba antes. Cuando ese sistema no funciona bien, arrancar tareas, mantener el foco, y regular el inicio del trabajo se convierte en un esfuerzo activo que la mayoría de la gente no tiene que hacer. Y compensas como puedes. Con rituales, con presión externa, con deadlines de última hora, con entornos muy específicos.

No es pereza. Es un cerebro que necesita más de lo que la mayoría necesita para hacer lo mismo.

Esto no sustituye a un diagnóstico profesional. Si lo que lees aquí te suena demasiado familiar, la siguiente conversación inteligente que tienes es con un psicólogo o un psiquiatra, no con Google.

Pero sí puedo decirte que no estás exagerando. Y que hay una diferencia enorme entre "soy inconstante" y "mi cerebro necesita cosas concretas para arrancar".

Una de esas cosas te da vergüenza. La otra te da un punto de partida.

Si quieres empezar a entender cómo funciona tu cabeza, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos, gratis, y sin diagnósticos de andar por casa. Solo información para que dejes de culparte y empieces a hacerte las preguntas correctas. Puedes hacerlo aquí.

Relacionado

Sigue leyendo