No puedo mantener nada ordenado más de dos días

Ordenas todo, queda perfecto, y dos días después el caos ha vuelto. No eres desordenado. Tu cerebro no automatiza rutinas de orden.

Sábado por la mañana. Te levantas con energía. Pones música. Y decides que hoy es el día.

Hoy ordenas la habitación. Hoy de verdad. No a medias, no el típico "meter todo en un cajón y ya". Hoy ordenas bien. Cada cosa en su sitio. Etiquetas si hace falta. Cajas organizadoras del Ikea que llevan tres meses en la bolsa sin abrir. Hoy es el día.

Y lo haces. Tres horas después, tu habitación parece un anuncio de Pinterest. Todo perfecto. Todo en su sitio. Miras alrededor y te sientes como esa persona que siempre has querido ser. Organizada. Adulta. Funcional.

Lunes. Ya hay una camiseta en la silla. Un par de calcetines al lado de la cama. Un vaso en la mesita. Y el cargador del portátil por el suelo.

Martes. La silla tiene tres camisetas. La mesita ya acumula cosas. El escritorio tiene papeles.

Miércoles. Es como si el sábado nunca hubiera existido.

¿Por qué el orden no se mantiene?

Porque ordenar y mantener el orden son dos habilidades completamente distintas. Y tu cerebro es bueno en una y desastroso en la otra.

Ordenar es un proyecto. Tiene un principio, un desarrollo y un final. Ves el resultado. Sientes la satisfacción. Tu cerebro se engancha porque la recompensa es inmediata y visible. "Estaba hecho un desastre, ahora está perfecto." Dopamina a tope.

Mantener el orden es una rutina. No tiene principio ni final. No hay resultado visible porque el resultado es que todo siga igual. No hay recompensa. No hay "antes y después". Solo un "igual que ayer". Y tu cerebro, que necesita recompensas inmediatas como el aire, se desconecta de las rutinas sin recompensa.

Es como tener 50 pestañas abiertas: puedes cerrarlas todas de golpe y sentirte genial. Pero mañana vuelves a tener 50. El problema no es cerrarlas. Es el sistema que las abre.

¿Es que no me importa el orden?

Claro que te importa. Por eso lo ordenas cada vez. Si no te importara, ni te molestarías en hacer la limpieza del sábado.

El problema es que la gente te ve el miércoles, no el sábado. Te ven el resultado del caos, no el esfuerzo de ordenar. Y asumen que eres dejado. Que no te importa. Que vives así porque quieres.

Y tú te lo crees. Te dices "soy un desastre" cada vez que el orden se desmorona. Te sientes culpable. Y cada vez que ordenas, en el fondo ya sabes que no va a durar. Así que la satisfacción del sábado viene con un regusto amargo: "¿Para qué, si el martes estará igual?"

Es una montaña rusa de motivación y frustración que agota. Y que no es normal. O sea, todos acumulamos algo de desorden, pero si tú experimentas esto de forma cíclica, intensa, y con esa sensación de que haces lo máximo pero no basta, hay algo más.

Lo que me funciona (que no es perfecto, pero vale)

Mira, no te voy a vender el truco definitivo porque no existe. Pero hay cosas que me ayudan a que el ciclo sea menos brutal.

La primera: reducir la cantidad de cosas. Menos cosas, menos decisiones sobre dónde ponerlas. Cada objeto que tienes es una decisión futura de "¿dónde va esto?". Y las decisiones son el enemigo de un cerebro que ya está saturado.

La segunda: sitios fijos e inamovibles. Pierdo las llaves cada día hasta que compré un gancho al lado de la puerta. No pienso. Llego, cuelgo las llaves. Siempre el mismo gancho. Siempre. Cuando quitas la decisión de dónde va algo, la posibilidad de que no vaya a su sitio baja.

La tercera: aceptar que mi orden no va a ser Pinterest. Mi orden funcional son tres camisetas en una silla y el escritorio operativo. No es la portada de una revista. Es un caos controlado que me permite trabajar.

Y la cuarta, la más importante: no culparte cuando el ciclo se repite. No eres un fracaso por no mantener el orden. Es tu cerebro. Y entender por qué te cuesta más que a los demás es lo que marca la diferencia entre culparte toda la vida y empezar a buscar soluciones que funcionen para tu tipo de cerebro.

Un profesional puede ayudarte con esto. De verdad. No es algo que tengas que resolver solo a base de fuerza de voluntad.

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