No puedo hacerme la comida todos los días: acabo pidiendo comida a domicilio
Sabes que cocinar es más sano y más barato. Pero cada día tu cerebro elige el Glovo. No es gula. Es algo más complicado.
Llevo una pasta en comida a domicilio que da vergüenza. No la voy a decir. Solo te digo que si sumo lo que gasto al mes en Glovo y lo comparo con lo que gastaría si cocinara, podría irme de vacaciones con la diferencia. Un par de veces al año por lo menos.
Y lo sé. Sé que cocinar es más barato. Sé que es más sano. Sé que puedo hacer una comida decente en veinte minutos. He visto los vídeos de "comidas fáciles en 15 minutos". He guardado recetas. He hecho listas de la compra. He comprado los ingredientes. Los he visto pudrirse en la nevera mientras pedía una hamburguesa por el móvil.
No es que no sepa cocinar. Sé. Y cuando cocino, disfruto. Hay días que me meto en la cocina y salgo una hora después con un plato que me hace sentir orgulloso. Esos días existen. Pero son la excepción, no la norma.
La norma es: son las dos de la tarde, tengo hambre, abro la nevera, hay ingredientes, mi cerebro dice "no", cojo el móvil, pido comida, me siento culpable mientras espero, me como la hamburguesa, me siento más culpable, y me digo "mañana cocino". Mañana no cocino.
¿Por qué no puedo simplemente cocinar?
Porque cocinar no es una acción. Es una secuencia de treinta acciones encadenadas.
Decidir qué hacer. Comprobar que tienes los ingredientes. Sacarlos. Lavarlos. Cortarlos. Poner la sartén. Calentar el aceite. Cocinar. Dar la vuelta. Comprobar el punto. Servir. Sentarte a comer. Recoger. Lavar. Guardar.
Para una persona con un cerebro que encadena tareas en automático, eso es un flujo continuo. No piensan en cada paso. Lo hacen. Como respirar.
Para mí, cada uno de esos pasos es una decisión independiente. Y cada decisión consume energía. Y entre el momento en que pienso "tengo hambre" y el paso número uno de la cocina, hay un muro. Ese muro que convierte un acto cotidiano en algo que parece imposible.
Y pedir comida es un paso. Uno. Abro la app, elijo, pago. Mi cerebro adora los procesos de un paso. Un click y el problema desaparece. Bueno, el problema del hambre desaparece. El del presupuesto se multiplica.
Es como elegir entre escalar una montaña y coger un teleférico. Los dos te llevan arriba. Pero uno requiere esfuerzo y planificación, y el otro solo requiere una tarjeta de crédito. Adivina cuál elige mi cerebro cada vez.
¿Cómo se vive comiendo a base de delivery?
Pues se vive mal. Económicamente y físicamente.
La parte económica ya la he dicho. Es un agujero negro que se come mi cuenta bancaria. Y lo peor es que ni siquiera como bien. Porque cuando pides, tiendes a pedir basura. Hamburguesas, pizzas, kebabs. No pides una ensalada por Glovo. No le pagas cuatro euros de envío a una ensalada. Si vas a gastar, gastas en algo que merezca la pena calorícamente. Al menos eso es lo que mi cerebro decide.
La parte física es que te sientes hinchado, lento, y culpable. Y la culpa es lo peor. Porque no es culpa de "me he dado un capricho". Es culpa de "otra vez. Otra vez no he podido hacer algo básico que hacen todos los adultos del planeta. Otra vez soy un desastre".
Y esa culpa te roba energía. Energía que necesitarías para, adivina, cocinar mañana. Es un círculo vicioso perfecto. No cocino → me siento mal → no tengo energía → no cocino.
Es exactamente lo mismo que pasa con comer a deshoras porque se me olvida que tengo hambre. Mi relación con la comida en general es un desastre. No porque no me importe. Porque mi cerebro no gestiona bien las necesidades básicas que no gritan.
¿Hay alguna forma de cocinar cuando tu cerebro dice que no?
Sí. Pero requiere hacerle trampas.
La primera: batch cooking. Pero de verdad. Un día - normalmente un domingo cuando tengo un brote de energía - cocino para toda la semana. Todo. De golpe. Porque ese día mi cerebro está en modo "vamos a hacer algo productivo" y puedo aprovechar esa ventana. El lunes, cuando no tenga ganas de nada, la comida ya está hecha. Solo calentarla.
La segunda: comidas de dos ingredientes. En serio. No intento hacer platos elaborados en días normales. Pasta con tomate. Huevos revueltos con pan. Arroz con lo que haya. Si la receta tiene más de tres pasos, mi cerebro la rechaza automáticamente en los días malos. Así que tengo un repertorio de cinco comidas que puedo hacer medio dormido. No son gourmet. Son supervivencia.
La tercera: tener la app de delivery en una carpeta escondida del móvil. No borrarla, porque sé que la voy a volver a descargar. Pero esconderla. Ponerle tres carpetas de distancia. Que llegar hasta ella requiera un esfuerzo consciente. A veces ese esfuerzo extra es suficiente para que mi cerebro diga "buah, déjalo, hazte un sándwich".
Lo que no funciona: la culpa. Castigarte por pedir comida no te hace cocinar más. Solo te hace sentir peor. Y sentirte peor te roba la energía que necesitas para cocinar. Así que la culpa fuera. No es un fracaso moral. Es un cerebro que elige el camino de menor fricción. Siempre.
Y tampoco funciona el meal prep de Instagram. Esos vídeos de gente con 28 tuppers perfectamente organizados en la nevera, con etiquetas de colores y variedad nutricional para cada día de la semana. He intentado hacerlo. Lo he hecho una vez. Tardé cuatro horas un domingo. Fue agotador pero satisfactorio. Abrí la nevera y me sentí como un adulto funcional por primera vez en mi vida.
Al miércoles me había comido los tuppers del miércoles, jueves y viernes porque no seguí el orden. Al jueves no quedaba nada. Y el viernes estaba otra vez pidiendo comida.
Mi versión del meal prep ahora es más simple: cocino el doble de lo que voy a cenar. Si hago pasta, hago para dos. Si hago arroz, hago para tres. Y el sobrante va al tupper. Sin plan, sin etiquetas, sin sistema. Solo hago más cantidad cuando me pilla un día bueno. Y los días malos, tengo algo en la nevera que puedo calentar. No siempre. Pero más que antes.
Si te suena todo esto, si no puedes mantener la casa y no puedes mantener una rutina de nada, si cada tarea doméstica se siente como un combate que tienes que ganar todos los días, puede que tu cerebro funcione con unas reglas que nadie te ha explicado. Y cuando las entiendes, dejas de castigarte y empiezas a construir atajos que funcionen con tu forma de pensar, no contra ella.
Porque todo te cuesta más que a los demás. Incluyendo algo tan básico como hacerte un plato de pasta un martes a las dos de la tarde. Y eso no es ser vago. Es otra cosa.
Si las tareas básicas del día a día te superan de una forma que no puedes explicar, merece la pena hablar con un profesional. Mientras tanto, tengo un test de 43 preguntas que puede darte un primer punto de orientación. Hacer el test TDAH.
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