No puedo hacer cosas aburridas aunque sean importantes: mi cerebro se niega

Sabes que es importante. Sabes que tienes que hacerlo. Pero tu cerebro se niega en redondo si la tarea es aburrida. Hay una razón detrás de esto.

Tengo una factura que llevar a la gestoría. Lleva tres semanas en mi escritorio.

No es difícil. Literalmente es abrir un correo, adjuntar un PDF y darle a enviar. Treinta segundos. Un minuto como mucho si me pongo generoso.

Y lleva tres semanas ahí.

No es que se me olvide. Cada día la veo. Cada día pienso "hoy la envío". Y cada día no la envío. Y no es porque esté ocupado con cosas más importantes. Es porque mi cerebro mira esa tarea y dice "no". Así, sin más. "No." Y me pongo a hacer cualquier otra cosa.

Ayer, en vez de enviar la factura, reorganicé todas las carpetas de mi ordenador. Dos horas de trabajo que nadie me pidió. Y la factura sigue en el escritorio.

¿Por qué lo aburrido se convierte en imposible?

A ver, no es que no puedas hacer nada aburrido. Si alguien te pone una pistola en la cabeza, envías la factura. Si la fecha límite es hoy y hay consecuencias reales, la envías. Si hay urgencia, hay acción.

Pero sin urgencia, tu cerebro se niega. Y es una negativa que no puedes razonar. No puedes convencerte. No puedes motivarte con argumentos lógicos. Puedes decirte "es solo un minuto, venga" setecientas veces y tu cuerpo no se mueve.

Es como intentar empujar un muro. Sabes que el muro no debería estar ahí. Sabes que es absurdo. Sabes que la tarea es ridícula de fácil. Pero el muro está ahí. Y tú empujas y empujas y no se mueve.

Y mientras tanto, tu cerebro te ofrece alternativas. "Oye, ¿y si en vez de la factura ordenamos las carpetas del ordenador?" Y tú, desesperado, aceptas. Porque al menos estás haciendo algo. Porque al menos te sientes productivo. Aunque en el fondo sepas que estás evitando lo que de verdad tienes que hacer.

La lista de cosas que llevan meses esperando

Porque no es solo la factura. Vamos a ser sinceros.

Hay un cajón que tienes que ordenar desde septiembre. Una cita médica que deberías haber pedido hace tres meses. Un formulario que tienes que rellenar. Un correo que tienes que contestar. Un pago que tienes que hacer.

Todo fácil. Todo rápido. Todo importante. Todo sin hacer.

Y mientras tanto has hecho otras mil cosas. Has aprendido algo nuevo. Has empezado un proyecto personal. Has investigado un tema que te interesaba. Has sido productivo de verdad. Pero en cosas que tu cerebro elegía, no en las que necesitabas hacer.

Es la historia de procrastinar todo pero con un matiz. No procrastinas por pereza. Procrastinas selectivamente. Las cosas interesantes, adelante. Las aburridas, aunque sean críticas, se acumulan en un rincón y crecen como una bola de nieve de culpa.

El sistema de recompensa está roto

Pues mira, te voy a explicar por qué pasa esto con una analogía que a mí me ayudó mucho.

Imagínate que tu cerebro funciona con monedas de dopamina. Cada tarea cuesta un precio. Enviar una factura cuesta 2 monedas. Investigar cómo funcionan los cohetes cuesta 2 monedas. Pero la segunda te devuelve 10 monedas de interés, novedad, estimulación. La primera te devuelve 0. Cero. Nada.

Y tu cerebro no es tonto. No va a pagar 2 monedas por algo que no le devuelve nada cuando hay cosas que le devuelven 10. Así que elige. Automáticamente. Sin consultarte. Y elige lo que le estimula.

En un cerebro "normal", la recompensa de "tarea completada" es suficiente. El simple hecho de tachar algo de la lista genera satisfacción. Pero en algunos cerebros, esa recompensa no existe. O es tan pequeña que no compensa el esfuerzo de activación. Y por eso puedes estar dos horas haciendo algo complejo que te motiva pero no puedes gastar treinta segundos en algo simple que te aburre.

No es lógico. No es racional. Pero es real.

¿Qué pasa cuando se acumulan?

La bola de nieve. Eso pasa.

Una tarea pendiente es manejable. Dos, también. Pero cuando llevas meses acumulando tareas aburridas que no puedes hacer, la lista se convierte en un monstruo. Y el monstruo genera ansiedad. Y la ansiedad hace que sea aún más difícil empezar. Y no empezar genera más tareas pendientes. Y más tareas pendientes generan más ansiedad.

Es un ciclo infernal. Y lo peor es que la gente lo ve desde fuera y piensa "es que no le importa" o "es que es irresponsable". Y por dentro tú estás consumido por la culpa. Porque te importa. Te importa mucho. Pero importarte no es suficiente para mover tu cuerpo hacia esa puñetera factura.

Eso es lo que tardar más en decidir empezar que en hacerlo significa en la vida real. No es indecisión. Es una parálisis real frente a tareas que tu cerebro no puede activar.

Esto puede tener una explicación que no es pereza

Y aquí viene lo que quería decirte desde el principio.

Si te identificas con esto de una manera que va más allá de "bueno, a todos nos pasa un poco", si es un patrón constante que afecta tu vida, si tienes una acumulación crónica de tareas simples que no puedes hacer mientras haces cosas complejas sin problema, puede que lo que te pasa tenga nombre.

TDAH. Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Y una de sus manifestaciones más desconocidas en adultos es exactamente esto: la incapacidad de activarse para tareas que no generan suficiente estimulación, independientemente de su importancia.

No es pereza. Es neurología. Tu cerebro necesita un nivel mínimo de estimulación para arrancar, y las tareas aburridas no llegan a ese mínimo. Punto. No hay fuerza de voluntad que compense eso.

Cuando yo entendí que las tareas fáciles se me resistían por algo más que vagancia, dejé de pelearme con la culpa y empecé a buscar trucos: ponerme música, hacer la tarea aburrida justo después de algo estimulante, usar un timer de cinco minutos. No es perfecto. Pero es mejor que tres semanas mirando una factura.

Esto no sustituye un diagnóstico profesional. Si algo de esto te suena demasiado familiar, habla con un psicólogo o psiquiatra.

La factura sigue ahí

Y a lo mejor mañana la envío. O a lo mejor mañana reorganizo otro cajón. No lo sé. Pero al menos ahora sé por qué pasa. Y eso ya es un primer paso enorme.

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