No puedo estar presente en las conversaciones aunque quiera
Alguien te habla y estás en otro sitio. No es que no te importe. Es que tu cerebro no para de viajar aunque tú quieras quedarte.
Alguien te está contando algo importante. Lo sabes. Lo ves en su cara. Y aun así tu cabeza está en otro sitio.
No en un sitio concreto. En 47 sitios a la vez. En lo que vas a cenar. En esa cosa del trabajo que se te olvidó. En una canción que llevas todo el día en la cabeza. En por qué el techo tiene esa forma rara. En absolutamente cualquier cosa menos en lo que la persona que tienes delante te está diciendo.
Y lo peor es que quieres escuchar. De verdad. Pero tu cerebro no te deja.
¿Por qué tu cuerpo está ahí pero tu cabeza no?
Porque tu sistema de atención no funciona bajo demanda. No puedes decirle "oye, ahora escucha" y que obedezca. Funciona por interés, por novedad o por urgencia. Y una conversación tranquila con alguien que conoces, por mucho que te importe, rara vez genera ninguna de esas tres cosas.
No es que la persona no te interese. Es que tu cerebro no encuentra suficiente estímulo para engancharse y se va a buscar entretenimiento por su cuenta. Dentro de tu propia cabeza.
Es como intentar ver una peli con un crío de tres años al lado. La peli te mola. Pero el crío no para. Se sube, se baja, tira cosas, hace ruido. Y ese crío es tu propio cerebro. No puedes echarlo de la sala. Solo puedes intentar prestar atención a pesar de él.
¿Es falta de interés o falta de control?
Falta de control. Clarísimamente.
Porque el patrón es este: te pasa con gente que te importa. Te pasa con temas que te interesan. Te pasa en situaciones donde deberías estar al 100%. Si fuera falta de interés, solo te pasaría en conversaciones aburridas. Pero no. Te pasa en todas.
Bueno, casi todas. Hay excepciones. Cuando el tema te engancha de verdad, cuando hay conflicto, cuando la historia tiene giros, ahí sí. Ahí tu cerebro se queda. Porque hay suficiente estímulo.
El problema es que la vida real no es una serie de Netflix. No tiene giros cada tres minutos. Las conversaciones cotidianas son tranquilas, lineales, predecibles. Y para un cerebro que necesita estimulación constante, eso es como ponerle un documental sobre la sequía de un lago al crío de tres años.
¿Resultado? Se aburre. Se va. Y tú te quedas con la cara de "estoy escuchando" mientras por dentro estás en Marte.
¿La gente lo nota?
A veces sí. A veces no. Pero tú siempre lo notas.
Y no solo lo notas. Te machacas por ello. "¿Por qué no puedo hacer algo tan simple como escuchar a alguien?" "¿Qué me pasa?" "¿Por qué me cuesta tanto escuchar hasta el final?"
Y la respuesta que te das normalmente es la peor posible: "no me importa lo suficiente". Que es mentira. Pero como no tienes una explicación mejor, te la tragas.
Lo que suele pasar es que desarrollas técnicas compensatorias. Asientes mucho. Dices "ajá" en los momentos correctos. Repites la última frase que has pillado para parecer que estabas escuchando. Son trucos de supervivencia social que aprendes con los años para que nadie se dé cuenta de que llevas cinco minutos en tu mundo.
Pero por dentro lo sabes. Y la culpa se acumula. Sobre todo con la gente cercana. Con tu pareja. Con tus padres. Con tus mejores amigos. Porque son las personas con las que más deberías estar presente y con las que más te cuesta.
¿Y si no es que seas un desastre sino que tu atención funciona diferente?
Te lo planteo sin dramatismo.
Hay un perfil muy concreto de personas cuya atención no se regula internamente. No eligen dónde ponerla. No pueden forzarla. Su atención es como un gato: va donde le da la gana, cuando le da la gana, y no obedece a nadie.
En adultos con TDAH, esto es uno de los síntomas más frustrantes y menos visibles. Porque desde fuera pareces que estás. Estás ahí, sentado, mirando, asintiendo. Pero por dentro no estás. Y la distancia entre lo que pareces y lo que sientes genera una tensión enorme.
No digo que esto sea tu caso. Eso lo tiene que valorar un profesional, no un post de blog. Pero si llevas años pensando que eres mala persona por no poder escuchar, quizá merece la pena considerar que el problema no eres tú. Es tu sistema de atención.
Porque cuando entiendes que tu cerebro funciona así, dejas de machacarte. Y eso, créeme, cambia más cosas de las que imaginas.
No lo soluciona. Pero por lo menos dejas de pensar que eres un desastre humano.
Y eso ya es mucho.
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Si esto de no poder estar presente aunque quieras te acompaña desde siempre, hice un test de 43 preguntas sobre cómo funciona tu atención. Sin diagnóstico, pero con suficiente información para saber si vale la pena hablar con un profesional. Hacer el test TDAH.
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