Hay días que puedo con todo y días que no puedo ni hablar: no hay término medio
Hay días que soy imparable y otros que no puedo ni mantener una conversación. No es exagerar. Es mi vida desde que tengo memoria.
El jueves pasado grabé tres vídeos, contesté cuarenta emails, llamé al dentista (que llevaba posponiendo tres meses), hice la compra, cociné y me quedé hasta las once de la noche montando un sistema de automatización que no me había pedido nadie.
El viernes no pude ni pedir un café.
No estoy exagerando. No estoy siendo dramático para que leas el post. Es que mi novia me habló a las nueve de la mañana y le contesté con un gruñido. Literalmente. Un sonido gutural que en ningún idioma del mundo significa nada concreto. Y ella, que ya me conoce, me miró y dijo: "Vale, hoy es día ladrillo."
Día ladrillo. Así lo llama ella. Porque es como si alguien te hubiera cambiado la cabeza por la noche y donde ayer había un procesador, hoy hay un bloque de hormigón.
¿Cómo es posible funcionar tan distinto de un día a otro?
Pues mira, si lo supiera no habría pasado quince años buscando la explicación.
Intenté de todo. Rastrear mi alimentación. Medir las horas de sueño. Apuntar el ejercicio. Hacer un Excel con variables para encontrar el patrón. Lo abandoné a los cuatro días, obviamente, pero la intención era buena.
Y no encontré nada. Podía dormir ocho horas, comer bien, hacer deporte, y al día siguiente estar fundido. Podía dormir cinco horas, desayunar un café con galletas rancias, y rendir como si tuviera superpoderes.
No había lógica. No había patrón. Mi rendimiento era como una ruleta rusa, pero en vez de balas había versiones de mí mismo: el productivo, el zombie, el hiperactivo, el paralizado.
Y lo peor no era el día malo. Lo peor era el contraste. Porque cuando tienes un día increíble, te creas una expectativa. Piensas "esto soy yo de verdad, esto es lo normal, ayer era la excepción". Y luego llega otro día malo y te destroza. No por el día en sí, sino porque pensabas que ya lo habías superado.
¿Por qué nadie entiende que no hay término medio?
Te lo digo por experiencia: la gente que rinde más o menos igual todos los días no puede entender esto. Les suena a excusa. Les suena a "es que hoy no me apetece". Y no les culpo, porque si tu vida entera ha sido un 6 o un 7 constante, la idea de oscilar entre un 2 y un 11 te parece ciencia ficción.
Pero es que hay días que mi energía va por oleadas que yo no controlo. No es que unos días esté más motivado. Es que unos días mi cerebro funciona y otros simplemente no. Como un coche que unas mañanas arranca a la primera y otras necesitas empujarlo cuesta abajo rezándole a tres santos distintos.
Imagina que tienes una linterna. Pero la linterna no tiene botón de encendido. Se enciende cuando le da la gana. Unas veces ilumina como un foco de estadio y otras emite un hilito de luz que apenas te deja ver dónde pisas. Tú la necesitas para trabajar. Pero no la controlas.
Eso es mi cabeza.
Y lo que más duele es que la gente de tu alrededor se queda con el día bueno. "Si ayer pudiste, hoy también puedes." Que es como decirle a alguien que tuvo fiebre un día: "Si ayer estabas bien, hoy también deberías estarlo." No funciona así. Nunca ha funcionado así.
¿Y si el problema no está en tu voluntad?
Voy a ser directo. Lo que te estoy contando tiene una explicación neurológica. Se llama TDAH. Y una de las cosas que nadie te cuenta del TDAH es que la regulación de energía y activación no funciona como en un cerebro típico.
Tu cerebro necesita dopamina para activarse. Es el combustible. El problema es que la dopamina, no la disciplina, manda en tu rendimiento. Y si tu cerebro produce dopamina de forma irregular, tu rendimiento va a ser irregular. Da igual cuánto duermas, cuánto medites, cuántas rutinas te montes.
No es falta de ganas. No es falta de disciplina. Es neuroquímica.
No estoy diagnosticándote. Esto no sustituye a un profesional. Pero si llevas años saltando entre "puedo con todo" y "no puedo ni hablar" sin ninguna explicación lógica, quizá sea buena idea explorar por qué. A mí me cambió todo. No porque dejara de tener días malos. Sino porque dejé de pensar que eran culpa mía.
Y eso, créeme, es lo que más pesa. La culpa. Porque te puedes adaptar a los días malos. Lo que no puedes es vivir pensando que es porque eres vago cuando en realidad no lo eres.
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