Paso más tiempo pensando en hacerlo que haciéndolo
Llevas horas con una tarea en la cabeza y no la has empezado. No es falta de ganas. Es que pensar y hacer no son lo mismo para todos los cerebros.
La tarea lleva tres días en tu lista.
Tres días mirándola. Pensando en ella. Calculando cuánto tardará. Imaginando cómo vas a hacerla. Repasando los pasos en tu cabeza mientras te duchas, mientras comes, mientras intentas dormir. La conoces de memoria. Sabes exactamente qué hay que hacer.
Y no la has empezado.
¿Por qué piensas tanto y haces tan poco?
A ver, antes de responder esto, déjame preguntarte algo.
¿Cuántas veces has pensado en hacer algo, lo has visualizado perfectamente, te has convencido de que ya casi lo tienes, y luego te has levantado del sofá para hacerlo... y has acabado haciendo otra cosa completamente distinta?
Exacto. Yo también.
La trampa es que pensar en hacer algo se parece mucho a hacerlo. Tu cerebro se activa, genera dopamina, siente que está siendo productivo. Tienes la sensación de que avanzas. Y técnicamente, claro, estás pensando. Estás planeando. Estás preparando.
Solo que no estás haciendo nada.
Y al final del día miras el resultado y la tarea sigue ahí, exactamente igual que tres días antes. Solo que ahora llevas encima el peso de haber pensado en ella durante 72 horas sin moverla ni un centímetro.
El plan perfecto que nunca arranca
Imagina que tienes que mudarte de piso.
En vez de empezar a meter cosas en cajas, te sientas y planificas durante cuatro horas. El orden de las cajas. Qué habitación primero. Si necesitas cinta de embalar o si puedes reutilizar la del Amazon del año pasado. Si metes los libros por tamaño o por temática. Si el camión debería venir por la mañana o por la tarde.
Cuatro horas después, no has metido ni un calcetín en ninguna caja.
Pero sí tienes un plan absolutamente impresionante para cuando llegue el momento de actuar.
Pues mira, eso es exactamente lo que pasa cuando tu cerebro prefiere planificar a ejecutar. La planificación tiene un coste casi cero. No te pide nada. No genera fricción. No tienes que enfrentarte al momento incómodo de empezar algo que no sabes si vas a hacer bien. Solo tienes que pensar. Y pensar, de momento, no duele.
Hacer sí que duele un poco. Hacer implica empezar, y empezar implica que igual te equivocas, que igual tarda más de lo que calculabas, que igual no queda tan bien como lo imaginabas.
El pensamiento es seguro. La acción no lo es tanto.
Y si tu cerebro tiene algún problema con la regulación del inicio, con esa función ejecutiva que se supone que tiene que convertir "quiero hacer X" en "estoy haciendo X"... pues entonces esa brecha entre pensar y hacer se hace enorme.
¿Es que no tienes suficiente motivación?
Eso es lo que suele venir a continuación, ¿no?
"Es que no estoy lo suficientemente motivado." "Es que no me importa de verdad." "Si de verdad quisiera hacerlo, lo haría."
No te voy a engañar, he pensado eso de mí mismo muchísimas veces. Lo de que si realmente me importara algo, lo haría. Y si no lo hago, es señal de que no me importa lo suficiente.
Pero hay un problema con esa lógica, y es que funciona fatal cuando tu cerebro no procesa la motivación de forma lineal.
La mayoría de la gente funciona más o menos así: tiene un objetivo, eso genera motivación, la motivación genera acción. Causa y efecto. Normal.
Hay cerebros que funcionan al revés. Necesitan empezar a actuar para que aparezca la motivación. La acción genera el interés, no al contrario. Y eso significa que si esperas a sentirte motivado antes de empezar, puedes esperar sentado hasta que se críen los pollos, porque la motivación no va a aparecer mientras estés parado.
Y mientras tanto, piensas. Planificas. Repasas. Preparas.
Y el día se acaba y la tarea sigue sin moverse.
Si esto te suena familiar, puede que también te reconozcas en por qué procrastinas aunque sabes perfectamente lo que tienes que hacer. Porque muchas veces el problema no es la falta de claridad. Es que empezar cuesta una barbaridad por razones que no tienen nada que ver con la voluntad.
El momento de empezar es el más difícil de todos
Hay un momento muy concreto que quiero que visualices.
Tienes la tarea en la cabeza. Sabes lo que hay que hacer. Has pensado en ella lo suficiente. Llega el momento de abrir el documento, o coger el teléfono, o sentarte en la silla y empezar. Y justo ahí, en ese milisegundo, algo falla.
No es que te distraigas. No es que aparezca algo más urgente. Es que hay como una barrera invisible entre "voy a empezar" y "estoy empezando". Y esa barrera no se ve. No se puede señalar con el dedo. Pero está ahí, y te impide cruzarla.
Mucha gente que tiene TDAH describe exactamente eso. La dificultad no es mantener el foco una vez que empiezan. Es arrancar. El inicio es lo que falla. Y como el inicio falla, lo que hacen es quedarse en el limbo del pensamiento eterno, que parece productivo pero no lo es.
De hecho, si esto te resuena, hay un post que explica muy bien por qué te pasas horas preparándote para empezar y nunca empiezas. Porque el ritual de preparación también es una forma de posponer el momento de cruzar esa barrera.
El problema no eres tú, pero tú puedes hacer algo con él
Mira, no te digo esto para que te quedes tranquilo y no hagas nada. Te lo digo porque entender por qué pasa algo es el primer paso para poder hacer algo al respecto.
Si el problema es que tu cerebro necesita acción para activarse, la solución no es esperar a tener más ganas. La solución es crear condiciones para que el inicio sea tan pequeño que no duela. Un minuto. Una línea. Un solo paso que sea tan ridículo que no tenga ningún sentido no darlo.
No el plan completo. No la versión perfecta. No cuando estés listo.
Ahora. Con lo que tienes. Aunque sea una mierda.
Porque una vez que empiezas, el cerebro engancha. Y si no engancha en esa sesión, al menos habrás roto el ciclo del pensamiento eterno.
Eso sí. Si llevas meses, o años, con esta sensación de que pensar es tu modo por defecto y actuar es una excepción, vale la pena preguntarse si hay algo más detrás. Que a mucha gente le cueste más que a los demás no es casualidad ni es pereza. Hay cerebros que necesitan más estructura, más estímulo externo, más fricción reducida, para poder convertir intención en acción.
Y eso tiene nombre, en muchos casos.
No soy médico, y si sospechas que algo de esto va contigo de forma seria, lo suyo es hablarlo con un psicólogo o psiquiatra. No con un tío de internet que hace vídeos caminando por Wrocław.
Pero si quieres un primer punto de partida, algo que te ayude a ordenar todo esto antes de dar ningún paso...
Hice un test de 43 preguntas para ayudarte a entender cómo funciona tu cerebro. Diez minutos, gratis, sin diagnóstico. Solo información. Si llevas tiempo preguntándote por qué piensas tanto y haces tan poco, puede ser un buen sitio por donde empezar. Hacer el test aquí.
Sigue leyendo
Siento que todo es urgente aunque objetivamente no lo sea
Tu cerebro trata un email como una emergencia y una emergencia como un email. Todo urgente, todo ya, todo a la vez. Y no puedes pararlo.
Me aburro si no pasa nada emocionante: necesito estímulo constante
La calma te incomoda. Necesitas que pase algo, lo que sea. Tu cerebro pide estímulo constante y no sabes por qué.
Dejo la ropa para lavar hasta que no tengo nada limpio que ponerme
Pospones lavar la ropa hasta quedarte sin opciones. No es dejadez. Es lo que pasa cuando tu cerebro no puede arrancar con tareas que no le interesan nada.
Dejo los libros a la mitad y tengo una mesilla llena de marcadores
Compras el libro, lo empiezas con energía, lo dejas en la página 47. Una y otra vez. No es que no te guste leer. Es algo más.