No puedo concentrarme trabajando desde casa aunque quiero
Tu casa es un campo minado de distracciones y no es falta de disciplina: así funciona un cerebro que necesita estructura externa para arrancar.
La cocina te llama. El sofá te llama. Hasta la lavadora te llama.
Y no te llaman con un "oye, cuando puedas". Te llaman con la fuerza de un niño de cuatro años tirándote de la manga. "Oye. Oye. OYE. Que hay platos. Que se podría poner una lavadora. Que el sofá está ahí. Que podrías echarte cinco minutitos."
Tu casa es un campo minado de distracciones. Y tú estás intentando cruzarlo descalzo, con los ojos vendados, mientras alguien te grita los resultados de fútbol desde la otra habitación.
Lo mejor de todo es que quieres trabajar. Estás sentado. Has abierto el portátil. Tienes el café al lado. Has hecho todo el ritual. Pero algo dentro de tu cabeza dice "mira, ahora vamos a pensar en esa mancha del techo que lleva ahí tres meses" y ya está. Se fue la mañana.
¿Por qué me pasa esto si yo quiero currar?
Pues mira, esto es lo primero que tienes que escuchar: no es culpa tuya.
No. No es que seas vago. No es que no te esfuerces. No es que "realmente no quieras" trabajar. Porque si fuera eso, no estarías leyendo esto. Estarías en el sofá tan tranquilo, sin conflicto ninguno, viendo una serie sin remordimientos.
Pero no. Estás aquí. Buscando respuestas. Porque lo que te pasa te frustra la hostia.
Llevas semanas, meses, quizá años intentando rendir desde casa. Y hay días que lo consigues. Días donde algo hace clic y te comes el mundo. Pero la mayoría de los días no. La mayoría de los días acabas las ocho horas con la sensación de que has hecho dos horas reales de trabajo. Y encima agotado, porque resistir la tentación de todo lo que hay a tu alrededor consume más energía que el trabajo en sí.
Y lo peor es la culpa. Esa vocecita que dice "si estuvieras en una oficina no te pasaría esto". Que probablemente sea verdad. Pero eso no te ayuda, porque el teletrabajo es tu realidad y la oficina no es una opción.
¿Por qué el teletrabajo es especialmente difícil para ciertos cerebros?
A ver, la oficina es un sitio horrible en muchos sentidos. Ruido, interrupciones, el compañero que come atún con la boca abierta. Pero tiene algo que tu casa no tiene: estructura externa.
En la oficina hay horarios que se respetan porque hay gente mirando. Hay un jefe que pasa por tu mesa. Hay reuniones que te obligan a moverte. Hay un entorno que grita "esto es un sitio de trabajo" desde cada esquina. Y tu cerebro recibe esas señales y se activa.
Tu casa grita lo contrario.
Tu casa grita "aquí se descansa, aquí se come, aquí se ve la tele, aquí se vive". Y de repente le pides a tu cerebro que ignore todo eso y se ponga en modo productivo. Es como intentar estudiar en la cama. Técnicamente se puede. En la práctica, tu cuerpo y tu cerebro están diciendo "tío, aquí se duerme, no me líes".
El problema no es el espacio físico. El problema es que hay cerebros que necesitan señales externas para funcionar. Que sin esas señales, sin esa estructura que viene de fuera, no arrancan. Como un coche que necesita que alguien le empuje para que el motor se ponga en marcha. La gasolina está ahí. El motor funciona. Pero sin ese empujón inicial, nada.
Y tu casa no empuja. Tu casa abraza. Y te dice "quédate".
¿Y si los consejos típicos no me funcionan?
"Hazte un espacio de trabajo separado." Genial. Si tienes un piso de 40 metros cuadrados, tu espacio de trabajo separado es la esquina del salón que has intentado convencer a tu cerebro de que es "la zona de currar". Tu cerebro no se lo traga. Él sabe que a dos metros está la tele.
"Ponte horarios fijos." Vale. Te los pones. A las nueve empiezo. A las nueve y cuarto estás mirando el móvil. A las nueve y media te levantas a por agua. A las diez te dices "bueno, empiezo a y media". A las once es la hora del café. A las doce ya es casi la hora de comer. Y has trabajado 23 minutos.
"Vístete como si fueras a la oficina." Mira, me he puesto camisa, me he peinado, me he echado colonia. Y sigo sin poder abrir el puñetero Excel. Porque el problema no está en la ropa.
Todos estos consejos asumen algo: que el problema es de organización. Que si pones las condiciones externas correctas, tu cerebro responderá. Y para mucha gente funciona. Pero para ti, no. Porque tu problema no es de organización. Tu problema es que tu cerebro necesita algo más que condiciones externas. Necesita un nivel de estimulación que tu casa, por definición, no te da.
¿Qué está pasando de verdad en mi cabeza?
O sea, vamos a lo que importa.
Hay cerebros que se autorregulan bien. Que cuando dicen "ahora toca trabajar", algo interno se activa y empiezan. Como un interruptor. Clic. Modo trabajo.
Y hay cerebros que no tienen ese interruptor. O que lo tienen, pero está suelto. A veces hace contacto, a veces no. Y cuando no lo hace, da igual cuánto quieras, cuánto te esfuerces, cuántas listas hagas. No arranca.
Esto tiene que ver con la estimulación. Tu cerebro necesita un nivel mínimo de activación para funcionar. En la oficina, ese nivel lo cubren los estímulos externos: gente, ruido social, presión visual, la sensación de "me están viendo". En casa, esos estímulos desaparecen. Y tu cerebro, en vez de buscar la estimulación en el trabajo, la busca en lo primero que encuentra. La cocina. El móvil. La mancha del techo. Cualquier cosa que genere algo de movimiento dentro de tu cabeza.
No es que quieras distraerte. Es que tu cerebro está buscando desesperadamente algo que le active. Y el informe de ventas del tercer trimestre no le activa. Pero abrir la nevera, sí. Porque abrir la nevera es inmediato, sensorial, fácil. Y tu cerebro va a lo fácil como el agua va cuesta abajo.
¿Sabes esa sensación de que te cuesta todo más que a los demás? ¿Que te pones a currar y a los tres minutos tu cabeza ya se ha ido a otro planeta? Es el mismo mecanismo. Tu cerebro no filtra bien los estímulos irrelevantes. En una oficina, los estímulos relevantes ganan por volumen. En tu casa, ganan los irrelevantes. Y tú estás ahí en medio, intentando que tu atención se quede donde tiene que quedarse, como alguien que intenta sujetar un globo de helio en un huracán.
Y no. Poner música de fondo a veces ayuda. Porque le da a tu cerebro ese nivel base de estimulación que necesita. Pero no siempre es suficiente. Porque el problema es más profundo que "me falta ruido de fondo".
¿Puede que esto tenga un nombre?
Mira, voy a decirte algo que a lo mejor no esperas.
Todo lo que te acabo de describir. La necesidad de estructura externa. El cerebro que no arranca sin estimulación. La incapacidad de filtrar distracciones. El hecho de que en la oficina funcionas mejor que en casa, no porque seas más disciplinado allí, sino porque el entorno hace el trabajo que tu cerebro no hace solo. Que las reuniones se te hacen imposibles cuando son online desde tu salón.
Todo eso tiene nombre.
Se llama TDAH. Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Y antes de que pienses "eso es lo de los niños que no paran quietos", no. Es mucho más que eso. Es exactamente esto que estás viviendo. Un cerebro que funciona diferente. Que necesita más estimulación, más estructura externa, más señales del entorno para activarse. Que no es vago, ni incapaz, ni está roto. Pero que en un entorno sin estructura, como tu casa, se queda sin combustible.
No lo digo para diagnosticarte. No soy médico. Pero lo digo porque yo he vivido exactamente esto. Y cuando le puse nombre, cuando entendí que no era una cuestión de voluntad sino de neurología, algo cambió. No desapareció el problema. Pero dejé de machacarme.
Y eso, créeme, cambia todo.
Nota: este artículo refleja mi experiencia personal y la de muchos lectores. No es un diagnóstico ni sustituye la valoración de un profesional de salud mental. Si te ves reflejado, el siguiente paso es hablar con alguien cualificado.
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