No encuentro nada en mi propia casa aunque llevo años viviendo aquí

Llevas años viviendo en tu casa y cada mañana buscas el cargador como si fuera la primera vez. No es desorden. Es tu cerebro.

Llevas media hora buscando el cargador. Vives aquí desde hace 4 años. Y aun así, cada mañana es una búsqueda del tesoro sin mapa ni tesoro.

Lo has dejado "en algún sitio". Estás seguro. Casi lo recuerdas. Fue ayer. O anteayer. Puede que fuera en el sofá. O en la cocina. O encima de esa silla que funciona como almacén de todo lo que no tiene sitio.

Y ahí estás. A las ocho de la mañana. Con el móvil al 7%. Buscando un puñetero cable como si tu casa fuera un laberinto.

¿Por qué no encuentras las cosas si siempre las dejas en el mismo sitio?

Pues mira, ese es el chiste. Porque no las dejas siempre en el mismo sitio. Crees que sí. Tu cerebro te cuenta esa historia. Pero la realidad es que cada vez que entras por la puerta, dejas las cosas donde tu atención se apaga. Y tu atención se apaga en un sitio distinto cada día.

O sea, tú llegas a casa, estás pensando en tres cosas a la vez, el móvil suena, te acuerdas de que tenías que mandar un correo, y mientras tanto sueltas las llaves. No las colocas. Las sueltas. En la primera superficie que pilla tu mano. Que hoy es la encimera, mañana la estantería y pasado la puñetera lavadora.

Y al día siguiente tu cerebro busca las llaves en "su sitio". Que no existe. Porque "su sitio" es donde las dejaste la última vez, y la última vez las dejaste en un sitio que ya no recuerdas.

Esto no es un problema de orden. Esto es un problema de piloto automático roto.

La mayoría de la gente tiene un sistema automático que dice: "llaves van aquí, cartera va allí, móvil se carga en este enchufe". No lo piensan. Lo hacen. Como quien respira.

Pero si tu cerebro funciona con otras reglas, ese piloto automático no existe. O existe a ratos. Lo que hay es un sistema que decide en tiempo real, y en tiempo real tu cerebro está en otra galaxia.

Es como vivir en un escape room permanente

Imagínate que cada mañana alguien entra en tu casa por la noche y mueve tres cosas de sitio. Nada grave. El mando de la tele, unas tijeras, el cargador. Cosas pequeñas. Pero lo suficiente para que al día siguiente pierdas diez minutos buscando.

Pues eso es lo que haces tú solo. El que entra por la noche y mueve cosas eres tú mismo a las once de la noche con el cerebro ya apagado.

Y lo peor no es buscar. Lo peor es la sensación de que esto no debería ser difícil. Que vives aquí. Que son tus cosas. Que nadie las ha movido. Y aun así no las encuentras.

Esa sensación de "esto no tiene sentido" es la que más desgasta. Porque no es un problema grande. No es algo que puedas poner en una conversación seria. No le vas a decir a tu colega: "Oye, es que no encuentro las tijeras y me está generando una crisis existencial". Pero por dentro, después de la búsqueda número 347 del mes, algo se acumula.

Y si encima eres de los que pierden las llaves, el móvil y las gafas en el mismo día, sabes exactamente de lo que hablo. No es un evento aislado. Es un patrón que se repite con la constancia de un reloj suizo.

No es que seas desordenado. Es que tu cerebro no automatiza lo aburrido.

A ver, ¿qué pasa? Que guardar las cosas en su sitio es la tarea más aburrida del universo. No tiene recompensa. No tiene gracia. No tiene novedad. Y tu cerebro se activa con recompensa, gracia y novedad. Con lo cual, guardar las llaves en el cajón compite contra absolutamente cualquier otro estímulo que pase por tu cabeza en ese momento.

Y siempre pierde.

No es pereza. No es dejadez. Es que tu sistema de atención no prioriza las tareas invisibles. Las que no tienen deadline, no tienen consecuencias inmediatas y no generan ningún tipo de emoción.

Guardar un cable. Colgar la chaqueta. Poner las llaves en la bandeja de la entrada.

Son tareas de 3 segundos que requieren un tipo de atención que no tienes disponible. Y como no las haces en el momento, se pierden. Literalmente.

Esto es lo mismo que le pasa a la gente que tiene el escritorio hecho un caos permanente. No es que les guste el desorden. Es que su cerebro no registra "guardar esto" como algo que merezca atención.

Lo que me funciona a mí (que no es perfecto, pero es algo)

No te voy a engañar. Sigo perdiendo cosas. A estas alturas ya he aceptado que mi casa tiene una especie de triángulo de las Bermudas donde los objetos desaparecen sin explicación.

Pero hay dos cosas que han reducido bastante el caos.

La primera: sitios fijos. No como concepto. Como sistema físico. Una bandeja en la entrada para las llaves, la cartera y el móvil. Un enchufe concreto para el cargador. Un gancho para los cascos. No porque un día decidí ser ordenado. Sino porque cada vez que busco algo durante 15 minutos, la rabia es suficiente motivación para crear un sitio fijo para esa cosa concreta.

O sea, no me organicé. Me harté.

La segunda: asumir que mi "yo del futuro" no va a recordar nada. Si dejo algo en un sitio que no es el habitual, me lo digo en voz alta. "El cargador está en la mochila." Suena ridículo. Pero funciona más veces de las que debería.

Parece una tontería, pero la diferencia entre externalizar un recuerdo y confiar en tu memoria cuando tienes un cerebro que olvida en tiempo real es la diferencia entre encontrar las cosas y pasarte la mañana buscándolas.

Y si esto te pasa con todo, no solo con el cargador

Si no es solo el cargador. Si es el cargador, las llaves, las gafas, los auriculares, el mando, las tijeras, ese papel que necesitabas justo hoy. Si cada día hay al menos una búsqueda que no debería existir. Si la gente a tu alrededor no entiende cómo puedes perder cosas dentro de tu propia casa.

Entonces a lo mejor no es un problema de organización. A lo mejor es que te cuesta todo más que a los demás por razones que no tienen que ver con la voluntad.

Esto no es un diagnóstico, que no soy médico ni me corresponde. Pero si reconoces este patrón en demasiadas áreas de tu vida, lo que toca es hablarlo con un profesional que pueda darte respuestas de verdad.

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