No puedo concentrarme en nada y no entiendo por qué

Llevas una hora delante de la pantalla sin escribir ni una línea. No es pereza. No es falta de ganas. Y tiene una explicación que nadie te ha dado.

Llevas una hora delante de la pantalla. No has escrito ni una línea. Y no es porque no quieras.

Que ese es el tema.

Que si fuera porque no quisieras, sería fácil. Te levantarías, te irías a ver una serie, y punto. Pero no. Estás ahí. Sentado. Con el documento abierto. Con el cursor parpadeando. Con toda la intención del mundo de hacer lo que tienes que hacer. Y no puedes.

Tu cuerpo está en la silla. Tu cabeza está en Marte.

Esto no es pereza (aunque lo parezca)

A ver, vamos a empezar por aquí. Porque seguro que ya te lo has dicho: "Es que soy vago". O la versión premium: "Es que me falta disciplina".

No.

La pereza tiene una pinta muy concreta. La pereza es no querer hacer algo y no hacerlo. Es tumbarte en el sofá y elegir conscientemente que hoy no te mueves. Y te quedas tan ancho. Sin culpa. Sin ansiedad. Sin esa sensación de que estás fallando.

Lo que tú tienes no se parece en nada a eso.

Lo que tú tienes es querer hacer algo con todas tus fuerzas y que tu cerebro simplemente no arranque. Es como tener un coche al que le das a la llave y el motor gira pero no enciende. Y tú ahí, dale que dale, pensando que si le das una vez más arrancará. Pero no arranca. Y el problema no es la llave. El problema es algo dentro del motor que no puedes ver.

Y encima te sientes culpable. Porque desde fuera parece que no estás haciendo nada. Y desde dentro sabes que lo estás intentando con todo lo que tienes.

¿Por qué unos días sí y otros no?

Esto es lo que más desconcierta.

Porque si fuera constante, lo asumirías. Dirías "pues mira, mi cabeza no funciona bien" y buscarías ayuda. Pero no es constante. Hay días que te sientas y las cosas fluyen. Te concentras. Produces. Sientes que eres una persona normal. Y piensas: "Ves, si puedo. Solo tengo que esforzarme más".

Y al día siguiente, nada.

Misma silla. Mismo ordenador. Misma tarea. Cero concentración. Como si alguien hubiera entrado por la noche y te hubiera cambiado el cerebro por uno de segunda mano.

Esa inconsistencia es lo que te mata. Porque no te permite construir una explicación que tenga sentido. Si siempre fuera malo, buscarías una causa. Si siempre fuera bueno, no habría problema. Pero ese modo on y off de tu atención te mantiene en un limbo donde no sabes si el problema eres tú, tu entorno, tu trabajo o los astros.

Y claro. Como hay días buenos, la conclusión obvia es: "Puedo hacerlo, así que cuando no lo hago es porque no me esfuerzo lo suficiente".

Esa conclusión es mentira. Pero es una mentira muy convincente.

La trampa del esfuerzo

Imagínate que tienes un grifo. Algunos días sale agua normalmente. Otros días, solo salen gotas. Y otros días, sale a presión como si hubiera una emergencia.

Tú no controlas la presión. No hay una válvula que puedas girar. El agua va y viene cuando le da la gana. Pero como a veces sale bien, todo el mundo asume que si no sale, es porque no estás abriendo bien el grifo. "Gíralo más fuerte." "Ponle más ganas."

Y tú ahí, girando con todas tus fuerzas un grifo que no depende de cuánto lo gires.

Eso es lo que pasa cuando intentas concentrarte a base de fuerza de voluntad y tu cerebro no coopera. No es un problema de ganas. Es un problema de regulación. Tu cerebro no regula la atención como se supone que debería. Y no es algo que puedas arreglar con un post-it que diga "ENFOCATE" pegado en la pantalla.

Ya lo has intentado. Ya has probado las listas. Las apps. Los Pomodoros. Levantarte a las 5. Meditar. Café. Más café. Y a veces funciona y a veces no, y nunca sabes por qué.

Lo que nadie te ha preguntado

Te han dicho "concéntrate". Te han dicho "deja el móvil". Te han dicho "ponte las pilas". Pero nadie te ha preguntado una cosa.

¿Y si no es que no te concentres, sino que tu cerebro funciona diferente?

Porque hay una diferencia enorme. La primera asume que el problema es tu comportamiento. Que si cambias lo que haces, se arregla. La segunda asume que el problema es más profundo. Que por mucho que cambies lo que haces, si no entiendes cómo procesa tu cabeza, vas a seguir chocando contra el mismo muro.

Y pues mira, te lo digo por experiencia: a mucha gente le cuesta todo más que a los demás y no es por falta de voluntad. Es porque su cerebro necesita cosas distintas para funcionar. Estímulo. Urgencia. Novedad. Interés. Y cuando no las tiene, se apaga. No porque quiera. Porque está diseñado así.

Lo mismo que te distraes con cualquier cosa no es un defecto de carácter. Es un patrón. Y los patrones se pueden entender.

Quizá tenga nombre

Voy a decirte algo que a lo mejor ya sospechas.

Esa incapacidad de concentrarte que va y viene. Esos días en los que no rindes y no sabes por qué. Esa sensación de que tu atención funciona con reglas propias que nadie te ha explicado.

Hay bastante gente a la que le pasa exactamente lo mismo. Y en muchos casos, eso tiene nombre. Se llama TDAH. Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad.

No, no es "el trastorno de los niños que no paran quietos". Es, entre otras cosas, un problema de regulación de la atención en adultos que pasan completamente desapercibidos. Porque sacan las cosas adelante. Porque compensan. Porque llevan toda la vida dando vueltas a una llave que no enciende el motor y piensan que es culpa suya.

Puede que sea tu caso. Puede que no. No soy médico, y esto no sustituye un diagnóstico profesional. Pero sí puedo decirte que cuando yo descubrí que mi foco roto tenía explicación, todo empezó a tener sentido. No se arregló de la noche a la mañana. Pero por primera vez supe qué preguntas hacerle a un profesional.

No necesitas más disciplina. Necesitas más información.

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