Desaparezco de la vida de la gente sin querer y cuando vuelvo es raro
No eres mala persona. No pasas de nadie. Simplemente tu cerebro no te avisa de que llevas tres meses sin hablar con tu mejor amigo.
Tengo un amigo que no me ha hecho nada. No hemos discutido. No ha pasado nada raro. Simplemente, un día dejé de escribirle. Y cuando me di cuenta, habían pasado cuatro meses.
Cuatro meses sin un mensaje. Sin una llamada. Sin un "oye, ¿qué tal?". Y el tío sigue ahí, en mis contactos, y yo cada vez que veo su nombre pienso "debería escribirle". Pero no lo hago. Porque ahora han pasado tantos meses que empezar la conversación se siente raro.
"Hey, ¿qué tal?" Después de cuatro meses. Suena patético. Suena a que te necesito para algo. Suena a que me he acordado de ti porque me aburría.
Y no es nada de eso. Es que mi cerebro no me avisó. En ningún momento de esos cuatro meses me dijo "oye, llevas mucho sin hablar con tu amigo". O sí me lo dijo, pero a las tres de la mañana, o mientras conducía, o en la ducha. Nunca en un momento en que pudiera hacer algo al respecto.
¿Por qué desapareces de la vida de la gente?
Porque mantener relaciones requiere memoria prospectiva. Y tu memoria prospectiva es un desastre.
La memoria prospectiva es la que te dice "tienes que hacer esto en el futuro". Llamar al dentista. Devolver un libro. Escribir a tu amigo. Es distinta de la memoria retrospectiva, que es la que recuerda lo que ya pasó.
Y en muchas personas, la memoria prospectiva funciona en piloto automático. Algo les recuerda a su amigo, "ah, debería escribirle", y lo hacen en ese momento. Sin pensarlo. Sin planificarlo.
En tu caso, algo te recuerda a tu amigo, piensas "debería escribirle", pero en ese momento estás haciendo otra cosa. "Luego le escribo." Y ese "luego" no llega nunca. Porque tu cerebro ya ha pasado a otra cosa. Y tu amigo se queda en la lista de "pendientes mentales" que nunca se ejecutan.
Es como tener una lista de tareas invisible que se borra cada vez que te distraes. Y te distraes todo el rato.
El resultado es que tus amigos creen que pasas de ellos. Que no te importan. Que has decidido alejarte. Cuando la realidad es que ni siquiera te has dado cuenta de que te has alejado.
¿Y qué pasa cuando quieres volver?
Ahí está el segundo problema. Porque desaparecer es malo, pero volver es peor.
Después de meses sin contacto, escribir un mensaje se siente como un examen. "¿Qué le digo? ¿Cómo explico el silencio? ¿Estará enfadado? ¿Debería pedir perdón? ¿O hago como si no hubiera pasado nada?"
Y esa parálisis por análisis hace que no mandes el mensaje. Otro día más. Otra semana. Otro mes. Y el agujero se hace más grande.
La ironía es que la mayoría de las veces, la otra persona ni está enfadada. Está triste. O ni siquiera se ha dado cuenta. O te manda un "tío, ¿dónde te habías metido?" con cero drama. Y tú habías construido un muro mental de ansiedad sobre una conversación que dura quince segundos.
Pero tu cerebro no sabe eso hasta que lo pruebas.
Lo que hago para no desaparecer
Te lo digo honestamente: sigo desapareciendo. Pero menos. Y la clave ha sido dejar de confiar en mi cerebro para mantener las relaciones.
Lo primero: recordatorios. Sí, suena frío. Pero un recordatorio cada dos semanas que dice "escribir a [nombre]" funciona mejor que mi memoria. Mi cerebro no es fiable para esto. Mi móvil sí.
Lo segundo: mensajes cortos y sin presión. No necesitas mandar un párrafo explicando tu silencio. "Oye, acabo de pensar en ti. ¿Qué tal todo?" Eso es suficiente. La gente no quiere una disertación. Quiere saber que existes y que te acuerdas de ellos.
Lo tercero: cuando reaparezco después de mucho tiempo, soy honesto. "Perdona que desaparezca. No es por ti. Es que se me va la olla y de repente han pasado tres meses." La mayoría de la gente lo entiende. Los que no lo entienden probablemente no estaban tan cerca.
Y si esto te pasa con todo el mundo, si socializar te agota y mantener relaciones se siente como un trabajo a tiempo completo, quizá no eres una mala persona. Quizá tu cerebro gestiona las relaciones de una forma que necesita apoyo.
Un profesional puede ayudarte a entender si lo que te pasa tiene un nombre. Y si lo tiene, hay formas de hacer amigos siendo adulto que funcionan con tu cerebro, no contra él.
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