Mi atención depende del día y no sé por qué

Hay días que te concentras sin esfuerzo. Otros, ni con toda la voluntad del mundo. Si tu atención varía según el día, esto te va a sonar mucho.

Ayer trabajé cuatro horas seguidas. Sin distracciones. Sin mirar el móvil. Sin levantarme a por agua cada diez minutos con la excusa de que tenía sed.

Hoy llevo una hora mirando la pantalla y no he hecho nada.

La misma persona. El mismo portátil. La misma tarea. Y un rendimiento completamente distinto. Como si alguien hubiera intercambiado mi cerebro de ayer por uno de repuesto que no funciona igual.

¿Qué ha cambiado entre ayer y hoy?

Esa es la pregunta que llevo años haciéndome. Y la respuesta honesta es: no lo sé.

No he dormido peor. No tengo más estrés. No he cambiado la dieta ni el café ni el orden en el que hago las cosas. Desde fuera, todo es idéntico. Y aun así, hoy mi atención varía según el día de una forma que no consigo predecir ni controlar.

Y lo más desesperante no es que pase. Es que no puedes anticiparlo.

Imagínate que tienes un coche. Algunos días arranca a la primera y va como un tiro. Otros días le das a la llave y el motor gira, gira, gira... y nada. No hay un patrón claro. No es el frío. No es la batería. Es simplemente que hoy no es el día del coche. Y tú ahí, mirando el volante, sin saber si esperar o empujar.

Eso es lo que siente mucha gente con la atención. Y no es pereza. No es falta de disciplina. Es que la regulación de la atención no funciona como te han dicho que funciona.

El mito del esfuerzo constante

Te han vendido la idea de que la concentración es como un músculo. Que si te esfuerzas, mejora. Que si entrenas, se vuelve consistente. Que con suficiente disciplina, puedes sentarte cuando toca y producir cuando toca.

Y a lo mejor para algunas personas funciona así.

Pero hay un montón de gente para la que no. Gente que se esfuerza más que nadie. Que prueba todas las técnicas. Pomodoro. Bloques de tiempo. Levantarse a las 5. Meditación. Apps de bloqueo. Un post-it con "ENFÓCATE" pegado en la pantalla. Y algunos días funciona y otros días no, y la clave de por qué unos sí y otros no sigue siendo un misterio absoluto.

Y claro, como hay días buenos, la conclusión lógica es: "Si puedo cuando quiero, cuando no puedo es porque no estoy poniendo suficiente empeño".

Esa conclusión parece lógica. Y es completamente errónea.

Lo sé porque durante años pensé exactamente lo mismo. Y cada día malo se convertía en evidencia de que era un vago. No en evidencia de que algo no cuadraba con la explicación que tenía de mí mismo.

Por qué la inconsistencia es lo que más duele

Si tu atención fuera siempre mala, lo asumirías. Buscarías ayuda. Dirías "esto no funciona" y harías algo al respecto.

Si fuera siempre buena, no habría problema.

Pero ese modo on y off de la atención te mantiene en un limbo muy concreto. Porque cuando estás en modo on, sientes que eres una persona completamente normal. Que rindes. Que produces. Que esto de la concentración no era para tanto.

Y cuando estás en modo off, te preguntas qué coño ha pasado.

Y la distancia entre esos dos estados, que puede ser de un día para otro sin razón aparente, es lo que te impide construir una explicación que tenga sentido. Porque si tuvieras una causa clara, podrías hacer algo. Pero cuando la atención varía según el día sin seguir ninguna lógica visible, solo te queda pensar que el problema eres tú.

O que quizá hay algo más.

A mí me pasaba exactamente esto

No hace falta que te cuente la historia completa ahora mismo. Pero durante mucho tiempo pensé que era un caso raro. Que tenía días buenos y días malos como todo el mundo, y que si me esforzaba más en los malos, se arreglaría.

No se arreglaba.

Lo que sí cambió fue entender que a mucha gente le cuesta todo más que a los demás no porque sean vagos, sino porque su cerebro procesa la atención con reglas distintas. Necesita estímulo. Novedad. Urgencia. Interés real. Y cuando no tiene eso, no arranca. No porque no quiera. Porque está construido así.

O sea, que el problema no es la fuerza de voluntad. El problema es que intentas usar la fuerza de voluntad para arreglar algo que no es un problema de voluntad.

Es como intentar ver mejor apretando más los ojos. No funciona. Lo que necesitas son unas gafas.

¿Y qué hago con esto?

Lo primero: dejar de culparte por los días malos.

No significa rendirse. No significa que te pongas a ver Netflix cuando no tienes concentración. Significa dejar de interpretar los días malos como evidencia de que eres un fracaso y empezar a verlos como información.

¿Cuándo pasa más? ¿En qué tipo de tareas? ¿Hay algún patrón aunque no sea obvio?

Lo segundo: plantearte si esto tiene un nombre.

Porque esa incapacidad de predecir tu propia atención, esa variabilidad que no responde a la lógica, esa sensación de que tu cerebro tiene reglas propias que nadie te ha explicado... hay gente a la que le pasa exactamente lo mismo. Y en muchos casos tiene explicación. Se llama TDAH. No el trastorno de los niños que no paran quietos. El de los adultos que compensan toda la vida y nunca saben muy bien por qué les cuesta más que a los demás.

Puede ser tu caso. Puede que no. No soy médico y esto no sustituye el diagnóstico de un profesional. Pero cuando yo descubrí que mi foco roto tenía explicación, por primera vez supe qué preguntas hacerle a alguien que sí sabía.

Y eso ya fue un cambio brutal.

El punto de partida más honesto que conozco

Si algo de esto te suena. Si reconoces esa sensación de no entender por qué hoy sí y mañana no. Si llevas tiempo pensando que el problema eres tú y empieza a no cuadrar del todo.

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