Mis rutinas duran dos semanas y luego desaparecen
La semana 1 es perfecta. La semana 2 empieza a tambalearse. La semana 3 ya ni existe. Y vuelta a empezar.
Semana 1: "Esto es lo mío. He encontrado la rutina perfecta." Semana 2: "Bueno, hoy me la salto pero mañana retomo." Semana 3: no hay semana 3.
Me ha pasado con las rutinas de mañana. Con las rutinas de noche. Con las rutinas de ejercicio. Con la rutina de escribir un diario. Con la rutina de planificar la semana los domingos. Todas tienen el mismo destino: dos semanas de vida y una muerte silenciosa.
Y lo curioso es que las primeras dos semanas son increíbles. Estoy cumpliendo, me siento bien, empiezo a ver resultados. Y justo cuando debería estar consolidando el hábito, mi cerebro dice "ya está, siguiente".
¿Por qué siempre son dos semanas?
No es casualidad. Es dopamina.
Las dos primeras semanas de cualquier cosa nueva son las que más dopamina generan. Todo es nuevo. Todo es interesante. El cerebro está en modo exploración y la dopamina fluye sin esfuerzo. Estás motivado sin intentarlo.
Pero alrededor de la semana dos, la novedad se agota. Tu cerebro ya ha mapeado todo el territorio. Ya sabe qué esperar. Y cuando sabe qué esperar, deja de liberar dopamina al mismo nivel. La motivación no desaparece de golpe. Se evapora poco a poco, como el agua de un charco al sol.
Es como cuando descubres una serie nueva. Los primeros episodios son adictivos. A mitad de temporada ya miras el móvil mientras ves el capítulo. Y al final, la abandonas sin llegar al desenlace. No porque sea mala. Porque tu cerebro ya extrajo toda la novedad que podía sacar de ahí.
El ciclo que se repite una y otra vez
Lo conozco de memoria. Y estoy bastante seguro de que tú también.
Fase 1: Descubres una rutina nueva. Un vídeo de YouTube, un libro, un artículo. "Esto es exactamente lo que necesitaba." Entusiasmo máximo.
Fase 2: La implementas. Y funciona. Te sientes productivo, organizado, incluso orgulloso. "¿Ves? Sí puedo."
Fase 3: El bajón llega. Un día te la saltas. No pasa nada, piensas. Mañana retomo. Pero mañana también te la saltas. Y pasado. Y de repente llevas una semana sin hacerla y ya te da pereza volver a empezar.
Fase 4: Culpa. "¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo hacer algo tan simple?" Te sientes como si fueras el problema.
Fase 5: Nueva rutina. Otra app. Otro sistema. Otro cambio de app de productividad cada mes. Y vuelta a la fase 1.
¿Y si el problema no eres tú sino la rutina?
No te voy a engañar. A veces el problema es la rutina. Rutinas demasiado ambiciosas, demasiado rígidas, demasiado alejadas de cómo funcionas realmente.
Pero a veces el problema no es la rutina. Es que tu cerebro necesita novedad para funcionar y una rutina, por definición, es lo opuesto a la novedad. Es pedirle a un explorador que se quede en casa todos los días haciendo lo mismo. Lo puedes hacer un rato, pero se te va a hacer bola.
Lo que a mí me funciona es hacer rutinas flexibles. Suena a oxímoron, pero funciona. No "todos los días a las 7 hago X". Más bien "todos los días hago X, cuando sea, como sea, donde sea". Le quitas la rigidez y le dejas la intención. Tu cerebro tiene el marco pero también tiene margen para improvisar. Y eso le da justo la novedad suficiente para no aburrirse.
No es la solución perfecta. Pero es mejor que no poder seguir una agenda más de tres días.
Si llevas años saltando de rutina en rutina sin que ninguna se quede, quizá el problema no sea tu disciplina. Quizá sea cómo procesa tu cerebro la repetición. Y eso se puede entender. Y cuando lo entiendes, dejas de pelearte contigo mismo y empiezas a buscar formatos que funcionen para ti, no para el tío del vídeo de YouTube que se levanta a las 5 de la mañana.
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