Mis emociones van más rápido que mi razón y me meten en problemas

Primero sientes, luego piensas. Y para cuando piensas, ya has dicho algo, comprado algo o roto algo. No es inmadurez.

Me enfado y lo primero que hago es escribir un mensaje que no debería. Estoy contento y me comprometo con algo que no puedo cumplir. Me frustro y digo exactamente lo que pienso, sin filtro, sin tacto, sin la más mínima consideración de las consecuencias. Y después, siempre después, llega la razón. Llega el "¿por qué he hecho eso?". Llega el arrepentimiento. Llega la limpieza de daños.

Siempre en ese orden. Emoción primero. Razón después. Desastre en medio.

Si tu vida también funciona en ese orden, sigue leyendo.

¿Por qué siento antes de pensar?

Voy a intentar explicarte algo que me costó años entender.

Todo el mundo siente antes de pensar. Es biología. La emoción se procesa en una parte del cerebro más primitiva y más rápida que la parte racional. Es un mecanismo de supervivencia. Si ves un coche que se te viene encima, no quieres pararte a analizar la velocidad del vehículo y calcular la trayectoria óptima de huida. Quieres saltar. La emoción te salva la vida.

El problema es cuando ese mecanismo se activa con todo. Con un email molesto. Con un comentario inocente. Con una notificación. Con cualquier cosa que genere una reacción emocional, por pequeña que sea.

La mayoría de la gente tiene un colchón entre la emoción y la acción. Un par de segundos en los que la parte racional dice "espera, ¿de verdad quieres hacer eso?". Tú no tienes ese colchón. O lo tienes, pero es tan fino que la emoción lo atraviesa sin enterarse.

Es como tener un volcán activo en el pecho y un bombero voluntario en la cabeza. El volcán erupciona en 2 segundos. El bombero tarda 5 minutos en llegar. Para cuando llega, la lava ya ha arrasado medio pueblo.

Los problemas que nadie ve venir

El tema es que esto no solo afecta a los momentos malos. También afecta a los buenos. Y eso es lo que la gente no entiende.

Cuando estás eufórico, prometes cosas que no puedes cumplir. Aceptas compromisos que no caben en tu agenda. Gastas dinero en cosas que no necesitas. Mandas mensajes de amor eterno que al día siguiente te parecen excesivos. La euforia te lleva a tomar decisiones igual de malas que la ira. Solo que las consecuencias tardan más en llegar.

Y cuando estás triste, cancelas planes. Te aíslas. Dices cosas melodramáticas que no piensas realmente. Tomas la decisión de dejarlo todo porque en ese momento todo parece imposible. Y luego, cuando la tristeza baja, te encuentras con un paisaje de decisiones que tomaste desde un sitio que ya no es donde estás.

Si te reconoces en esto y encima notas que tus emociones están completamente desreguladas, no es coincidencia. Es el mismo mecanismo. Las emociones llegan demasiado rápido, demasiado fuerte, y sin filtro.

No es inmadurez

Esto me toca especialmente. Porque durante años me dijeron que era inmaduro. Que tenía que aprender a controlarme. Que los adultos no reaccionan así. Que "ya deberías haber superado eso".

Y yo me lo creía. Pensaba que era un problema de madurez. Que si me esforzaba más, si era más disciplinado, si leía más libros de inteligencia emocional, dejaría de reaccionar así. Y lo intenté. De verdad que lo intenté.

Pero no funciona así. No puedes controlar con esfuerzo algo que pasa antes del esfuerzo. Es como intentar atrapar una bala con las manos. Para cuando decides mover las manos, la bala ya ha pasado.

No es inmadurez. No es falta de educación emocional. No es que no hayas trabajado en ti mismo. Es que el cableado de tu cerebro procesa las emociones y las acciones en un orden que la mayoría de consejos de autocontrol no contemplan.

Lo que he aprendido a base de meterla

Te lo digo por experiencia: no he encontrado la forma de parar la emoción. No creo que exista. Lo que he encontrado es la forma de limitar el daño.

Regla uno: no tomo decisiones importantes en caliente. Ni buenas ni malas. Si estoy muy contento, no firmo nada. Si estoy muy enfadado, no mando nada. Si estoy muy triste, no cancelo nada. Las decisiones se toman cuando el termómetro emocional está en zona media. Y si nunca está en zona media, se toman al día siguiente.

Regla dos: he creado fricciones. He quitado la tarjeta de crédito del móvil. He puesto un delay de 10 segundos antes de enviar emails (existe esa opción en Gmail, te lo juro). He hablado con las personas cercanas para que me paren cuando ven que estoy reaccionando, no respondiendo.

No es elegante. Pero funciona. Porque mi cerebro no va a cambiar de velocidad. Así que lo que hago es ponerle barreras en el camino para que cuando las decisiones impulsivas vengan, al menos tengan algo que las frene.

Quizá no eres el problema

Esa desfase entre lo que sientes y lo que piensas. Esa sensación de que tus emociones te controlan a ti y no al revés. Esa historia de toda la vida de reaccionar y arrepentirte, de actuar y limpiar, de sentir y sufrir las consecuencias. Esa certeza de que todo te cuesta más que a los demás, incluido algo que parece tan básico como pensar antes de actuar...

A mucha gente le pasa. Y tiene nombre.

Se llama TDAH. Y la desregulación emocional, esa velocidad brutal a la que llegan las emociones sin dar tiempo a procesarlas, es uno de sus rasgos centrales que menos se diagnostica. No es el TDAH de los niños que no paran quietos. Es el TDAH de los adultos que sienten demasiado, demasiado rápido, y siempre demasiado tarde para hacer algo al respecto.

Esto no sustituye hablar con un psicólogo o psiquiatra. Pero si llevas años pensando que el problema eres tú, quizá el problema es que nadie te ha explicado cómo funciona tu cerebro.

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