Por qué me cuesta todo más que a los demás (y no es que seas vago)
Sientes que todo te cuesta el doble. Que los demás avanzan y tú te quedas atrás. No eres vago. Puede que pase algo más.
Hay una pregunta que te llevas haciendo años.
No la haces en voz alta porque suena a queja. Pero está ahí. Cada mañana, cada lunes, cada vez que alguien a tu alrededor hace algo que a ti te parece imposible.
"¿Por qué a mí todo me cuesta el doble?"
No hablo de cosas difíciles. No hablo de resolver ecuaciones diferenciales ni de escalar el Everest. Hablo de lo básico. Contestar un email. Llegar a una cita puntual. Acordarte de comprar leche. Mantener el escritorio sin que parezca una zona de desastre. Poner una lavadora y acordarte de tenderla antes de que huela a pantano. Cosas que la gente hace sin pensar. Y tú las haces pensando tanto que acabas agotado antes de empezar.
Y lo peor no es que te cueste. Lo peor es que no entiendes por qué.
Porque no eres tonto. Lo sabes. Has tenido momentos en los que has hecho cosas increíbles. Proyectos enteros en una noche. Ideas que a nadie se le habían ocurrido. Soluciones creativas que dejaron flipando a la gente. Puedes. Claro que puedes.
Pero no siempre.
Y ese "no siempre" es lo que te mata. Porque convierte cada día en una lotería. Hoy funciono, mañana no. Y no depende de cuánto duermas ni de cuánto te esfuerces ni de cuántos propósitos hagas el domingo por la noche con la solemnidad de alguien que firma un pacto de sangre. Depende de algo que no controlas. Algo que no tiene nombre.
O que sí lo tiene, pero todavía no lo sabes.
Mira, te voy a contar algo. He pasado años hablando con gente que siente exactamente esto. No una persona, no dos. Cientos. Miles. Y he identificado diez áreas de la vida donde la gente dice "me cuesta más que a los demás". Diez. No tres, no cinco. Diez áreas donde, si te identificas con más de la mitad, probablemente no sea casualidad. Probablemente haya algo que nadie te ha contado.
Vamos una por una. Y te pido una cosa: no leas esto como una lista de defectos. Léelo como un mapa. Un mapa de un terreno que llevas recorriendo años sin brújula.
¿Por qué no puedo concentrarme como una persona normal?
Esta es la estrella. La que más duele. Porque la concentración es la base de todo. Si no puedes concentrarte, no puedes trabajar. Si no puedes trabajar, no puedes producir. Si no puedes producir, no puedes avanzar. Y si no puedes avanzar, pues ya me dirás.
Imagínate que tu cerebro es una radio. Pero no una radio normal, de esas digitales que pillas la emisora a la primera. No. Una de esas viejas que tu abuelo tenía en la cocina, con la ruedecita que nunca pillaba bien la frecuencia. Tú quieres escuchar los 40 Principales, pero cada tres segundos salta a otra emisora. Un anuncio de colchones. Las noticias del mediodía. Estática. Un programa de madrugada sobre ovnis. Música clásica. Y vuelve a los 40 Principales justo para pillar el final de la canción que te gustaba.
Pues tu cerebro hace eso con la atención. Todo el rato. Todos los días.
Estás trabajando en algo importante. Lo sabes. Lo tienes claro. Has cerrado todas las pestañas del navegador, has puesto el móvil boca abajo, has dicho "ahora sí que sí". Y de repente, sin previo aviso, estás mirando el móvil. No recuerdas haberlo cogido. No has tomado la decisión consciente de desbloquearlo. Simplemente está ahí, en tu mano, con Instagram abierto en un reel de un tío haciendo pancakes, y tú pensando "pero si yo estaba haciendo otra cosa".
Y no es que no te importe lo que estabas haciendo. Es que tu cerebro ha decidido por ti. Ha detectado algo más estimulante en el ambiente y ha hecho swipe sin pedirte permiso. Como un gato que ve un punto rojo en la pared. No decide perseguirlo. Simplemente lo persigue. Y tú eres el gato.
Lo que más jode es que los demás no entienden que esto no es una elección. Cuando le dices a alguien "es que no puedo concentrarme", te miran como si les dijeras "es que no me apetece". Como si concentrarse fuera tan fácil como decidir hacerlo. Y tú piensas: tío, si supiera lo que daría por poder sentarme dos horas seguidas sin que mi cabeza se vaya a los cuarenta y siete sitios a la vez.
Porque no es que no quieras. Es que tu cerebro tiene un sistema de filtrado diferente. El cerebro de la mayoría funciona como un portero de discoteca: deja pasar lo que toca y bloquea el resto. El tuyo funciona como una puerta abierta de par en par a las cuatro de la mañana. Entra todo. Todo el rato. Y tú ahí, intentando tener una conversación mientras hay una fiesta a tu alrededor.
Parece una tontería, pero la diferencia entre poder concentrarte y no poder concentrarte es la diferencia entre avanzar y dar vueltas en círculos durante horas pensando que estás haciendo algo. Si esto te suena demasiado familiar, aquí explico por qué tu cerebro no se centra aunque tú quieras. Spoiler: no es falta de voluntad.
¿Por qué dejo todo para después si sé que me va a salir caro?
A ver, vamos a dejar algo claro desde el principio: procrastinar no es "ser vago". Si fuera vaguería, no tendrías ansiedad mientras lo haces. Si fuera vaguería, estarías en el sofá tan tranquilo viendo la tele. Pero no estás tranquilo. Estás sufriendo. Que es muy diferente.
Procrastinar es saber perfectamente que tienes que hacer algo, querer hacerlo, entender las consecuencias de no hacerlo, visualizar exactamente cómo te va a joder la vida si no lo haces, y aun así no hacerlo. Es un cortocircuito entre la intención y la acción. Un muro invisible entre "quiero" y "hago" que no tiene sentido lógico pero que es tan real como una pared de ladrillo.
Es como estar en la playa, ver que viene una ola enorme, tener tiempo de sobra para moverte, y quedarte ahí plantado mirándola. No porque quieras mojarte. No porque seas idiota. Sino porque hay algo en tu cerebro que mira la ola y dice "ya, bueno, pero todavía no ha llegado". Y cuando llega, te arrastra. Y mientras te arrastra piensas "sabía que iba a pasar esto".
Claro que lo sabías. Si no eres tonto. El problema nunca fue saber. El problema es hacer.
Yo he entregado trabajos a las cuatro de la mañana con los ojos rojos y el café frío, sabiendo que llevaba dos semanas con ese trabajo en la mesa. Dos semanas. Catorce días. 336 horas. Y no es que estuviera de vacaciones. Estaba sufriendo. Cada día abría el portátil, miraba el documento en blanco, sentía una mezcla de culpa y parálisis que es difícil de explicar si no la has vivido, y lo cerraba. Y me odiaba un poco más.
La gente cree que procrastinar es placentero. Que estás ahí tirado, sin hacer nada, disfrutando de la vida. Pues no. Estás ahí paralizado, con la ansiedad subiéndote por la garganta, sabiendo que cada minuto que pasa es un minuto menos que tienes, haciendo un cálculo mental de "si me pongo ahora todavía llego, si me pongo en dos horas todavía llego, si me pongo esta noche todavía llego", y aun así tu cuerpo no se mueve. Es como tener los pies pegados al suelo con cemento mientras el agua sube.
Lo peor es cuando alguien te dice "pues ponte y ya está". Gracias, colega. Gracias por esa perla de sabiduría. Se me había olvidado que la opción de "ponerme" existía. Qué tonto he sido estos 30 años. Si me hubieran dicho antes que solo tenía que ponerme, madre mía, cuánto sufrimiento innecesario.
Si reconoces este patrón, no eres vago. Tu cerebro tiene un sistema de arranque diferente al de los demás. Necesita ciertas condiciones para activarse, y "debería hacerlo" no es una de ellas. Aquí explico el mecanismo real detrás de por qué lo dejas todo para después, y te adelanto que no tiene nada que ver con la disciplina.
¿Por qué soy un desastre organizándome si sé que necesito orden?
Pues mira, te cuento una cosa. Tengo 47 aplicaciones de productividad en el móvil. Cuarenta y siete. He probado Notion, Todoist, Things, TickTick, Google Calendar, Apple Reminders, un bullet journal, libretas de todas las marcas y tamaños, post-its de colores, una pizarra blanca, una pizarra negra, una pizarra de corcho, recordatorios en el móvil, recordatorios en el reloj, recordatorios dentro de recordatorios, alarmas con nombres descriptivos que a las dos semanas ya ignoro como quien ignora la alarma del coche del vecino.
He construido sistemas de organización tan elaborados que organizarlos me llevaba más tiempo que hacer las puñeteras tareas. Un lunes me pasé tres horas configurando un dashboard de productividad en Notion para organizar mi semana. ¿Sabes cuántas tareas completé esa semana? Cero. Pero eso sí, el dashboard era precioso.
Y la gente organizada me mira como si fuera un alien. Porque para ellos es tan natural como respirar. Agenda, lista, ejecutar, tachar. Cuatro pasos. Lo hacen sin pensar. Mientras yo necesito un ritual de 45 minutos, tres cafés y un debate interno de 15 minutos solo para decidir QUÉ TAREA HAGO PRIMERO. Y cuando por fin decido, ya estoy agotado.
No es que no quiera organizarme. Quiero. De verdad que quiero. Es que mi cerebro no procesa el tiempo como el tuyo. Para mí, el tiempo es un concepto abstracto, como la física cuántica o el impuesto de sucesiones. Sé que existe, sé que es importante, pero no lo siento. No tengo un reloj interno que me diga "llevas 20 minutos, deberías cambiar de tarea". Tengo un agujero negro que absorbe horas enteras y me las devuelve comprimidas en lo que yo percibo como "cinco minutitos". Me siento a las tres de la tarde a "echar un ojo" a algo y cuando levanto la cabeza son las siete y media y no he comido.
Imagínate que todo el mundo tiene un GPS interno. Saben dónde están, cuánto falta para llegar, qué ruta coger, cuándo salir de casa para no llegar tarde. Tú no tienes GPS. Tienes un mapa de los años 80 que está al revés, en cirílico, y con una mancha de café que tapa justo la parte que necesitas. Y aun así llegas. Tarde, sudando, con el pelo revuelto y la camisa por fuera, pero llegas. Y en vez de que alguien te diga "la hostia, has llegado sin GPS", te dicen "otra vez tarde".
Es agotador. No el llegar tarde. El esfuerzo que pones en intentar llegar a tiempo y que nunca sea suficiente.
Ser desorganizado no es un defecto de carácter
¿Por qué empiezo mil cosas y no termino ninguna?
Ah, esta es mi favorita. Mi especialidad. Mi marca personal, te lo digo por experiencia.
Tengo un cementerio de proyectos que si fuera un cementerio real necesitaría un código postal propio. Blogs abandonados. Canales de YouTube que duraron tres vídeos. Cursos online a medio terminar, de esos que compras con la ilusión de un niño en Navidad y que a la semana ya ni recuerdas dónde estaba el login. Guitarras que compré "porque esta vez iba en serio". Libros con las 30 primeras páginas subrayadas con tres colores de rotulador y el resto intacto. Una cuenta de Duolingo que me manda notificaciones con cada vez más desesperación, como un perro abandonado que todavía espera en la puerta.
El patrón siempre es el mismo. Siempre. Da igual el proyecto, da igual la actividad. Descubres algo nuevo. Te emociona. Te OBSESIONA. Piensas "esto es lo mío, esto sí que sí, todas las veces anteriores eran pruebas pero ESTA es la buena". Te compras el material, te apuntas al curso, montas el plan, se lo cuentas a todo el mundo. Durante tres días eres la persona más productiva del planeta. Trabajas 14 horas seguidas. Duermes cuatro. Comes mal. Da igual. Estás en la zona. Estás poseído. Nada ni nadie te puede parar.
Y al cuarto día, nada.
No ha pasado nada. No ha habido ningún evento traumático ni ninguna mala noticia. No has decidido dejarlo. Simplemente, la emoción ha desaparecido. Como si alguien hubiera apagado un interruptor dentro de tu cabeza. Y con la emoción se ha ido toda la energía, toda la ilusión, toda la certeza de que "esto era lo tuyo". Y te quedas mirando el proyecto a medio hacer, los materiales que compraste, la guitarra que está cogiendo polvo en la esquina, pensando "¿pero no se suponía que esto me encantaba?".
Sí, te encantaba. Hace 72 horas. Ahora tu cerebro ya ha extraído toda la novedad que podía, toda la dopamina del descubrimiento, y ha pasado página. Como un niño que abre un regalo de Navidad, juega con él cinco minutos, y se va a jugar con la caja.
Es como estar en una relación con tu propia motivación. Y tu motivación tiene problemas de compromiso serios.
Lo peor no es el proyecto abandonado en sí. Lo peor es la acumulación. Porque cada proyecto abandonado es un recordatorio. Una prueba más de que "no eres capaz de terminar nada". Y después de 50 proyectos abandonados, de 50 "esta vez sí que sí" que acaban en nada, empiezas a creer que así eres. Que es tu naturaleza. Que naciste siendo alguien que empieza cosas y no las termina. Que no hay nada que hacer.
No. Hay una razón por la que empiezas y no terminas, y tiene que ver con cómo tu cerebro gestiona la dopamina y la novedad. No es pereza. No es falta de constancia como rasgo de personalidad. Es química. Y cuando sabes que es química, puedes hacer algo al respecto.
¿Por qué se me olvida todo si no soy tonto?
Te voy a hacer una pregunta. ¿Cuántas veces has entrado en una habitación y no te acuerdas a qué ibas?
Si la respuesta es "muchas", sigue leyendo. Si la respuesta es "eso le pasa a todo el mundo", vamos a matizar. Sí, le pasa a todo el mundo de vez en cuando. Pero no le pasa a todo el mundo tres veces al día. No le pasa a todo el mundo con la frecuencia y la intensidad que te pasa a ti.
Porque una cosa es olvidarte de algo de vez en cuando, reírte y seguir con tu vida. Y otra cosa muy diferente es vivir en un estado permanente de "¿qué estaba haciendo?". Perder las llaves todos los días. No recordar conversaciones enteras que tuviste ayer. Olvidar citas que tú mismo pusiste en el calendario con alarma y todo. Dejar la comida en el fuego hasta que el detector de humo se convierte en tu temporizador de cocina. Ir al supermercado a por tres cosas y volver con siete bolsas pero sin ninguna de las tres que necesitabas.
La memoria de trabajo es como una mesa pequeña. Pequeñísima. Una mesa donde solo caben dos cosas a la vez. Cada vez que pones una tercera, una de las dos anteriores se cae al suelo. Sin avisar. Sin hacer ruido. Simplemente desaparece. Y tú pasas el día recogiendo cosas del suelo sin saber cuándo se cayeron ni cómo.
Yo me he olvidado de recoger a un amigo en el aeropuerto. Se lo había prometido. Lo tenía apuntado en el calendario. Con alarma. Y ese día me levanté, desayuné tranquilamente, me puse a hacer otra cosa que mi cerebro decidió que era más interesante en ese momento, y a las tres de la tarde recibí un mensaje que decía "tío, ¿vienes o qué?". Y sentí esa mezcla de pánico y vergüenza que solo conocen las personas que olvidan cosas importantes de forma regular. Ese golpe en el estómago de "no puede ser que se me haya olvidado OTRA VEZ".
No es que no me importara. Me importaba mucho. Lo había apuntado PORQUE me importaba. Pero mi cerebro decidió que esa información no era prioritaria en ese momento y la archivó en algún cajón al que yo no tengo acceso voluntario. Un cajón sin etiqueta, en un sótano, detrás de una puerta que no tiene pomo. Ahí está la información. Intacta. Pero inaccesible cuando la necesito.
Y la gente lo traduce como "le da igual" o "no es de fiar" o "no se puede contar con él". Y eso duele. Duele mucho. Porque intentas con todas tus fuerzas ser fiable. Pones alarmas. Escribes notas. Te mandas mensajes a ti mismo. Pegas post-its en el espejo del baño. Y aun así, aun con todo eso, se te escapa algo. Siempre se te escapa algo.
Los olvidos constantes tienen una explicación que va más allá de "eres despistado"
¿Por qué me afecta todo tanto si "no es para tanto"?
Pues mira, esta es la parte de la que menos se habla. Y probablemente la más importante de todas.
Porque la gente entiende lo de la concentración. Es visible. Lo de los olvidos también. La procrastinación, bueno, todo el mundo ha procrastinado alguna vez. Pero cuando dices "es que me frustro de una manera desproporcionada por cosas pequeñas", la gente te mira raro. Como si fueras un exagerado. Un dramático. Alguien que "no sabe gestionar sus emociones" y que debería "calmarse un poco".
Y la realidad es que no sabes gestionar tus emociones. Pero no porque no quieras, sino porque tu cerebro procesa las emociones con el volumen al máximo. Siempre. Sin opción de bajar.
Imagínate que todo el mundo tiene un ecualizador emocional con diez niveles. La mayoría de la gente vive entre el 3 y el 7. Sube cuando pasa algo bueno, baja cuando pasa algo malo, pero se mantiene en un rango manejable. Van por la vida con un termostato emocional que se autorregula. Tú no tienes ecualizador. No tienes termostato. Tienes un interruptor de dos posiciones: cero y diez. O no sientes nada o sientes TODO. Y pasar de cero a diez lleva aproximadamente medio segundo.
Tu compañero de trabajo te corrige un email delante de otros y tú sientes como si te hubiera insultado a tu madre delante del colegio entero. Tu pareja te dice que se te ha olvidado comprar pan y tú sientes una punzada de culpa tan fuerte que te arruina la tarde entera. Un conductor te pita en un semáforo y tú pasas los siguientes 20 minutos redactando mentalmente un discurso demoledor sobre las normas de circulación y la decadencia de la sociedad moderna.
Y lo peor es que TÚ SABES que tu reacción es desproporcionada. En el momento no, pero después sí. Después te miras y piensas "¿de verdad me he enfadado así por eso?". Y te sientes ridículo. Y esa vergüenza por tu propia reacción se suma a la emoción original y creas un cóctel de mierda emocional que puede durarte horas. Días.
No es que seas sensible. No es que seas dramático. Es que tu sistema de regulación emocional no tiene los frenos que tiene el de los demás. El cerebro de la mayoría pone un filtro entre el estímulo y la reacción. Un segundo de pausa donde evalúan "¿esto merece que me enfade?" y actúan en consecuencia. Tu cerebro no tiene ese filtro. El estímulo llega y la reacción sale. Sin intermediarios. Sin revisión. Sin pausa.
Y eso tiene consecuencias enormes. Porque cuando reaccionas de forma desproporcionada, la gente se aleja. Y cuando la gente se aleja, tú te sientes peor. Y cuando te sientes peor, reaccionas más. Y así sucesivamente hasta que te convences de que eres "demasiado" para todo el mundo. Demasiado intenso. Demasiado emocional. Demasiado.
No eres demasiado. Lo que pasa es que tu cerebro procesa las emociones de forma diferente. Y eso se puede entender y se puede gestionar. Pero primero hay que saber que está pasando.
¿Por qué rindo menos en el trabajo aunque me esfuerzo más que nadie?
Esta es la que te quita el sueño. Literalmente.
Porque mira, puedes tolerar ser desorganizado en casa. Puedes tolerar olvidarte de las llaves. Puedes tolerar que se te queme la cena. Son cosas molestas pero no te van a despedir por eso. No vas a perder tu medio de vida por quemar una tortilla.
Pero el trabajo. El trabajo es otro nivel.
En el trabajo se miden resultados. Se esperan plazos. Se evalúa rendimiento. Hay reuniones donde tienes que estar atento durante una hora sin que se te vaya la cabeza. Hay emails que tienes que responder antes de las cinco. Hay proyectos con fechas de entrega que no se mueven porque tu cerebro hoy haya decidido que no funciona.
Y tú estás ahí, trabajando el doble de horas que todo el mundo, esforzándote más que nadie, quedándote cuando los demás se van, y sacando la mitad de resultados. ¿Cómo se explica eso? ¿Cómo puede ser que trabajes más y produzcas menos?
Pues se explica fácil: estás corriendo una maratón con una mochila de 30 kilos que nadie ve. Los demás corren sin mochila. Corren ligeros. Llegan antes. Rinden más. Y tú llegas último, destrozado, con las rodillas temblando, pensando que el problema es que no corres lo suficientemente rápido. No, chaval. El problema es la mochila. Pero como la mochila es invisible, nadie la ve. Ni tus compañeros, ni tu jefe, ni tú mismo.
He tenido trabajos donde me quedaba hasta las ocho de la tarde para terminar lo que mis compañeros terminaban a las cinco. No porque fuera peor programador. No porque tuviera menos conocimientos. Sino porque cada tarea me costaba un esfuerzo invisible que nadie veía. El esfuerzo de concentrarme cuando mi cerebro quiere hacer otra cosa. El esfuerzo de no perderme en los detalles. El esfuerzo de recordar los pasos sin tener que volver a empezar tres veces. El esfuerzo de ignorar las 87 ideas que mi cerebro me lanzaba mientras intentaba hacer una sola cosa. Todo ese esfuerzo se va en resistencia interna. En fricción.
Y cuando llega la evaluación trimestral y te dicen "buen trabajo, pero podrías rendir más", sientes que te arrancan algo por dentro. Porque TÚ SABES que estás dando más que nadie. Que llevas meses dejándote la piel. Pero lo que das de más se pierde en la resistencia interna. Es como echar gasolina en un coche que tiene fugas. Echas el doble, recorres lo mismo. Y el mecánico te dice "a lo mejor deberías echar más gasolina".
Si te pasa esto, si sientes que el esfuerzo que pones y los resultados que obtienes no tienen ninguna relación lógica, hay una razón por la que no rindes aunque quieras. Y no es falta de profesionalidad.
¿Por qué mis relaciones siempre acaban desgastándose?
Mira, te voy a ser sincero. Esta parte es la que más me costó aceptar. La que más duele reconocer.
Porque puedes culpar al trabajo. A la organización. A la memoria. Son cosas "tuyas". Problemas internos que puedes gestionar en silencio sin que nadie se entere. Pero cuando el problema empieza a afectar a la gente que quieres, la cosa cambia. Porque ya no es solo tu problema. Es el de ellos también.
Piensa en esto. Estás hablando con alguien. Un amigo. Tu pareja. Tu madre. Te está contando algo importante, algo que le preocupa, algo que necesita que escuches. Y de repente, sin querer, le interrumpes. No porque no te importe. No porque seas maleducado. Sino porque tu cerebro ha tenido una idea relacionada con lo que te estaba diciendo y ha decidido que es URGENTE soltarla ahora mismo, antes de que desaparezca.
Y para ti, interrumpir no es falta de respeto. Es supervivencia cognitiva. Si no dices esa idea YA, la pierdes. Puf. Se evapora. Como una pompa de jabón. Y tu cerebro lo sabe, así que te mete prisa. "Dilo ahora o nunca." Y lo dices. Y la otra persona se calla a mitad de frase. Y tú ves su cara y piensas "mierda, otra vez".
Y a lo mejor te disculpas. "Perdona, perdona, sigue." Pero el daño ya está hecho. Porque no es la primera vez. Ni la segunda. Ni la vigésima. Es un patrón. Y los patrones desgastan.
Esto pasa con amigos, con pareja, con familia, con compañeros de trabajo. Interrumpes. No escuchas del todo porque estás formulando tu respuesta mientras el otro habla. Olvidas cosas que te han dicho. Llegas tarde a quedar. Cancelas planes a última hora porque ese día "no tienes energía" y no sabes cómo explicar que no es que no quieras verles, es que tu cerebro está tan fundido que la idea de mantener una conversación de dos horas te da más agotamiento que correr un maratón.
Y la gente, poco a poco, va dejando de contar contigo. No de golpe. Despacio. De forma casi imperceptible. Dejan de llamarte para planes. Dejan de contarte cosas importantes. Empiezan a hacer los planes sin ti porque "total, vas a cancelar". Y tú te das cuenta. Claro que te das cuenta. Pero no sabes qué hacer, porque no entiendes por qué pasa.
No es que seas mal amigo, mala pareja o mala persona. De hecho, probablemente seas de los que más se preocupan por los demás. Solo que tu cerebro te pone zancadillas constantemente en la forma de demostrarlo. Hay una razón por la que interrumpes sin querer y por la que tus relaciones se desgastan. Y cuando la entiendes, puedes empezar a reparar las grietas. Que para eso primero hay que verlas.
¿Por qué hay días que no tengo energía para nada?
No hablo de cansancio normal. No hablo de "he dormido poco" o "menuda semana". Hablo de esos días en los que abres los ojos por la mañana y ya estás agotado. Antes de hacer nada. Antes de levantarte. Antes de mirar el móvil. Ya estás vacío. Como si te hubieran drenado la energía mientras dormías.
Y no tiene sentido. Porque ayer dormiste bien. Ayer comiste decente. Ayer no hiciste nada especialmente agotador. De hecho, ayer fue un buen día. Pero hoy, por alguna razón que escapa a toda lógica, tu cuerpo pesa el doble y tu mente funciona al 15%. Y eso en un buen momento. Porque en un mal momento funciona al 3%.
Imagínate un móvil viejo. De esos que la batería ya no aguanta ni medio día. Lo cargas toda la noche. Enchufado ocho horas. Lo desconectas por la mañana, miras la pantalla: 47%. ¿Cómo? Si ha estado cargando ocho horas. Da igual. 47%. Y sabes que se va a gastar rápido. Que a mediodía vas a estar al 5%. Que no hay cargador portátil que valga. Pues eso eres tú algunos días. Muchos días.
Y la motivación es lo mismo. La gente te dice "tienes que encontrar tu motivación" como si fuera algo que se busca debajo del sofá. "Ah, mira, aquí estaba mi motivación, entre los cojines, al lado del mando de la tele y una moneda de 20 céntimos." No funciona así. Ojalá funcionara así.
Para ti, la motivación no es un estado constante. No es un fuego que alimentas. Es un relámpago. Aparece de la nada, ilumina todo durante un momento glorioso, y se va. Y no puedes predecir cuándo volverá. No hay patrón. No hay fórmula. Puedes tener tres días seguidos siendo la persona más productiva del planeta, haciendo cosas increíbles, sintiéndote invencible. Y luego una semana entera donde lo máximo que consigues es ducharte y bajar la basura.
Y lo de la ducha no es broma. Hay días en los que ducharte es el logro del día. Y decirlo en voz alta da vergüenza, porque la gente no entiende cómo algo tan simple puede ser tan difícil. "Tío, es abrir el grifo y meterte." Ya, pero es que la dificultad no está en la ducha. Está en todos los pasos invisibles que tu cerebro tiene que ejecutar para llegar a la ducha. Decidir levantarte de la cama. Decidir ir al baño en vez de quedarte mirando el techo. Decidir desvestirte. Decidir abrir el grifo. Decidir la temperatura. Cada decisión es un esfuerzo. Y cuando tu cerebro ya ha tomado 300 microdecisiones antes de las diez de la mañana solo para gestionar el ruido de tu propia cabeza, la ducha puede ser la gota que colma el vaso. Literalmente.
La falta de motivación constante no es pereza
¿Por qué no puedo mantener una rutina más de tres días?
Y por fin, la guinda del pastel. La que cierra el círculo. La que hace que todo lo anterior sea todavía más difícil de solucionar.
Porque vale. No te concentras. Procrastinas. Eres desorganizado. No terminas nada. Se te olvida todo. Te frustras por tonterías. No rindes en el trabajo. Tus relaciones se resienten. No tienes energía. Pero al menos podrías compensarlo todo con rutinas, ¿no? Al menos podrías crear hábitos sólidos que te ayuden a funcionar en los días malos.
Ja.
He intentado crear el hábito de meditar probablemente unas 25 veces. Veinticinco intentos serios, no cuento los que ni pasaron del primer día. Con apps. Sin apps. Cinco minutos. Un minuto. Treinta segundos, que ya me parecía ridículo pero dije "bueno, algo es algo". Guiada. En silencio. De pie. Sentado. En la ducha. Antes de dormir. Después de despertarme. A las tres de la tarde. Con incienso. Sin incienso. Con música. Sin música. En una montaña, vale, eso no, pero casi. He probado todo. Y la secuencia siempre es la misma.
Día 1: "Esta vez va en serio." Día 2: "Mira, dos días seguidos, qué crack." Día 3: "Esto funciona, lo noto. ¿Por qué no empecé antes?" Día 4: se me olvida. Día 5: "No pasa nada, retomo. Un día no es un fracaso." Día 6: se me olvida. Día 7: "Bueno, la semana que viene empiezo bien."
Y la semana que viene nunca llega. O llega, empiezas, y repites el mismo ciclo. Otra vez. Y otra. Y otra.
No es que no quiera crear hábitos. Quiero. Dios sabe que quiero. Es que los hábitos se forman por repetición, y la repetición requiere consistencia, y la consistencia requiere un cerebro que funcione en piloto automático después de un tiempo. Que automatice. Que diga "son las siete, toca meditar" sin que tú tengas que pensarlo. Y mi cerebro no tiene piloto automático. Tiene piloto manual con el volante suelto y los frenos oxidados.
La gente dice "solo hacen falta 21 días para crear un hábito". Genial. Dime cómo llego al día 21 sin que mi cerebro decida en el día 4 que esto ya no es nuevo, ya no es emocionante, ya no genera dopamina, y por tanto ya no merece ni un segundo de su atención. Porque 21 días para ti son como 21 años para un cerebro que se aburre de todo en 72 horas.
Crear hábitos con un cerebro que busca novedad constantemente requiere un enfoque diferente
El patrón que conecta todo
Mira, si has llegado hasta aquí y te has reconocido en tres o cuatro de estas áreas, probablemente estés pensando "bueno, es normal, a mucha gente le pasa". Y sí, a mucha gente le pasa algo de esto de vez en cuando.
Pero si te has reconocido en cinco, seis, siete, ocho de estas diez áreas. Si no es que te pasa "a veces" sino que te pasa "siempre". Si no es un mal día sino un mal año. Si no es una cosa concreta sino un patrón que toca todas las áreas de tu vida.
Entonces no es casualidad.
Porque todas estas cosas que parecen problemas separados, que parecen defectos de carácter independientes, no lo son. Son síntomas. Síntomas del mismo problema de base. Un problema que conecta la falta de concentración con la procrastinación, la desorganización con la impulsividad, los olvidos con la montaña rusa emocional, la falta de energía con la incapacidad de crear hábitos.
Todo está conectado. Y cuando lo ves desde arriba, cuando dejas de mirar cada árbol por separado y miras el bosque, el dibujo es clarísimo.
Si te has visto en más de la mitad, esto no es casualidad
Vale. Respira un segundo.
No eres vago. No eres débil. No eres un desastre. No te falta disciplina ni fuerza de voluntad ni ganas. No eres "así" ni has nacido para sufrir más que los demás.
Lo que puede estar pasándote tiene nombre.
Se llama TDAH.
Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Que es un nombre horrible, ya te digo, porque ni es solo déficit de atención ni es siempre hiperactividad. Pero es lo que hay.
El TDAH es un trastorno del neurodesarrollo que afecta a la función ejecutiva del cerebro. La función ejecutiva es básicamente el director de orquesta de tu cabeza. Es lo que planifica, lo que organiza, lo que decide qué tarea va primero, lo que mantiene la atención donde tiene que estar, lo que regula las emociones, lo que gestiona el tiempo, lo que controla los impulsos. O sea, básicamente todo lo que acabo de describir en las diez secciones anteriores.
No es una moda. No es una excusa. No es algo que se inventaron para vender pastillas ni una etiqueta que se pone la gente para justificar que no hace nada. Es una condición neurológica real que afecta a entre el 5% y el 8% de los adultos y que la mayoría no sabe que tiene. Porque crecieron oyendo que eran vagos, despistados, dramáticos, inconsistentes, "listos pero que no se aplican". Y se lo creyeron. Como yo me lo creí durante 30 años.
El TDAH no significa que seas menos capaz. Significa que tu cerebro funciona con reglas diferentes. Y cuando pasas toda la vida intentando seguir las reglas de un cerebro que no tienes, pues claro que todo te cuesta más. Es como intentar jugar al fútbol con las reglas del baloncesto. No es que no sepas jugar. Es que te han dado el manual equivocado y llevas años castigándote por no entender las jugadas.
¿Y ahora qué?
Quiero ser honesto contigo.
No soy psicólogo. No soy psiquiatra. No soy médico. Soy un tío con TDAH diagnosticado que pasó 30 años pensando que era un vago hasta que alguien le dijo que no lo era. Y que ahora dedica parte de su vida a hablar de esto porque sabe lo que se siente cuando te pasas tres décadas sin tener la información correcta. Cuando miras atrás y piensas "joder, cuánto tiempo perdido odiándome por algo que no era culpa mía".
Nada de lo que has leído aquí sustituye el diagnóstico de un profesional. Esto es importante. Si te has reconocido en varias de estas áreas, el siguiente paso no es autodiagnosticarte ni decir "pues ya está, tengo TDAH". El siguiente paso es hablar con alguien que sepa. Un psicólogo clínico. Un psiquiatra. Alguien especializado en TDAH en adultos, que son cosas diferentes y hay que ir con el profesional adecuado.
Pero antes de dar ese paso, puede ayudarte tener claro qué preguntar cuando llegues. Saber qué síntomas tienes y cuáles no. Tener datos concretos en vez de sensaciones vagas. Porque cuando llegas al médico y dices "no sé, es que me cuesta todo", la conversación es una. Pero cuando llegas con una lista de síntomas específicos que has identificado, la conversación es otra muy diferente.
Para eso construí un test.
43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico, eso te lo tiene que dar un profesional y no un test de internet por muy bien hecho que esté. Pero te da más información en 10 minutos de la que tienes ahora. Y esa información puede ser la diferencia entre seguir otros 10 años pensando que eres vago y empezar a entender qué te pasa de verdad.
Si algo de lo que has leído hoy te suena demasiado familiar, quizá no sea casualidad. Quizá no sea que "eres así". Quizá haya algo más.
10 minutos. 43 preguntas. Gratis.
Sigue leyendo
No puedo hacer una sola cosa a la vez: siempre tengo diez abiertas
Tu cerebro tiene siete pestañas, tres tareas y una conversación pendiente. Y nadie te ha explicado por qué 'céntrate' no funciona.
No puedo concentrarme trabajando desde casa aunque quiero
Tu casa es un campo minado de distracciones y no es falta de disciplina: así funciona un cerebro que necesita estructura externa para arrancar.
Mi cerebro tiene demasiadas pestañas abiertas y ninguna carga
Tienes 47 cosas en la cabeza, intentas hacer una, y no avanzas en ninguna. No es multitarea. Es algo distinto. Y tiene explicación.
No puedo prestar atención si hay gente hablando cerca
Intentas concentrarte pero cualquier conversación cercana te saca del foco al instante. No es falta de voluntad. Tu cerebro procesa el sonido diferente.