Mis amigos dicen que soy demasiado intenso y no sé cómo bajar el volumen
Te dicen que eres demasiado. Demasiado entusiasta. Demasiado directo. Demasiado tú. No sabes cómo ser menos sin dejar de ser tú.
"Eres muy intenso."
Me lo han dicho mis amigos. Mi familia. Mis parejas. Mis compañeros de trabajo. Mi madre, que es la que más me quiere, me lo dice con otras palabras: "cariño, a veces eres un poco... mucho".
Y yo siempre pienso lo mismo: ¿mucho de qué? ¿Mucho cómo? ¿En comparación con quién?
Porque yo no me siento intenso. Me siento normal. Mi volumen es mi volumen. Mi forma de hablar es mi forma de hablar. Mi entusiasmo es mi entusiasmo. Pero parece que mi normal es el "demasiado" del resto del mundo.
Es como si todo el mundo funcionara en modo 5 de 10 y yo estuviera permanentemente en 8. Y no sé dónde está la rueda para bajarlo.
Cómo se manifiesta
Cuando algo me gusta, me gusta de verdad. No digo "qué interesante". Digo "esto es lo mejor que he visto en mi vida, tienes que verlo, déjame que te lo enseño, mira, mira, mira". Y te lo cuento tres veces. Y te mando links. Y te llamo para asegurarme de que lo has visto.
Cuando algo me enfada, me enfada de verdad. No levanto la ceja y sigo. Me hierve la sangre. Se me nota en la cara. Se me nota en la voz. Se me nota en el mensaje de WhatsApp que es cuatro párrafos más largo de lo que debería.
Cuando conecto con alguien, conecto a fondo. No hay fase de "nos vamos conociendo poco a poco". Hay fase de "cuéntame tu vida entera, yo te cuento la mía, somos mejores amigos desde hace tres horas".
Y todo eso, que para mí es simplemente estar vivo, para los demás es agotador.
El momento en que te das cuenta
Fue en una cena con amigos. Yo estaba contando algo con mucha energía - las manos moviéndose, la voz subiendo, los ojos bien abiertos - y miré alrededor de la mesa. Y vi las caras.
No eran caras de interés. Eran caras de "cuándo va a parar". Sonrisas educadas. Ojos que buscaban una salida. Alguien mirando el móvil.
Y me callé de golpe. A mitad de frase. Y cambié de tema. Y sonreí. Y por dentro algo se rompió un poco.
Porque lo que acababa de entender es que mi forma natural de ser - la que sale cuando no estoy controlando, la que es realmente yo - era demasiado para la gente que más quería.
El agotamiento de calibrar
Desde ese día, empecé a calibrar. A medir cada frase. A contener cada gesto. A preguntarme antes de hablar: "¿esto es demasiado? ¿Estoy siendo intenso? ¿Debería callarme?".
Y eso es agotador. Porque no estoy hablando. Estoy actuando. Estoy interpretando una versión de mí mismo que no moleste a nadie. Y al llegar a casa estoy destrozado. No por la cena. Por el esfuerzo de fingir que soy menos de lo que soy.
Si tus emociones son todo o nada, sabes de lo que hablo. No existe el punto medio. O estás al máximo o estás apagado. Y el mundo te pide que estés en un 5 constante que no existe en tu repertorio.
No es personalidad. Es intensidad emocional.
Durante mucho tiempo pensé que era un defecto de personalidad. Que era "demasiado". Que necesitaba cambiar. Que necesitaba ser más tranquilo. Más mesurado. Más aburrido, básicamente.
Hasta que descubrí que la intensidad emocional no es un rasgo de personalidad voluntario. Es una forma de procesar los estímulos. Tu cerebro siente más, más rápido y más fuerte. No porque elijas sentir así. Sino porque está cableado para sentir así.
Y hay una razón concreta por la que eso pasa. Las personas con diferencias en la regulación emocional - particularmente las asociadas a dificultades con las funciones ejecutivas - experimentan las emociones a un volumen que los demás no entienden. No es drama. No es teatro. Es neurología.
Y cuando descubrí que hay una explicación para que todo me cueste más, incluido regular mis propias emociones, dejé de intentar bajar el volumen y empecé a buscar gente que pudiera escucharlo.
Encontrar a tu gente
Mira, no voy a decirte que "sé tú mismo y el mundo te aceptará". Eso es mentira. Hay gente que no va a poder con tu intensidad. Y está bien. No es rechazo. Es incompatibilidad.
Pero también hay gente que sí. Gente que dice "me encanta que seas así". Gente que se ríe cuando te emocionas. Gente que no te pide que bajes el volumen porque disfruta de la música.
Y esa gente existe. Y merece la pena buscarla. Porque vivir toda la vida en modo contenido para no molestar a los demás no es vivir. Es sobrevivir. Es sentirte culpable por no ser más productivo, pero aplicado a las relaciones: sentirte culpable por no ser más normal.
Si la gente piensa que pasas de ellos cuando en realidad tu cabeza no te deja estar presente, o si tus relaciones empiezan a toda velocidad y luego se estancan, la intensidad puede ser la pieza que falta en el puzzle.
Si te dicen que eres demasiado y no sabes cómo ser menos sin dejar de ser tú, tengo un test de 43 preguntas que puede explicarte por qué. Es gratis, tarda 5 minutos y te puede dar las respuestas que llevas años gritando sin que nadie las escuche. Hacer el test TDAH.
Sigue leyendo
Colecciono apps, herramientas y métodos que nunca llego a usar
Tienes 14 apps de productividad y no usas ninguna. Cada mes descubres un método nuevo que dura una semana. No es indecisión. Es un patrón.
No puedo mantener el coche limpio ni una semana
Lo lavas el sábado. El viernes tu coche parece un contenedor de reciclaje con ruedas. Cada semana. Sin excepción.
Me cuesta confiar en la gente aunque quiera abrirme
Quieres confiar, quieres abrirte, pero algo en tu cabeza frena siempre. No es desconfianza. Es un cerebro que aprendió a protegerse de la única forma que.
Me obsesiono con algo y cuando lo domino lo dejo: el reto era aprender
Te metes de lleno en algo, lo aprendes, y lo abandonas. No eres inconstante. Tu cerebro se alimenta del reto, no del resultado.