Me obsesiono con algo y cuando lo domino lo dejo: el reto era aprender
Te metes de lleno en algo, lo aprendes, y lo abandonas. No eres inconstante. Tu cerebro se alimenta del reto, no del resultado.
El año pasado me dio por el ajedrez.
No "me dio por el ajedrez" tipo jugar una partida de vez en cuando. Me dio por el ajedrez tipo: tres libros, doscientas partidas online en dos semanas, vídeos de Gotham Chess a las tres de la madrugada, análisis de aperturas en el baño, y una app de táctica que abría antes que WhatsApp por las mañanas.
Dos meses después, mi rating online había subido trescientos puntos. Entendía las aperturas principales. Sabía qué era un gambito de dama y un fianchetto. Podía mirar una posición y ver tres jugadas adelante.
Y lo dejé.
No porque me hubiera cansado del ajedrez. No porque hubiera pasado algo. Simplemente, un martes por la tarde abrí la app, miré el tablero, y sentí... nada. El mismo tablero que hace tres semanas me aceleraba el pulso ahora me producía la misma emoción que mirar la lavadora centrifugar. Algo se había apagado. Y no sabía encenderlo otra vez.
¿Por qué pierdo el interés justo cuando empiezo a ser bueno?
Porque el interés nunca estuvo en ser bueno. Estaba en el proceso de hacerme bueno.
Piensa en un videojuego. Los primeros niveles son adictivos. Todo es nuevo. Cada pantalla te enseña algo. Cada reto tiene una recompensa inmediata. Subes de nivel, desbloqueas cosas, sientes que progresas. Y tu cerebro está en éxtasis porque cada minuto es un chute de novedad.
Pero llega un punto en el que ya conoces la mecánica. Los niveles se repiten con variaciones menores. Ya no aprendes, solo optimizas. Y ahí es donde la mayoría de la gente sigue jugando porque disfrutan del dominio. Pero tu cerebro no. Tu cerebro dice "ya entendí cómo funciona esto" y se desconecta. Como si el juego se hubiera terminado. Aunque técnicamente quedan doscientos niveles más.
Con el ajedrez me pasó exactamente eso. Mientras estaba aprendiendo, mi cerebro recibía dopamina de cada concepto nuevo, de cada patrón descubierto, de cada partida en la que aplicaba algo que no sabía la semana anterior. Pero cuando llegué a un nivel en el que el progreso era lento e incremental, la dopamina se cortó. Y sin dopamina, el ajedrez pasó de ser una obsesión a ser un mueble.
¿Soy coleccionista de habilidades inútiles?
Pues... sí. Un poco sí.
Sé lo suficiente de ajedrez como para ganar a cualquier persona que juegue por diversión y perder contra cualquiera que juegue en serio. Sé lo suficiente de guitarra como para tocar cuatro canciones pero no un repertorio completo. Sé lo suficiente de fotografía como para hacer fotos decentes pero nunca llegaré a hacer una exposición. Sé lo suficiente de cocina japonesa como para hacer un ramen casero pero hace seis meses que no toco el wok.
Tengo un nivel intermedio en quince cosas y un nivel experto en ninguna. Y eso suena deprimente. Pero durante mucho tiempo intenté verlo como una virtud. "Soy polifacético." "Tengo muchos intereses." "Soy una persona curiosa."
Y sí, vale, todo eso es verdad. Pero también es verdad que me gustaría, aunque fuera una vez, llegar al final de algo. Terminar lo que empiezo. Ser realmente bueno en una cosa en vez de aceptable en muchas.
Es el mismo patrón de entusiasmarte con ideas nuevas y abandonar las viejas. Cada hobby nuevo es la gran pasión. Cada gran pasión dura exactamente hasta que deja de ser nueva. Y la lista de pasiones abandonadas crece mientras la lista de logros completos sigue en blanco.
¿Es falta de disciplina o es algo más?
Mira, yo me castigué durante años por esto. "No tienes constancia." "No te comprometes." "Eres un turista de todo y residente de nada."
Y la solución que me daba el mundo era: "Fuerza de voluntad. Oblígate a seguir. Aunque no te apetezca." Vale, genial. ¿Alguna vez has intentado obligarte a que te guste algo? Es como intentar enamorarte a la fuerza. Puedes fingir un tiempo, pero tu cerebro sabe la verdad. Y cuando tu cerebro no quiere, no hay disciplina que lo mueva.
Hasta que fui a un psiquiatra por otros motivos y salió el tema de los hobbies. Le conté lo del ajedrez. Lo de la guitarra. Lo de la fotografía. Lo de las quince cosas intermedias. Y me dijo: "Tu cerebro busca la dopamina del aprendizaje. Cuando el aprendizaje se ralentiza, la dopamina cae. Y sin dopamina, tu cerebro interpreta que esa actividad ya no tiene valor."
TDAH. Otra vez el mismo nombre para explicar algo que yo llevaba catalogando como defecto de personalidad. El ciclo de obsesionarte, devorar y abandonar no era falta de carácter. Era un cerebro que se alimenta de novedad y se muere de hambre con la rutina.
Y entenderlo no hizo que volviera al ajedrez. Pero sí hizo que dejara de sentirme un fracasado por haberlo dejado. Descubrir por qué me costaba todo más que a los demás fue descubrir que mi cerebro tiene un sistema de recompensas que no premia la constancia. Premia la conquista. Y cuando conquistas algo, necesita un nuevo territorio.
No es un defecto. Es diferente. Y cuando lo sabes, puedes trabajar con ello en vez de contra ello.
Esto no sustituye hablar con un profesional. Si coleccionas habilidades intermedias y te frustra no poder profundizar en nada, un psicólogo o psiquiatra puede ayudarte.
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