Mis amigos dicen que no escucho y tienen algo de razón

Te dicen que no escuchas. Tú juras que sí. Pero la verdad está en medio: escuchas, pero tu cerebro no retiene lo que oye.

"Rubén, es que no me escuchas."

Me lo ha dicho mi novia. Me lo han dicho amigos. Me lo ha dicho mi madre. Me lo ha dicho gente en el trabajo. Personas completamente diferentes, en contextos completamente diferentes, en momentos completamente diferentes de mi vida, con la misma frase exacta. Eso ya no es coincidencia. Eso es un patrón.

Y cada vez que me lo dicen, me defiendo: "Sí te estoy escuchando." Y es verdad. Técnicamente es verdad. Estoy ahí. Mis oídos funcionan. La información entra. Las palabras llegan a mi cerebro. Lo que pasa es que entran por una puerta y salen por otra como si mi cabeza fuera un túnel de viento en vez de un almacén.

Porque una cosa es oír y otra muy diferente es escuchar. Y una cosa es escuchar y otra muy diferente es retener, procesar y responder de forma coherente a lo que te acaban de decir. Y en esa cadena, mi cerebro se pierde en algún eslabón intermedio.

¿De verdad no escucho o es algo más complicado?

Pues mira, después de mucho pensarlo y de que me lo repitieran 437 veces, he llegado a una conclusión: escucho. Pero no de forma lineal. Y ese "no de forma lineal" cambia todo.

La gente normal escucha como un río. La información fluye en una dirección, de principio a fin, y al final tienen una idea clara de lo que les han dicho. Principio, desarrollo, conclusión. Todo en orden. Todo en su sitio.

Yo escucho como una fuente. La información llega, sube, se dispersa en 87 direcciones diferentes, y lo que cae de vuelta es un porcentaje aleatorio del total. A veces cae el dato importante. A veces cae una anécdota secundaria que no era relevante. A veces no cae nada y me quedo con las manos vacías mirando la fuente preguntándome a dónde fue todo el agua.

Y mientras la otra persona habla, mi cerebro está haciendo tres cosas simultáneas: escuchar lo que dice, pensar en lo que yo quiero decir cuando termine, y seguir un hilo de pensamiento que se activó por algo que dijo hace treinta segundos y que me ha llevado a un recuerdo de la infancia que no tiene nada que ver con nada. Y esas tres cosas compiten por la misma atención. Y normalmente pierde la primera. La que más importa.

No es que no me importe. Es que mi cerebro no puede estar quieto y recibir información pasivamente. Necesita hacer algo con ella mientras llega. Y ese "hacer algo" muchas veces significa perderla.

¿Cómo es por dentro cuando alguien me habla?

Te lo cuento con un ejemplo real de la semana pasada.

Mi amigo Carlos me está contando que ha tenido un problema con su casero. Yo le estoy escuchando. De verdad. Estoy mirándole, asintiendo, poniendo cara de interés genuino. Pero cuando dice la palabra "casero", mi cerebro salta a "mi antiguo casero", luego a "el piso donde vivía en Zaragoza", luego a "me pregunto si todavía existirá ese bar de al lado donde hacían unas croquetas increíbles", luego a "tengo que buscar vuelos para ir a Zaragoza pronto", luego a "¿cuándo era el cumpleaños de mi primo?"...

Y de pronto Carlos me dice "¿tú qué harías?" y yo le miro sin tener ni puñetera idea de qué me ha contado en los últimos dos minutos. Cero. Nada. Blanco total.

No me fui de la conversación por decisión propia. Mi cerebro secuestró mi atención sin pedirme permiso. Sin avisarme. Sin dejarme una nota. Y cuando volvió, Carlos ya estaba esperando una respuesta que no tengo.

Y claro, las alternativas son horribles: le digo "perdona, ¿qué decías?" y Carlos piensa "este tío pasa de mí". O finjo que sé de qué habla y doy una respuesta vaga tipo "pues tío, difícil situación" que claramente demuestra que no me enteré de nada. Las dos opciones son malas. Y la tercera, que es la que usaba antes, es asentir y esperar que no me haga más preguntas. Que es la peor de todas.

¿Por qué mis amigos se lo toman personal?

Porque para ellos es personal. Y tiene todo el sentido del mundo.

Si tú le estás contando algo importante a alguien, algo que te preocupa, algo que necesitas hablar, y ves que la otra persona está mirando al infinito con los ojos vidriosos, o que te responde con un "hmm" que claramente no viene a cuento de lo que has dicho, ¿qué piensas? Que no te está escuchando. Que le da igual. Que lo tuyo no le importa lo suficiente.

Y tú por dentro estás pensando: "No, sí me importa, es que mi cerebro se ha ido a comprar el pan a Zaragoza y no sé cómo traerlo de vuelta."

Pero eso no lo saben. Lo que saben es que les has interrumpido dos veces, que no recuerdas lo que te contaron ayer, y que cuando te hablan pareces estar en otra galaxia. Las pruebas están en tu contra. El jurado ya ha deliberado. Y el veredicto es: no escuchas.

He perdido conversaciones importantes con gente que me importa por esto. No porque no les quisiera. No porque no me importaran. Porque mi cerebro no cooperaba. Y cuando intentas explicar "es que mi atención funciona diferente", suena a excusa. Suena a "no quiero esforzarme". Suena a "te estoy dando la razón pero no pienso cambiar".

¿Qué hago para escuchar mejor?

Trucos. Muchos trucos. Porque confiar en que mi cerebro se va a portar bien y va a prestar atención voluntariamente no es una opción viable. Nunca lo ha sido.

Truco uno: repetir. Cuando alguien me dice algo importante, lo repito en voz alta. "Entonces el casero te ha dicho que sube el alquiler un 20% y quieres saber si puedes negociar." No es lo más elegante del mundo, pero obliga a mi cerebro a procesar la información activamente en lugar de dejarla pasar de largo. Es como copiar los apuntes en clase: el simple acto de escribir ayuda a fijar la información.

Truco dos: contacto visual agresivo. Cuando noto que mi atención se va, que mi cerebro empieza a despegar hacia Zaragoza o hacia donde le dé la gana, miro fijamente a los ojos de la persona que me habla. Es incómodo al principio, pero funciona como un ancla. Fija mi atención a un punto concreto del mundo real para que no se vaya flotando hacia ningún otro sitio.

Truco tres: aceptar las interrupciones internas sin seguirlas. Cuando mi cerebro me manda un pensamiento random mientras alguien habla (y lo va a hacer, siempre lo hace), en lugar de seguir ese pensamiento como un perro sigue una ardilla, lo "aparco". Le digo mentalmente "luego" y vuelvo a la conversación. No siempre funciona. A veces el pensamiento es tan interesante que mi cerebro lo sigue de todas formas. Pero funciona más que nada.

Y el truco más importante de todos: ser honesto. "Tío, se me ha ido la olla un segundo, ¿me repites lo último?" Es mejor que fingir. Es mejor que adivinar. Es mejor que asentir sin saber de qué hablan. La honestidad no es cómoda, pero es la base de cualquier relación que funcione.

Pero si esto es tu día a día, si cada conversación es una lucha por mantener la atención, si la gente te dice constantemente que no escuchas y tú sabes que sí lo intentas con todas tus fuerzas, quizá no es un problema de esfuerzo. Quizá no es un problema de ganas. Quizá es un problema de cómo funciona tu cerebro a nivel atencional.

Y eso se puede investigar. Un profesional puede ayudarte a entender si tu atención tiene un patrón concreto que explica por qué las interacciones sociales te cuestan más de lo que deberían. No para etiquetarte. Para darte herramientas que funcionen con tu cabeza, no contra ella. Esto no es un diagnóstico. Pero el diagnóstico es lo que puede darte respuestas de verdad.

---

Si tus amigos dicen que no escuchas, si tu atención se va sin permiso, y quieres entender qué pasa dentro de tu cabeza, tengo un test de 43 preguntas que puede ser un buen primer paso. Gratis, sin compromiso, cinco minutos. Hacer el test TDAH.

Relacionado

Sigue leyendo