Mi cerebro no tiene freno de mano: va de 0 a 100 sin avisar

Un momento estás en el sofá sin poder moverte y al siguiente estás haciendo cuatro cosas a la vez como si te hubieran enchufado a la corriente. No es.

Son las tres de la tarde y llevo dos horas en el sofá mirando el techo.

No estoy triste. No estoy cansado. No estoy enfermo. Es que mi cerebro ha decidido que hoy no arranca. Le he dado al interruptor 47 veces y nada. Cero. Como si me hubieran sacado la batería.

Y entonces, a las nueve y media de la noche, sin que haya pasado nada diferente, sin café, sin motivación externa, sin ningún evento que lo justifique, mi cerebro arranca a toda hostia.

De repente estoy reorganizando el escritorio, contestando los emails de tres días, escribiendo ideas para cuatro proyectos, y planificando un viaje a Lisboa que no sé ni si voy a hacer. Todo a la vez. Todo con una energía que no tenía hace seis horas. Todo como si fuera otra persona.

A las dos de la mañana sigo a tope. A las tres me obligo a parar porque sé que mañana lo voy a pagar. A las cuatro sigo dándole vueltas a cosas en la cama.

Y al día siguiente, vuelta al sofá. Vuelta al techo. Vuelta a sentirme un fraude.

¿Por qué mi energía no sigue ninguna lógica?

Si le preguntas a cualquier persona "normal" cómo funciona su energía, te dirá algo predecible. Se levantan, tienen energía por la mañana, les baja después de comer, remontan un poco por la tarde, y a la noche están cansados.

Una curva. Predecible. Lógica.

Mi curva parece el electrocardiograma de alguien teniendo una experiencia religiosa.

No hay patrón. No hay lógica. No hay forma de predecir si mañana voy a ser la versión productiva de mí mismo o la versión que necesita cuarenta minutos para decidir qué desayunar.

Es justo lo que cuento en el post sobre la energía sin lógica: no es que tengas poca energía. Es que la tienes toda concentrada en momentos aleatorios y el resto del tiempo estás en modo ahorro.

Y lo peor es que no puedes planificar tu vida alrededor de algo impredecible. ¿Cómo le dices a tu jefe "estaré productivo, pero no sé cuándo"? ¿Cómo le explicas a tu pareja que llevas todo el día sin hacer nada pero ahora a las once de la noche necesitas montar un mueble de Ikea?

No puedes. Y entonces finges. Finges que tienes un horario. Finges que funciones como los demás. Y el esfuerzo de fingir te agota más que el trabajo en sí.

¿Es esto normal o me pasa algo?

Mira, durante años me hice esta pregunta y la respuesta siempre era la misma: "Es que eres raro."

Raro. Esa fue la etiqueta que me puse. El tío raro que a veces puede con todo y a veces no puede ni con su sombra. El tío que tiene explosiones de productividad y luego nada. El tío que cancela planes porque ese día su cerebro decidió no funcionar.

Y es que hay algo que nadie te cuenta: la irregularidad en la energía no es lo mismo que la pereza. La pereza es constante. Si fueras vago, serías vago siempre. Pero tú no eres vago siempre. Eres extremadamente productivo a veces y absolutamente incapaz otras veces.

Eso no es pereza. Eso es un patrón.

Un patrón que yo intenté solucionar con rutinas, con disciplina, con horarios, con aplicaciones de productividad, con el método Pomodoro, con levantarme a las cinco de la mañana como decían los gurús, con mil cosas. Y ninguna funcionó de forma sostenida. Porque estaba intentando meterle gasolina diésel a un motor que funciona con cohetes.

¿Por qué unos días puedo con todo y otros no puedo ni levantarme?

Te lo voy a explicar con algo que me dijo mi psiquiatra y que me voló la cabeza.

Hay cerebros que no regulan bien la dopamina. No es que tengan poca. Es que la distribución es errática. A veces hay un pico enorme y el cerebro funciona como un reloj suizo. Otras veces no hay nada y el cerebro funciona como un reloj de arena al que se le acabó la arena.

Y esos picos y valles no los controlas tú. No dependen de tu actitud. No dependen de cuánto dormiste ni de lo que desayunaste. Dependen de la química de tu cerebro, que es tan predecible como el tiempo en Wrocław. O sea, nada predecible.

Es exactamente ese patrón de unos días poder con todo y otros no poder ni levantarte. Y cuando lo vives sin entenderlo, te sientes roto. Como si tu cuerpo y tu mente fueran de personas diferentes que no se han puesto de acuerdo.

El día que dejé de forzar la máquina

Voy a ser honesto contigo.

No hay un truco mágico para esto. No hay una app. No hay un método. Lo que hay es entender.

Cuando yo entendí que mi cerebro funciona con arranques y parones, dejé de intentar ser constante y empecé a ser estratégico. En los días buenos, aprovecho a lo bestia. En los días malos, no me machaco. Hago lo mínimo y no me flagelo por ello.

¿Es perfecto? No. ¿Funciona mejor que pelearme conmigo mismo todos los días? La hostia que sí.

Y la pieza que me faltaba fue entender que esto no es un problema de voluntad. Es un problema de dopamina, no de disciplina. Y cuando entiendes eso, cuando de verdad lo interiorizas, es como quitarte una mochila de 40 kilos que llevas arrastrando desde los 12 años.

Porque ya no te dices "tengo que esforzarme más". Te dices "mi cerebro funciona así y voy a buscar la forma de trabajar con eso". Y esa diferencia, parece una tontería, pero cambia absolutamente toda tu perspectiva.

Esto no es un diagnóstico. Si esto te suena demasiado familiar, habla con un profesional. Un psicólogo o psiquiatra que entienda de esto puede darte respuestas que yo no puedo. Te lo digo por experiencia.

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Si te reconoces en esta montaña rusa de energía y quieres entender por qué tu cerebro funciona así, tengo un test de 43 preguntas que tarda 10 minutos. Gratis. No diagnostica, pero te da un mapa bastante claro de lo que está pasando ahí dentro. Hacer el test.

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