Mi cerebro siempre elige la opción más fácil aunque la importante sea otra

Sabes cuál es la tarea importante. Tu cerebro también. Pero tu cerebro prefiere ordenar cajones, y gana siempre.

Hoy tenía que escribir una propuesta. Es lo más importante que tengo que hacer esta semana. Lo sé. Lo tengo claro. He pensado en ello toda la mañana.

¿Sabes qué he hecho en su lugar? He ordenado el cajón de los cables. El cajón de los cables. Que lleva desordenado 6 meses y que nunca me ha molestado. Pero hoy, justo hoy, cuando la propuesta me mira desde la pantalla, mi cerebro ha decidido que ese cajón es una emergencia.

Y después del cajón, he limpiado la cocina. Y después de la cocina, he reorganizado los estantes. Y después de los estantes he contestado todos los mensajes de WhatsApp que tenía pendientes, incluido uno de un grupo de la universidad en el que no escribo desde hace 4 años.

Todo menos la propuesta. Cualquier cosa menos la propuesta.

¿Por qué tu cerebro sabotea lo importante?

No es sabotaje. Es supervivencia. Tu cerebro busca la opción que le da recompensa con el mínimo esfuerzo. Y entre ordenar un cajón (fácil, resultado visible, dopamina inmediata) y escribir una propuesta (difícil, resultado abstracto, dopamina a largo plazo), la elección está clara.

Tu cerebro no pondera importancia. Pondera facilidad. Y eso no es un defecto de carácter. Es un mecanismo que prioriza la recompensa inmediata por encima de todo lo demás.

Imagina que tu cerebro es un niño en un buffet libre. Hay ensalada (nutritiva, importante, buena para ti a largo plazo) y hay tarta de chocolate (inmediata, deliciosa, cero esfuerzo). ¿Qué coge el niño? Exacto. Pues tu cerebro es ese niño. Todos los días. Con cada tarea.

¿Pero no es normal preferir lo fácil?

Sí. Todo el mundo prefiere lo fácil. Eso es humano. La diferencia es lo que pasa después de la preferencia.

Una persona sin este problema piensa "prefiero lo fácil" y luego hace lo difícil igualmente. Tiene un mecanismo que dice "vale, no me apetece, pero lo hago." Y lo hace. No le gusta, pero lo hace.

Tú piensas "prefiero lo fácil" y tu cuerpo ya se ha levantado a ordenar el cajón antes de que la parte racional de tu cerebro haya podido intervenir. No hay negociación. No hay momento de decisión. Tu cerebro elige y tu cuerpo ejecuta. Y cuando te das cuenta, ya estás con las manos metidas entre cables USB que ni sabías que tenías.

Es la misma dinámica de cuando abres la tarea, la miras, y te vas a YouTube. Tu cerebro evalúa la tarea en menos de un segundo, decide que no vale la pena el esfuerzo, y te redirige a algo que sí le compensa. Todo en automático.

¿Qué pasa cuando lo fácil siempre gana?

Que al final del día has hecho muchas cosas pero ninguna importante. Tu casa está impecable, tus mensajes contestados, tus cajones organizados. Pero la propuesta sigue en blanco. Y la fecha límite está más cerca.

Y empiezas a sentir algo que mucha gente describe pero no sabe nombrar: la sensación de esforzarte mucho y no tener nada que mostrar. Porque has trabajado. De verdad que has trabajado. Pero en las cosas equivocadas.

Y lo más frustrante es que lo sabes. Sabías desde las 9 de la mañana que la propuesta era lo importante. Y a las 6 de la tarde sigues sabiéndolo. Pero entre las 9 y las 6 tu cerebro ha estado haciendo turismo por todas las tareas fáciles del universo menos esa.

Y viene la culpa. "¿Por qué soy así? ¿Por qué no puedo simplemente hacer lo que tengo que hacer?" Y esa culpa te hunde más, te quita energía, y mañana la propuesta seguirá ahí, pero tú estarás más agotado para enfrentarla.

¿Cómo hago lo importante cuando lo fácil llama?

Elimino lo fácil. Así de simple. Y así de difícil.

Antes de sentarme a trabajar en la propuesta, hago algo que suena raro: elimino todas las tareas fáciles de mi entorno. Cierro WhatsApp. Pongo el móvil en otra habitación. Cierro todas las pestañas que no sean el documento de la propuesta. Meto las cosas del escritorio en un cajón.

¿Por qué? Porque si dejo las tareas fáciles accesibles, mi cerebro las va a elegir. Es como hacer dieta con una tarta en la mesa de la cocina. Puedes resistir 10 minutos, 20, una hora. Pero al final te comes la tarta. No porque seas débil. Porque la tarta está ahí. Y tu cerebro sabe que está ahí.

La propuesta la hago cuando lo único que hay disponible es la propuesta. No necesito disciplina sobrehumana. Solo necesito un entorno donde mi cerebro no tenga opción fácil a la que escapar.

No soy terapeuta ni médico. Pero si tu cerebro siempre elige lo fácil por defecto, si la importancia de una tarea no tiene ningún peso en tu capacidad para hacerla, eso va más allá de la pereza. Y entender por qué puede cambiarte la vida.

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